Aloha Wanderwell, la chica más viajada del mundo

Huyó de la disciplina de colegio religioso enrolándose en una aventura a la que dedicaría su vida: llegar donde no lo había hecho nadie. Así…

«Cerebro, belleza y pantalones. Oferta de tour mundial para una joven afortunada que quiera unirse a una expedición con destino Asia, África…». Así rezaba un anuncio de prensa publicado en Francia en 1922, firmado por un tal capitán Walter Wanderwell, que cautivó la imaginación y los deseos de aventura de Idris Welsh. Aquella adolescente alta, rubia y rebelde que ambicionaba explorar el mundo más allá de los muros del colegio religioso al que atendía en Niza, se embarcaría así en la primera gran aventura de las muchas que acometió a lo largo de su vida.

Nacida en Winnipeg (Canadá) en los albores del siglo XX, Idris era la hija de un oficial de la reserva del ejército británico, abatido en el campo de batalla de Ypres durante la Gran Guerra. Su madre vivía con una pequeña pensión, así que la intrépida Idris vio aquel anuncio como la mejor manera de escapar de la rígida disciplina del colegio de monjas y ganar algo de dinero para garantizar la subsistencia de su madre y su hermana. Así acabó formando parte del equipo del aventurero profesional y ex soldado de fortuna polaco Valerian Johannes Pieczynski, alias Walter Wanderwell. Tras explorar Siberia, el Amazonas y el Sáhara, Pieczynski terminó en los Estados Unidos, donde cambió su nombre por algo llamativo que los americanos pudieran pronunciar sin atragantarse.

Encarcelado durante la I Guerra Mundial por las autoridades americanas, que sospechaban que era un espía alemán, Wanderwell fue liberado en 1918. Poco después lanzó la que iba a ser su oportunidad para redimirse y la gran empresa de su vida: la Apuesta del Millón de Dólares, una carrera de resistencia alrededor del mundo entre dos equipos a bordo de sendos Modelos T de Ford.

La carrera era un ardid publicitario del gigante americano del motor, pero también una campaña itinerante en favor de una policía unificada mundial capaz de mantener la paz, además de una manera efectiva de financiar futuros viajes vendiendo folletos, dando charlas y proyectando películas filmadas y editadas sobre la marcha.

En 1922, cuando Idris respondió al anuncio del Paris Herald, pretendía «hacer la vida como en las novelas, para ser e ir donde la emoción llena los días», según escribió su admirado Joseph Conrad. El capitán Wanderwell planeaba recorrer Europa y necesitaba desesperadamente un nuevo miembro del equipo que hablara francés, además de un rostro atractivo para llamar la atención de la prensa. Idris encajaba a la perfección con el puesto vacante y, tras su primer y fructífero encuentro, pasó a llamarse Aloha Wanderwell y a hacer las veces de secretaria, mecánica, piloto, traductora y principal atracción de una gira mundial que se alargaría hasta 1927.

Así, logró emular las hazañas de pioneras como Annie Londonderry, que dio la vuelta al mundo en bicicleta en 1895, o Anita King, estrella del cine mudo que en 1915 recorrió Estados Unidos en solitario conduciendo un automóvil. Aloha se convirtió en la primera mujer en dar la vuelta al globo en coche, comenzando y terminando su viaje en Niza tras haber atravesado 43 países de cuatro continentes.

La expedición Wanderwell viajó por la Italia de Mussolini y los camisas negras, cruzó los campos de batalla franceses, pasó por España y acampó al pie de la Gran Esfinge de Egipto, atravesó las inexistentes carreteras de la India, se enfrentó a los monzones en Malasia… El catálogo más completo de sus aventuras se encuentra en sus memorias, Call to Adventure, donde dio rienda suelta a su pasión por la escritura. La falta de gasolina y las averías eran un problema constante, por lo que se vio obligada a usar plátanos triturados y grasa animal para hacer funcionar su maltrecho Modelo-T. Casi murió de sed en el desierto sudanés, se disfrazó de hombre y rezó en La Meca… ¿Más aventuras? En Indochina escapó por los pelos de una estampida de elefantes furiosos, ejerció de espía para la Legión Extranjera francesa…

Aloha también fue pionera como documentalista, rodando diarios de viaje con su marido y sus dos hijos mientras exploraban el mundo. El mejor ejemplo que queda de su aportación al género es el metraje que rodó en la región de Mato Grosso, en la cuenca del Amazonas.

El avión en el que viajaban se estrelló en plena selva y, mientras Walter regresaba a la civilización para lograr piezas de repuesto y un equipo de rescate, Aloha se quedó con los nativos para documentar el modo de vida y costumbres ancestrales de la tribu Bororo, una pieza de gran valor antropológico.

En los últimos años de su centenaria vida, la tenaz exploradora se encargó de cuidar y dar lustre a su valiosa colección de películas, diarios y objetos conseguidos en sus diversos periplos por el mundo, repartiéndolos por diversos museos e instituciones educativas de Estados Unidos hasta su muerte en 1996.

Así se despidió la mujer que «nunca jamás pidió permiso para nada», con centenares de miles de kilómetros a sus espaldas y el título oficioso de «chica más viajada del mundo».

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