Adelanto de la segunda novela de Karina Sainz Borgo: 'El tercer país'

Lea en exclusiva las primeras páginas de ‘El tercer país’, la nueva novela de Karina Sainz Borgo, que sale a la venta el jueves.

Llegué a Mezquite buscando a Visitación Salazar, la mujer que sepultó a mis hijos y me enseñó a enterrar a los de otros. Caminé hasta el fin del mundo, o donde yo creí que el mío había acabado. La encontré una mañana de mayo junto a una torre de nichos. Vestía mallas rojas, botas de trabajo y un pañuelo de colores atado a la cabeza. Una corona de avispas revoloteaba a su alrededor. Tenía el aspecto de una Virgen morena extraviada en un basurero. En aquel solar reseco, Visitación Salazar era

lo único vivo. Su boca de labios oscuros escondía unos dientes blancos y cuadrados. Era una negra guapa, bien dispuesta y empulpada. De sus brazos, gruesos de tanto frisar tumbas, colgaban
bolsas de piel
a las que el sol sacaba brillo. En lugar de carne y hueso, parecía hecha de aceite y azabache.
La arena tiznaba la luz
y el viento taladraba los oídos; un quejido que brotaba de las grietas abiertas sobre la tierra que pisábamos. Más que brisa, ese aire era una advertencia, una tolvanera densa y ajena como la locura o el dolor. Así era el fin del mundo: aquel montón de polvo hecho de los huesos que nos dejábamos en el camino. En la entrada colgaba un cartel pintado a brochazos: EL TERCER PAÍS, un cementerio sin ley al que iban a parar los muertos que Visitación Salazar enterraba a cambio de la voluntad, y a veces ni eso. Casi todos los que ahí reposaban nacieron y murieron en la misma fecha. Sus tumbas pobres estaban inscritas con
garabatos
sobre cemento fresco: la letra accidentada de los que nunca descansarán en paz. Visitación ni siquiera se volvió para mirarnos.
Hablaba por teléfono
. Con la mano izquierda sostenía el aparato; con la otra, unas flores plásticas que hundió en la argamasa recién batida. -¡Sí, mi reina, te oigo! -Angustias, ¿estás segura de que esta mujer nos va a recibir? -preguntó Salveiro. Asentí. -¡Te escucho, mamita! -continuó ella, a su aire-. ¡Te digo que hay carencia de bóvedas! ¡Ayyyyy! ¡La señal se pierdeeeee…! -insistió, tragicómica. -Esta mujer no para de hablar… -rezongó él. -¡Cállate, Salveiro! –
¡Dígale a ese hombre que espere!
-gritó la mujer, dirigiéndose, al fin, hacia nosotros-. ¡Los muertos son pacientes! ¡Los muertos no tienen prisa! Otra ráfaga de viento abrasó nuestra piel. La tierra de Mezquite era una paila cubierta de cardos y llanto, un lugar en el que no era necesario ponerse de rodillas para hacer penitencia.
La que nos había llevado hasta allí
ya era suficiente. Así era El Tercer País, una frontera dentro de otra donde se juntaban la
sierra oriental y la occidental
, el bien y el mal, la leyenda y la realidad, los vivos y los muertos.
La peste y la lluvia llegaron juntas
, como los malos presagios. Las chicharras dejaron de cantar y un tumor de polvo se formó en el cielo hasta descargar gotas de agua marrón. A diferencia de los males que alguna vez sufrimos, este despedazó nuestros recuerdos y deseos. La peste atacaba la memoria, confundiéndola primero y picoteándola después.
Se contagiaba a gran velocidad
y cuanta más edad tuviese el enfermo, peor era el efecto. Los ancianos caían como moscas. Sus cuerpos no resistían el taladro de las primeras fiebres. Al comienzo dijeron que la transmitía el agua, luego los pájaros, pero nadie era capaz de explicar nada sobre la
epidemia de desmemoria
que transformó a todos en fantasmas y llenó el cielo de zamuros. Nos hizo ineptos hasta cubrirnos de miedo y olvido. Caminábamos sin rumbo, perdidos en un mundo de hielo y fiebre. Los hombres salían a la calle a esperar. ¿Qué?
No lo supe jamás.
Las mujeres hacíamos cosas con las que espantar la desesperación: recogíamos comida, abríamos y cerrábamos ventanas,
trepábamos a los tejados y barríamos los patios.
