Adiós a Jan Morris: hasta el Everest y más allá

Hay varias aproximaciones diferentes a la vida de Jan Morris. La pregunta de qué ha hecho esta escritora para merecer un obituario tiene diversas respuestas posibles. Aquí van algunas de ellas: porque como periodista dio la exclusiva de la conquista del Everest en 1953 y, de hecho, era la última persona viva de aquella expedición. Porque visibilizó con su propia experiencia la lucha de los transexuales y porque describía las ciudades con una honestidad exquisita.

Morris, que falleció el viernes en Gales a los 94 años, se llamaba James y era un hombre cuando en 1953 integró la expedición que llevaría hasta la cima del Everest a Edmund Hillary y Tenzing Norgay, primeros conquistadores del gigante.

El reportero, de 27 años, logró uno de los grandes hitos del periodismo al comunicar en exclusiva el acontecimiento a los lectores del Times de Londres. Su hazaña no fue una prueba de pericia alpinística (no subió más allá del campamento base), sino un ejemplo de sagacidad.

Temiendo que su mensaje desde el Everest fuera interceptado por la competencia, Morris redactó un texto en clave en la pesada máquina de escribir que había arrastrado durante el viaje: “Nieve en malas condiciones, stop, campo base avanzado abandonado ayer, stop, esperando una mejoría”, unas palabras que en la redacción del Times fueron contrastadas con un código previamente pactado y que había que leer así: “Cumbre del Everest alcanzada el 29 de mayo por Hillary y Tenzing”.

Un chico se llevó el mensaje corriendo Khumbu abajo y el resto ya es historia.

Morris podía haber dedicado su vida a recrear aquella gesta, como hicieron otros personajes que acertaron a estar en el lugar y el momento adecuado, pero su vocación exploradora le apartó del camino trillado.

Morris, que se operó para ser mujer en 1972, dio voz a los transexuales

El reportero, que durante la Segunda Guerra Mundial había servido como oficial de inteligencia en Italia y Palestina, acometió en los 60 su reto más difícil. Fue en 1964 cuando comenzó un tratamiento hormonal para cambiar de sexo, un proceso que culminó en 1972 con una operación quirúrgica en Casablanca.

Su decisión, que sirvió para dar visibilidad a la lucha de los transexuales, está argumentada en su libro El enigma, publicado en español por RBA. Dice allí que “por mi cuenta había llegado a la conclusión de que el sexo no era una división, sino un continuo, de que casi nadie pertenecía completamente a un sexo u otro, y de que la infinita variedad de sutiles gradaciones que se extendían desde un extremo hasta el otro era uno de los fenómenos más bellos de la naturaleza”.

Su esposa, Elizabeth, volvió a casarse con Morris cuando esta pasó a llamarse Jan.

La desaparición de Jan Morris es también una triste noticia para los millones de lectores de sus artículos en el Financial Times y de sus libros de viajes, en especial de sus guías de ciudades. De entre ellas, quizás la más sobresaliente sea la dedicada a Venecia, una ciudad que ya había conocido durante la guerra. La Venecia de Jan Morris es una aproximación muy particular a una ciudad glosada por escritores de toda época y condición.

En el prólogo figuraba una auténtica declaración de intenciones: “Mi descripción de Venecia es altamente subjetiva, romántica e impresionista, menos de una ciudad que de una experiencia. Es Venecia vista a través de unos ojos en particular en un momento en particular”. Es una constante de la biografía de esta luchadora: una aproximación honesta y entusiasta a un mundo cambiante.

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