Alain Finkielkraut: «No creo en la muerte del intelectual»

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Alain Finkielkraut nació en París en 1949 por puro «azar»: hijo de judíos polacos, su familia había escapado milagrosamente de Auschwitz. Como ensayista, su obra nació de esa historia, francesa, europea, y gira en torno a las metamorfosis de tales tragedias: proliferación de un multiculturalismo desarraigado, ascensión «imperial» de un relativismo moral, desalmado, que está minando, a su modo de ver, la matriz espiritual de la civilización europea.

En su primera juventud, militó en organizaciones de extrema izquierda maoísta, como la Union des jeunesses communistes marxistes-léninistes (UJCML). Aquella experiencia lo marco decisivamente. Comenzó evolucionando hacia la crítica del comunismo histórico en la estela de los «nuevos filósofos», que iniciaron la ruptura con la izquierda filocomunista.

Desde entonces, su treintena de ensayos se confunden con las metamorfosis de la cultura política francesa. Finkielkraut ha participado de manera muy viva y polémica en todas las «batallas» cívicas e intelectuales de los últimos veinte o treinta años, de las guerras en los Balcanes (apoyando la intervención militar de la OTAN) a los movimientos feministas y multiculturales, pasando por una defensa muy firme del Estado de Israel y los grandes principios fundacionales de la civilización occidental.

La obra de Finkielkraut oscila entre la reflexión intelectual sobre la actualidad más cruda y la polémica muy viva sobre «debates de sociedad», poniendo tales cuestiones en la perspectiva de la filosofía de la historia y el devenir de las sociedades occidentales, amenazadas, a su modo de ver, por el multiculturalismo y la desertización espiritual, desalmada.

Su último libro, En primera persona (Editorial Encuentro), vuelve sobre esos mismos temas, desde una óptica más íntima: reconstruir la historia de su formación personal, en permanente encuentro, desencuentro, diálogo y enfrentamientos, con la cultura y los portavoces públicos de la cultura francesa de las últimas décadas.

En cierta medida, a mi modo de ver, su libro es una respuesta a la izquierda multicultural que ha llegado a calificarlo de «reaccionario».

No solo eso. He intentado contar la historia de mi biografía intelectual. Y esa historia también tiene mucho de diálogo imposible con una izquierda que se ha fanatizado. Si recuerda, desde hace unos años, un blanco que pega fuego a una escuela es un incendiario; por el contrario, un musulmán que pega fuego a una escuela es un rebelde. Una parte de la izquierda se ha pasado al multiculturalismo que está destruyendo las raíces de Francia. Y buena parte de la izquierda universitaria y mediática ha abandonado las ideas republicanas básicas. Me han tachado de todo, incluso de reaccionario, efectivamente. Pero creo que los reaccionarios son ellos. Yo defiendo el universalismo, cuando el multiculturalismo está destruyendo la matriz de nuestra cultura.

«Una parte creciente de los franceses de confesión musulmana piensa que sus convicciones son superiores a las leyes del Estado»

Los conceptos de izquierda y derecha, ¿le parecen siempre vigentes?

Izquierda y derecha tienen algo muy profundo en común: piensan que la economía es el factor determinante. Durante su campaña electoral, la primavera del 2017, Emmanuel Macron pensaba que la crisis de la banlieue, la crisis de los suburbios, era una crisis social, económica. Y esperaba combatirla con nuevos planes económicos. Había olvidado la gran crisis del invierno del 2005, cuando se decían cosas de este tipo: «Francia es una puta. No dejes de follarla hasta el agotamiento, como a una zorra. ¡Hay que enseñarla, tío! Yo me cago y me meo sobre Napoleón y el general De Gaulle». Esa terminología ponía en evidencia la crisis multicultural de fondo. Sin resolver el problema de fondo, la crisis quizá se haya agravado.

En cierta medida, su libro permite comprender mejor al presidente Macron cuando habla de separatismo cultural y religioso, aludiendo veladamente al comportamiento individual y colectivo de muchos musulmanes franceses. Hace años que usted denuncia las amenazas culturales que pesan sobre Francia…

A mi modo de ver, el multiculturalismo es una amenaza para Francia y quizá para otros países de Europa. Una parte creciente de los franceses de confesión musulmana piensa que sus ideas, su religión, son «superiores» a las leyes del Estado, las leyes de la República. No se trata de un «rechazo» o una «crítica». Se trata de una determinación individual y colectiva para crear y vivir otra sociedad. Nada de integración. Piensan que sus convicciones son superiores y deben prevalecer sobre las leyes del Estado.