Paríamos pujando y gritando como locas a las que nadie ofrecía ni agua. La vida se concentró en nosotras, en aquello que hasta entonces fuimos capaces de retener o expulsar. Mi marido también contrajo el mal, pero tardé en darme cuenta. Su carácter se confundió con los primeros síntomas.
Salveiro hablaba poco, era reservado y no sentía curiosidad alguna
más allá de sus propios asuntos. Cuando lo conocí, trabajaba en la cauchera de su familia aflojando tuercas con una llave de cruz o tendido junto a un gato hidráulico para arreglar alguna avería en las tripas de un camión destartalado.
A diario yo pasaba frente al local renegrido
sin prestar atención a lo que ocurría en su interior. Si entré fue porque necesitaba grasa de motor para aflojar las cerraduras de la casa: un bote de Tres en Uno, cualquier cosa que sirviera para lubricar las aldabas, pero Salveiro se ofreció a mirarlas. –
No son los cerrojos.
Es la madera. Está comida por las termitas, por eso las puertas no cierran, ¿ves? -Me enseñó un polvillo de virutas y aserrín. Regresó esa misma semana para revisar el techo y el resto de la casa.
La recorrió entera
. Que si esta viga tiene jején, que si las patas de la mesa estaban mal cortadas o esta silla mal serrada. Iba de un lado a otro con una zapa. Lijaba aquí y martillaba allá. Todo cuanto tocaba dejaba de crujir o rechinar, como si recompusiera las cosas con solo mirarlas. -Angustias, ¿y este quién es? -El hijo del cauchero, papá. Ha venido para arreglar las traviesas y las armaduras de las ventanas. Después de cada visita lo invitábamos a una cerveza para agradecer las molestias. Él tomaba asiento bajo la mata de tamarindo y se dejaba interrogar. -¿Por qué no abandona la mecánica y se dedica a esto?
Se le da muy bien
-insistía mi padre, pero Salveiro bebía sin contestar-. Angustias hizo un grado técnico en peluquería. Pruebe uno; tras recibir el diploma de carpintero podría dirigir su propio taller de ebanistería. -Yo acabo de abrir un
salón de belleza
-interrumpí para hacerme notar-. Está a dos calles ¿Quieres venir a cortarte y así te cuento los requisitos para inscribirte en los cursos? Se presentó la mañana siguiente. Iba vestido con unos pantalones limpios y una camisa recién planchada. Su piel lustrosa y bien perfumada distaba mucho de aquellos brazos siempre mugrientos de
aceite y grasa
. Después de frotarle el cabello con champú y crema lo conduje hasta la silla, cubrí sus hombros con una capa y corté con mi mejor tijera. Los mechones caían húmedos al suelo. Salveiro no hizo el
curso de carpintero
, pero siguió viniendo a casa tres veces por semana para traer esto o reparar aquello. -Angustias, hija,
ese hombre parece un tronco
, pero si a ti te gusta… -me dijo mi padre al oído antes de sonreír para la única foto que nos hicimos, a las puertas del juzgado donde nos casamos. Mi marido era un buen hombre. Estaba
dotado para el retozo.
Sabía rozarme con la misma paciencia con la que serraba la madera. No hablaba, pero a mí me daba igual. Y ese fue el problema: no llegué a imaginar que sus silencios tenían algo que ver con la indolencia que ya recorría las calles, una nube de hastío que sepultó por completo la ciudad. Mi madre me bautizó Angustias. Más que un nombre,
eligió un zarpazo.
Para ella, el mundo siempre había transcurrido en silencio. Por eso, cuando alguien me llama, «¡Angustias!», pienso en su destino de mujer sin voz. Me parezco a su sordera y su zozobra. Sé soportar. Estoy preparada para la desgracia. Hablo su idioma. Hasta que nacieron
Higinio y Salustio
no me había planteado dejar la ciudad, pero las cosas salieron mal. Los niños habían llegado al mundo sietemesinos y con el corazón enfermo. Juntos no completaban dos kilos en la balanza del hospital. Sus manos pequeñas y arrugadas apenas se agitaban. Tenían las uñas moradas y los ojos apretados. La vida los había tomado prestados de paso hacia la muerte. Durante tres meses esperé ante una incubadora,
temiéndome lo peor.
