Alberto Corazón: también la poesía

Para empezar, Alberto Corazón diseñó la colección de poesía de Visor. Era 1968, Chus Visor arrancaba su aventura y encargó al diseñador y pintor que…

Para empezar, Alberto Corazón diseñó la colección de poesía de Visor. Era 1968, Chus Visor arrancaba su aventura y encargó al diseñador y pintor que hiciese algo diferente para destacar sus libros. Corazón le hizo algo muy loco entonces: desarrollar una colección de libros con la cubierta negra y una ilustración que tomaba el aire de aquel gabinete de las maravillas que Daniel Gil y otros maestros del diseño desarrollaron en los míticos libros de Alianza. El primer volumen fue Una temporada en el infierno de Rimbaud, en traducción de Gabriel Celaya y con prólogo de Jacques Riviére. A Alberto Corazón le gustaba la poesía.

Aquel diseño se consolidó. Los libros de Visor empezaron a rular. Y, 50 años después, siguen como uno de los referentes de la poesía (y de las traducciones al español). Alberto Corazón había conseguido que una editorial entera se reconociese por el lomo bruno de sus artefactos al primer golpe de vista. «Quería que la gente leyese más poesía, que se dejase sorprender por los versos y para eso había que vender bien el envoltorio». Cuando dijo esto tenía delante un steak tartar y estábamos en el barrio de Argüelles. Las cosas, a veces, suceden así.

Alberto Corazón escribía de sus cosas a su manera. En sus obras plásticas había grafía: letras, palabras, frases. En ese tiempo presentó una exposición en la galería Marlborough de Madrid titulada En tu mirada hubo un bosque, la tituló. Todos los cuadros llevaban incrustados algún verso: «Me he tomado la libertad de coger tu libro y sacar de ahí una exposición entera». Y de repente, la risa elevada por encima del bigote prusiano que le afiló los ojos de chino eléctrico. «A mí sólo me queda hacer poesía para decir que en esta vida hago todo lo que quiero. Y como no sé hacerla, os la cojo a vosotros», dijo. En el postre fue comedido: un café.

En su Cuaderno del nómada, creo que fue ahí, contaba que sin palabras no habría sabido vivir. Sin pintura, quizá. Pero no sin palabras. Tanto es así que fundó una editorial donde publicar los primeros textos en España sobre semiótica, lingüística estructural e iconología. «Ahí está todo. Somos lenguaje, y lenguaje a veces desbordado». Como no fumaba, pidió otro café.

Entonces habló de una escultura que estaba ya en la fundición, Casa del Poeta. «A veces me imagino las casas de los poetas como lugares donde suceden cosas muy raras. A ver si sé explicarlo. La Casa del Poeta que yo he diseñado es imposible. Eso es. A eso me refiero». Salimos a pasear por Islas Filipinas, que ya es pasear, y entonces soltó la bomba de hidrógeno del día: «Ahora sólo quiero leer a san Juan de la Cruz». Como esas sentencias hay que tomarlas con precaución nos detuvimos unos instantes frente a una sucursal del Banco Santander. «En el arte hay algo mágico que es, en verdad, religioso. Cuando uno pinta está despertando signos. Cuando uno escribe los llena de sentido. Ya sé qué voy a hacer en Úbeda, donde tengo una exposición, y voy a titularla Oscuro es el canto y va a ser un homenaje al poeta más auténtico que existe: él. Bueno, uno de ellos». Pasaron dos taxis y ninguno se detuvo a nuestra llamada.

— Alberto, a esos libros de Visor les debo mucho.

— Y yo. Son mi credencial de poeta frustrado… ¿Sabes que el cadáver de san Juan fue repartido entre decenas de conventos y fieles terribles que se quedaron con un trozo de él como reliquia? Aunque son mejores sus versos que sus huesos.

Un taxi al fin se detuvo. Alberto Corazón se acomodó con dificultad y antes de dar cuenta del destino bajó la ventanilla para una última cosa: «La poesía es más importante que el diseño. Estarás de acuerdo conmigo».

Y lo estuve.


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