Rodrigo Cortés

Adiós a Ray Liotta. Guapo de cara picada

El cineasta y escritor Rodrigo Cortés desgrana la carrera del protagonista de ‘Uno de los nuestros’

Muere Ray Liotta a los 67 años

Rodrigo Cortés Actualizado: Guardar

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A veces una película es muy poco, a veces, más que suficiente. Hay actores de un solo título, como hay grupos de una sola canción. Unos y otros acostumbran a haber intentado más, veinte álbumes, cien películas, y tuvieron el hambre de hacerlas todas, pero fueron elegidos por una sola (película, pintura, libro, estribillo) que los cambió para siempre y les entregó, furtiva, la contraseña del Parnaso escrita a toda prisa en una caja de cerillas. A veces una película es todas las películas del mundo.

Ray Liotta fue un niño adoptado de Newark (Nueva Jersey), dos desarraigos en uno. Nació en «la ciudad de los ladrillos», donde nacen y mueren lo aviones cada día, en una familia católica con más mezcla de sangre que un tahúr.

Un día descubrió que se le daba bien fingir que era otro, y se fue a Miami a tirar del hilo. A hacerse mayor.

La primera vez que la mayoría oímos hablar de Liotta fue, seguramente, en «Algo salvaje», una película de Jonathan Demme antes de ser Jonathan Demme, con Melanie Griffith antes de ser Melanie Griffith y Jeff Daniels recién devuelto a la pantalla de la que Woody Allen le había dejado escapar. «Algo salvaje» demostraba que las mejores cintas no tienen género, aunque luego no haya quien las venda, y que una comedia ligera puede convertirse en pesadilla a mitad del metraje si alguien lo decide así. La culpa fue de Demme, pero también de Liotta, que iba oscureciendo su sonrisa de exconvicto y haciendo brillar los ojos hasta convertirlos en los del lobo feroz. Ya no se nos olvidó el nombre. Después haría una película que apartaremos al borde del plato —de momento—, y luego, en fila india, el resto: «Cop land», de James Mangold; «Hannibal», de Ridley Scott; «Blow», de Ted Demme (sobrino de Jonathan); «Ases caliente», de Joe Carnahan; «Identity», de Mangold otra vez. Se especializó —lo especializaron— en papeles que cruzaban, a veces por muy poco, el lado equivocado de la vida: policías corruptos, criminales de jovialidad epidérmica, hombres duros que pudieron ser buenos, siempre a punto de saltar, siempre a punto de estallar. Lo adoptaron los exégetas del cine más testosterónico, los frecuentadores de los bajos fondos, con poesía y sin poesía, para que prestara rostro al Trattman de «Mátalos suavemente» o al Oak de «Narc». Formó parte de una gran película que pasaría desapercibida, «Matar al mensajero», en la que sólo había ojos para Jeremy Renner, un periodista de los que se inventa el cine para que imaginemos que ahí fuera hay gente así.

Uno de los nuesttros

Y luego está «Goodfellas». Siempre «Goodfellas»…

Igual que Keir Dullea, que hizo muchas películas pero sólo hizo «2001», Ray Liotta, a su manera, hizo sólo «Uno de los nuestros», tal vez una de las tres mejores películas del maestro Scorsese y una de las diez mejores de la historia, la más influyente, la que a muchos nos pasó por encima como si nos hubiera arrollado un tren. Ray Liotta fue el mejor Henry Hill posible, el niño de rostro inocente que nunca se desvió del sendero porque nunca eligió transitarlo (para qué, existiendo los atajos), hijo de irlandés e italiana, cuyos trabajos y clase despreciaba, que nació para ser gánster, encontrar quien le lustrara los zapatos y llenarse de dólares los bolsillos y de cocaína la nariz. Nadie habría iluminado mejor su atractivo inquietante y su sentido bullicioso de la corrupción. Liotta se carcajeaba como otros lloran, a punto de dejar escapar mil chorros de agua por los agujeros de su cara picada, con esos ojos centelleantes, azules como el mar profundo, que reflejaban cien bolas de discoteca y un último día de luz. Miraba el mundo como si fuera a comérselo, leal y traicionero a la vez. Aguantaba el tipo como pocos ante el exceso letal de Pesci y la mirada pétrea de De Niro, sin perderles la mirada. Intimidado a la vez. Nunca supo que estaba protagonizando una obra maestra, una de esas películas que cambian el mundo y crean, en dos horas largas, una nueva generación de cineastas dispuesta a intentar un nuevo salto mortal. «Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gánster», recitaba al principio de todo, después de ver rematar a un hombre a cuchillo y plomo y cerrar el maletero para que Tony Bennett pudiera empezar a cantar.

Después envejeció, como envejecemos todos, y se operó los ojos; y se infló como sólo algunos peces saben inflarse, aunque ni así pudo rellenar esos hoyos del rostro que nunca le quitaron un gramo de atractivo, como nunca sirvieron de escape para su desasosiego. Su sonrisa fue siempre una advertencia. Ray Liotta hizo cien películas, pero hizo una sola; escaló sólo una montaña, pero fue el Everest. ¿Quién quiere llegar más alto?

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