500 años de los Comuneros, la revuelta que estuvo a punto de desatar una guerra civil por el trono de Castilla

En otoño de 1520 los revolucionarios crearon un gobierno contra Carlos V.

Hace 500 años, el 30 de septiembre de 1520, la revuelta comunera puso en jaque al reino de Castilla, subvirtió el statu quo y estuvo punto de desatar una guerra civil por el trono de Castilla. Guerra hubo pero no por el trono. Las tropas comuneras, al mando del noble don Pedro Girón, detuvieron a los pocos miembros del Consejo Real -órgano supremo de gobierno- que vivían en Valladolid. La Junta de Tordesillas se hizo así con el poder y administración del reino. En su nombre pasarían a cobr

arse en adelante los tributos;
la Junta comenzó a nombrar corregidores
-funcionarios reales con extensos poderes, también judiciales, en municipios y ciudades- y tramitar sellos y registros oficiales. Ese logro supuso también el punto de inflexión del movimiento. En realidad, la rebelión comenzó unos meses antes; y la crisis y descontento que constituyeron su caldo de cultivo se remonta a la muerte de la reina Isabel en 1504. Castilla había crecido económica y demográficamente. Los focos de la futura revuelta eran
pujantes centros urbanos -Toledo y Valladolid superaban los 30.000 habitantes; Medina del Campo tenía 20.000; Segovia, 15.000; algunos miles menos Salamanca y Medina de Rioseco-
. Burgos -que mantenía un fluido comercio con Flandes y el norte de Europa-, centro de Castilla y Sevilla eran los tres polos de producción y exportación de mercancías.
La lana constituía la materia prima estrella
de los mercaderes de Burgos: la traían del norte de Europa e Italia. Los nobles, grandes propietarios y la Corona preferían no limitar las exportaciones ni interferir en su importación ni en la de manufacturas; los pequeños propietarios, artesanos y productores de lana; gremio de pañeros y burguesía emergente solicitaban
medidas de protección,
incapaces de competir con la gran industria y la producción extranjera. Como suele suceder al pie de cada revuelta, las malas cosechas y/o epidemias aceleran los acontecimientos que se inician con demandas concretas, fundamentalmente protestas contra la subida de precios, imposición de tributos y asfixia fiscal. Los tumultos acaban desembocando en aspiraciones de máximos, sustanciales transformaciones políticas y tantas veces en abusos y arbitrariedades.
La periferia de Castilla -Burgos y Andalucía- sufrió menos la crisis que Toledo y Valladolid
. El profesor Josep Pérez, autor de
Los Comuneros
(La Esfera de los Libros, 2001 y 2016) ubica inicialmente el movimiento en torno a la burguesía vallisoletana y toledana, contraria a la política de exportación de materias primas e importación de productos manufacturados. La muerte de la reina agudizó la crisis y el conflicto. Pérez habla de una «crisis de régimen y dinástica» y de «falta de dirección» durante más de una década. El cardenal Cisneros era el referente de la política castellana. La aristocracia castellana prefirió a Felipe antes que a su padre Fernando, pero falleció al poco. Se sucedieron las dos regencias de Cisneros y entre medias la del propio Fernando, que gobernó el reino en nombre de su hija Juana, recluida en Tordesillas y legítima heredera al trono. Para Pérez, la entronización de Carlos de Gante en 1516 fue
un «golpe de estado»
; el profesor Carretero Zamora lo matiza y dice que la decisión fue producto de la necesidad. El pragmático Cisneros entendió lo arriesgado y poco viable de retornar a 1506 y aceleró un proceso al cabo inevitable. Si bien, la bula papal que reconoció al nuevo rey católico no mencionó a su hija Juana, reivindicada después como su reina por los comuneros. En 1517, Castilla era un polvorín: nobles contra nobles y vasallos contra señores.
La burguesía amenazó con convocar Cortes por su cuenta
. Carlos de Gante seguía en Bruselas. Cuando llegó a España la situación no mejoró. Se trajo a su corte flamenca, encabezada por Guillermo de Croy, señor de Chievrès. Aquí radica otro elemento de la protesta comunera: un levantamiento contra la
élite
funcionarial y contra los extranjeros de la Corte. Por si fuera poco, Carlos I debía desplazarse a Aquisgrán para recibir la corona imperial. Emprendió el viaje en mayo de 1520; el cardenal Adriano -futuro papa Adriano VI- quedó como gobernador. Antes de partir convocó Cortes. En ellas se levantó acta del inicio del movimiento comunero. Un grupo de franciscanos, agustinianos y dominicos salmantinos redactaron un pliego de reivindicaciones para los procuradores de oposición al rey que se difundió rápidamente: «Castilla no tiene por qué sufragar los gastos del Imperio». Por primera vez apareció, en febrero de 1520, la palabra Comunidades. Pronto arraigó ante su opuesto:
comunero frente a caballero
, dando significado a la lucha del pueblo contra los privilegios. Una suerte de tercer estado o estado llano
avant la lettre
. De hecho, la revuelta de los comuneros coincide en el tiempo y tiene muchos paralelismos con las revueltas campesinas en Alemania, donde se añade el componente religioso -luteranismo y guerras de religión-. En abril de 1520 la multitud había aclamado a tres regidores a punto de ser apartados de Toledo y enviados a Santiago. La insurrección se extendió contra poderes municipales, los cómplices de los flamencos y regidores
vasallos