«A nadie alarma que los “chalecos amarillos” pidan la guillotina para Macron. A veces me pregunto si Francia todavía existe»

¿La ruptura comienza en la escuela o en la familia?

A mi modo de ver se trata de una primicia histórica. Por vez primera en la historia de Francia, rechazan la matriz de nuestra vida en común. Eso no ocurre con los judíos ni con los católicos, ni con los republicanos históricos. Los valores familiares se consideran superiores a los de la escuela pública. Una amenaza global.

La Francia de su juventud, la Francia de 1968, era todavía una sociedad abierta y permisiva. Hoy, parece amenazada por la intolerancia, el fanatismo… ¿Cuando comenzó la fractura?

Cuando se derrumbó el Muro de Berlín y desapareció la antigua URSS parecía que comenzaba una nueva era. Nosotros vivimos nuevas formas de intolerancia y fanatismo, que incluso se presentan como de «izquierdas». Tanto da. Lo cierto es que, más allá de las diferencias económicas, las cuestiones culturales, el multiculturalismo ha creado nuevas formas de fanatismo y sectarismo.

La revista «Le Débat», animada por Pierre Nora y Marcel Gauchet, fue durante muchos años una referencia intelectual francesa. Ha cerrado, hace unas semanas y, con ese motivo, se ha evocado la «muerte» del intelectual francés. ¿Cuál es su opinión? ¿Se trata de la muerte del intelectual francés o de la traición de los clérigos de los que hablaba Julien Benda?

No creo en la muerte del intelectual… que nació con Voltaire y fue «canonizado» con Émile Zola y el «affaire» Dreyfus. Por otra parte, intelectuales también son los arquitectos, los creadores… Lo que ha muerto con el cierre de Le Debat es una esperanza y una forma de tolerancia. La revista nació cuando el comunismo soviético estaba agonizando. Y representó una gran esperanza de diálogo. Liberales y socialdemócratas podían hablarse y se hablaban. Dio muy buenos frutos. Pero esa esperanza de diálogo social, cívico, desapareció con la aparición de una izquierda dogmática, fanática, casi siempre multiculturalista. Volvió a triunfar la cerrazón y el dogmatismo.

Gérard Darmanin, ministro del Interior, ha denunciado los estallidos de salvajismo. ¿Cómo percibe usted esa degradación de la vida pública?

El invierno de 2005 Francia vivió varias semanas de violencia multicultural, con incendios y degradaciones espantosas. El proceso de los cómplices de la matanza consumada en la redacción del semanario Charlie Hebdo debiera servirnos para pensar, discutir, intentar dialogar sobre el fondo de aquellas violencias y las que nosotros vivimos. Incluso hay algunos imanes que han tomado partido por la justicia republicana. Creo que debieran favorecerse este tipo de diálogos.

«La izquierda se ha pasado a un multiculturalismo que destruye las raíces de Francia»

¿Le parece realista el diálogo republicano con unos imanes que están amenazados de muerte por otros musulmanes igualmente franceses?

No. Pero debemos intentarlo. Debemos intentar que muchos barrios de Francia no se conviertan en algo así como el Líbano. La libanización de algunos territorios franceses es un riesgo. Hay que intentarlo todo. La economía no basta.

¿Ha agravado la pandemia esas evoluciones de Francia, que vienen de lejos?

No me siento capaz de dar lecciones a nadie. Y menos en ese terreno. Esa crisis está ahí. Y, sin embargo, han vuelto a estallar las protestas de las bandas de «chalecos amarillos». En el invierno del 2005 ya hubo escuelas incendiadas, pero, en lugar de sentirnos ultrajados, una parte de nuestra izquierda hablaba de la desesperación de los incendiarios. Hoy a nadie llama la atención que los «chalecos amarillos» pidan la pena de muerte para Macron, condenado a la guillotina en los juicios callejeros. A veces me pregunto si Francia todavía existe.

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