A la sombra de John Le Carré

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En tiempos oscuros la literatura es un antídoto con una premisa esencial: combatir el aburrimiento. Leones muertos, de Mick Herron, cumple, de manera ejemplar con esa premisa. No se trata sólo de acción, suspense; es la recreación de un mundo inquietante, sórdido, a veces; complejo, siempre como es el de los espías. Tuvo su época de gloria durante la Guerra Fría y tuvo su emblema literario: John Le Carré. Después de Le Carré, el listón estaba muy alto. Herron le da una vuelta de tuerca jamesiana y coloca el trasunto de esta novela, desternillante y melancólica, en la Casa de la Ciénaga, apodo por el que se conoce al rincón del espionaje en donde han ido a recalar los fracasados, o errados, o sencillamente, caídos en desgracia.

Juego de espejos

Allí, el que podría pasar por su director, un atrabiliario, obsceno, cínico y condenadamente inteligente, Jakson Lamb recibirá la misión de proteger a uno de esos nuevos oligarcas rusos bajo la pretensión de que podría servir más que como posible confidente. Antes, un viejo agente aparece muerto sin relación alguna, se supone, con la llegada del supuesto traidor ruso. ¿Por qué el áspero y desagradable Lamb relaciona ambos hechos? Es la novela, un juego de espejos no porque nadie aparente ser lo que es, sino porque todos los que son están enredados en una madeja de la que son incapaces de salir. Una sucesión de pistas falsas, un laberinto de competencias profesionales, un bochornoso espectáculo de ambiciosos de medio pelo y unos diálogos salpimentados de ácido recrean una atmósfera cotidiana y ruinosa.

La novela se desenvuelve a un ritmo desenfrenado entre las sombras de la geopolítica, el malestar social en la propia Inglaterra, la voluntad de algunos de redimirse y salir de la Casa de la Ciénaga y las trampas que el lector, como los personajes, se encuentra a lo largo de las cerca de cuatrocientas páginas de vértigo y sublime parodia. Sí, una vuelta de tuerca a la sombra del genio Le Carré. Y esto, hoy, tiene un enorme mérito. O algo más.

Gary Oldman en «El topo»
Gary Oldman en «El topo»

La semilla

Después de leer a Herron conviene viajar a la semilla. Y el billete para tan sugerente trayecto se llama El topo (Tinker, Taylor, Soldier, Spy), el relato memorable de John Le Carré llevado al cine por Tomas Alfredson con un Smiley formidable, Gary Oldman. Caído en desgracia, a Smiley, tras una misión fracasada, se le recupera para el Servicio con un cometido envenenado: descubrir quién es el topo al servicio de los soviéticos, son los años setenta del pasado siglo, instalado en la dirección de la Inteligencia británica.

Un rompecabezas que fascina al espectador por el ritmo, las interpretaciones -Colin Firth destacado-, los vaivenes y el desenlace, que nadie espera, probablemente ni el propio Smiley. Alfredson logra lo más difícil como es convertir en imágenes, ambientes, situaciones los tonos intensamente grises de la novela de Le Carré. Fascinante.

La renta

Qué decir de una taberna en la que por quince modestos euros uno se encuentra en el menú, pencas de acelga, arroz con manitas de cordero y setas, refrito de alubias con berza, gazpacho manchego a la marinera y más, así cada día. Esta elegancia y exquisitez del menú uno lo tiene en La Renta, en Majadahonda (c/ Rosalía de Castro, 1), con una terraza inmaculada, un servicio cercano y familiar y unos vinos por copas de lujo. Menos mal que en estos tiempos oscuros quedan estos remansos de placer discreto que permiten olvidar, por un rato, tanta desventura.

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https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-sombra-john-carre-202102040109_noticia.html

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