… Los pancistas que aparecen en cada revolución proclamaron soflamas incendiarias; los revoltosos crearon un concejo para gobernar en nombre del rey, la reina y la Comunidad. Regidores y caballeros se refugiaron en el Alcázar. El 31 de mayo, el movimiento comunero se impuso y el corregidor abandonó la ciudad.
Los disturbios y desórdenes se propagaron de manera mucho más violenta en Segovia, donde un funcionario fue linchado y apaleado hasta la muerte
. Lo mismo ocurrió con quienes denunciaron la deriva de las protestas. El procurador Rodrigo de Tordesillas quiso dar cuenta al pueblo de su intervención en las Cortes. Fue estrangulado. La sangre corrió también por Guadalajara y Burgos. En Zamora, la
performance
sustituyó a la espontaneidad: el conde de Alba de Liste amañó un juicio que al menos evitó el ajusticiamiento y se saldó con
el destierro de los «traidores» al pueblo.
Menos graves fueron los incidentes en León, Ávila y Valladolid, donde los procuradores fueron obligados a exponer su gestión ante los regidores municipales. Al comienzo del verano la revuelta fiscal mostraba visos de derivar en una revolución destinada a destronar a Carlos V. La revolución debió partir de la Junta de Ávila. Su convocatoria fue un fiasco -sólo acudieron cuatro ciudades- aunque luego se rehízo [las Juntas eran tradicionalmente instituciones de composición reducida creadas
ad hoc
para resolver asuntos concretos; en 1520 surgió en su acepción revolucionaria y popular]. Entre julio y agosto, Toledo ya había puesto en pie una milicia al mando de Juan de Padilla y la Comunidad de Madrid impuso un tributo para comprar armas y reclutar soldados. En Medina del Campo, el capitán general Antonio de Fonseca salió al paso de Padilla. Un incendio provocado por él o un colaborador destruyó la ciudad. Las llamas representaron el reclamo -también propagandístico- definitivo
(fue el equivalente a la ‘matanza de Boston’ en la revolución norteamericana)
. El fuego se extendió en represalia por varias ciudades. Ardieron las casas de recaudadores de impuestos, del presidente del Consejo Real y del propio Fonseca. Existían ya tres gobiernos populares en manos de comuneros: Toledo, Segovia y Valladolid. El cardenal Adriano se mostró dispuesto a negociar con la Junta. Demasiado tarde. Los comuneros llegaron a Tordesillas y se entrevistaron, con Padilla a la cabeza, con la reina, que, según Pérez asintió: «Sí, sí, estad aquí en mi servicio y castigad los malos que en verdad os / tengo mucha obligación». Así que a finales de septiembre la Junta se trasladó a Tordesillas: la integraban 14 ciudades y se dispuso como Cortes y Junta General del Reino. El día 24 confiscó los bienes del Consejo Real,
solicitó audiencia a la reina y se propuso reponerla en el trono y «remediar abusos pasados».
El 26 de septiembre se consumó el hecho revolucionario: la Junta declaró asumir en solitario la responsabilidad del gobierno de Castilla, desposeyó de sus funciones al Consejo Real -símbolo de corrupción- y se erigió en la única autoridad del reino. El día 30, mencionado al inicio, la Junta de Tordesillas se proclamó gobierno revolucionario. Fue el punto de inflexión del movimiento: algunos comuneros que compartieron las exigencias e intenciones iniciales dudaron de su deriva.
Comenzaron algunas resistencias internas.
Cualquiera, llegado el caso, podía ser acusado de ‘alto funcionario’ y ‘corrupto’. Muchos señores habían patrocinado la revuelta; sin embargo había devenido inopinadamente en una amplia rebelión campesina de agitación y levantamiento antiseñorial. El movimiento se dividió. Muchos nobles luchaban contra el rey, pero sólo el rey podía luego protegerlos. Por su parte, Carlos V se aproximó a ellos y el Consejo Real se recompuso en Medina de Rioseco. La esperanza de los comuneros era conseguir el definitivo beneplácito de la reina Juana. Ella se mostró halagada, honrada e
incapaz de reinar
: no firmó ningún documento. Entonces Burgos se apartó de la Junta. Sus procuradores creyeron que había llegado demasiado lejos. El infante de Granada no pudo girar las tornas en Valladolid, que se mantuvo leal a la Junta, al
común
. Sin embargo, el movimiento estaba debilitado: había perdido fuerza militar -gracias a que Portugal socorrió financieramente al rey en diciembre- y legitimidad.
Banqueros, prestamistas y alta nobleza
-que nutrió de tropas- acudieron también en auxilio real. Mientras, en el bando comunero, Girón y el oportunista y despiadado don Antonio de Acuña rivalizaron con Padilla por el liderazgo del movimiento. La posición de Girón, Acuña y otros permite a Gregorio Marañón disentir de la interpretación romántica y defender la tesis de que el movimiento comunero
fue en realidad y en esencia reaccionario
, una «algarada feudal» tejida por lazos familiares y promovida por el orgullo hidalgo. Girón relevó a Padilla al mando de las tropas; luego Acuña sustituyó a Girón. El 5 de diciembre de 1520, con la derrota en la Batalla de Tordesillas, los comuneros iniciaron su declive. Los combates se extendieron por el corazón de Castilla durante todo el invierno. En febrero de 1521 los comuneros cayeron en Villalar. El día 24, sus capitanes
Padilla, Bravo y Maldonado
fueron juzgados y ejecutados inmediatamente. Aunque el movimiento languideció hasta disolverse en mayo de 1521, Villalar supuso simbólicamente la derrota de las Comunidades de Castilla que, para José Antonio Maravall, representaron el inicio de la modernidad.

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