Aunque nadie garantizaba que sus corazones resistirían, los médicos decidieron operarlos. Sobrevivieron, mientras la ciudad seguía desmoronándose bajo la lluvia terrosa que cubría las aceras. No quería que mis hijos crecieran en aquel valle fantasma del que todo el mundo se marchaba. -¡Nos vamos! Salveiro me miró, picado por la culebra del desánimo, y siguió hurgando las
piezas de una licuadora
averiada. -Quiero irme -insistí. -¿Crees que es tan fácil? -Dejó a un lado el destornillador-. Preparar un viaje toma tiempo. -Puedes quedarte si quieres. Yo me marcho. Vendimos los muebles, la ropa de cama y las herramientas, también los espejos, las sillas y los secadores de la peluquería. Solo conservé una pequeña tijera de cortar pelo, que llevé guardada en el bolsillo y conservo aún hoy.
La plata nos dio para una parte del pasaje.
Abandonamos la capital con los niños atados a la espalda y emprendimos un viaje de más de
ochocientos kilómetros, la mitad en bus y la otra andando
. Llegamos a nuestro destino después de atravesar ocho estados de la sierra oriental, además de los tres que nos separaban de Mezquite, un pueblo de la frontera con nombre de un arbusto que sirve para hacer carbón. Apenas llevábamos
unas monedas, tres mandarinas y una mochila con una muda de ropa
, dos biberones y los sobres de leche evaporada que preparábamos en algún arroyo. Por la Interestatal, una carretera que cruzaba la cordillera central, avanzaba la columna que formábamos los caminantes. Así llamaban a los que escapábamos de la peste. Nos acomodábamos como podíamos y cualquier cañada nos valía para lavar y cocinar. Antes de reanudar la marcha, yo me sujetaba el cabello para no molestar a los niños con el roce de los mechones. M
e prometí no cortarlo hasta llegar a nuestro destino
, dondequiera que estuviese. Salveiro caminaba detrás de mí, espantando los zancudos a manotazos y recogiendo trozos de madera que guardaba en los bolsillos. Cada día que pasaba sentía que lo dejaba un poco más atrás. Estaba convencida de que si me daba la vuelta, lo vería derrumbado en el camino como un árbol comido por las termitas. Muchas noches me imaginé despertando sola, en medio de la nada, con
dos niños a cuestas
. Soñaba que caminaba a cuatro patas, convertida en una leona capaz de descifrar en el viento el lugar hacia el que huyen las gacelas. Las carpas que levantaron los militares en la frontera se distinguían desde muy lejos.
El tumulto de gente que acudía buscando comida y medicinas podía verse incluso a un kilómetro de distancia
. Los que tenían dinero consiguieron salir en autobús, el resto lo hizo a pie y llevando a cuestas lo poco que podía cargar. En los caminos quedaban arrumbados refrigeradores, lámparas y ollas que alguien más recogía para cambiar por comida. Cuando llegamos al primer control antes del puente, un soldado nos detuvo para inspeccionar los documentos. Era joven y delgado, y llevaba
la cabeza mal afeitada, cubierta por los trasquilones
que dejan quienes no saben usar la máquina. -¿Adónde van? -Se dirigió primero a Salveiro. -A la sierra oriental… -Mi marido parecía más ausente que de costumbre. –
Estamos en la sierra oriental
, ciudadano. -Quiso decir occidental -interrumpí-. Tenemos familia allá. Vamos para que conozcan a nuestros hijos. El cabo me miró, descreído. Le di mi cédula y Salveiro la suya. También mostré las partidas de nacimiento, pero apenas las leyó.
Toda su atención estaba concentrada en los gemelos
. Los miraba con curiosidad. Primero a Salustio, que iba en brazos de mi marido, y luego a Higinio, que dormía con la cabeza apoyada sobre mi hombro. Se interesó por sus edades. Le expliqué que habían nacido antes de tiempo y que por eso parecían más pequeños. Asintió y revisó los papeles por última vez.
Su mujer recién había parido una niña
, también prematura, explicó mientras apuntaba nuestros nombres en una libreta. -¿Cómo se llama? -pregunté. -¿Quién? -Su hija… -Todavía no tiene nombre. Entró en la garita y volvió con un salvoconducto para cruzar la frontera. -Vayan con Dios. -Y nos extendió el papel. Así nos alejamos Salveiro, los niños y yo. Dios jamás se decidió a acompañarnos.

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