Amália Rodrigues – ABC

VOCES PARA EL RECUERDO

Amália Rodrigues, la máquina de coser tristezas

La cantante era conocida como la ‘Reina del fado’ y, a su muerte, recibió honores más grandes que los jefes de Estado de Portugal

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En alguna ocasión dijo: «Soy una máquina de coser tristezas», y así fue durante toda su vida. Cuando se encendían los focos, la guitarra de 12 cuerdas sonaba y el micrófono lo recogía una dama de negro; la música hacía el resto. «El fado es un misterio. Como el flamenco. Tiene profundidad y hace pensar, sufrir, llorar… Tiene raíz y por eso se mantiene puro, sin grandes variaciones. Sólo cambian los cantantes, los guitarristas y los poetas», comentaba Amália Rodrigues en una entrevista en 1990 cuando se disponía a actuar en el Auditorio Nacional de Madrid para conmemorar sus cinco décadas en la música. Propagó el fado, la lengua y la cultura portuguesa por todo el mundo. Cantar le mantuvo con vida hasta el 6 de octubre de 1999 que falleció a la edad de 79 años. A su muerte recibió honores más grandes que los jefes de Estado de Portugal. Fue un ídolo para su pueblo, sigue siendo recordada por sus compatriotas que velan sus restos en el Panteón Nacional. Llevó este estilo musical hasta su máximo exponente. Lo dio a conocer a gran parte del planeta, y sus álbumes se vendieron hasta en 30 países. Más de 170 trabajos y más de 30 millones de discos vendió en su carrera. Cantaba en inglés, español, gallego, italiano, francés y en su lengua materna. Con sus interpretaciones hizo llorar y sentir un género donde se encadenan las despedidas, los desamores y las adversidades de la vida. Como buen país de pueblos pesqueros, cada puerto desprendía sus propias lágrimas saladas. Tristeza y cura al mismo tiempo en la voz de la más grande del territorio. Cada 23 de Julio, los habitantes de Lisboa acudían a una casa amarilla situada en el 193 de la Rua Sao Bento a cantarle por su cumpleaños. Ella salía al balcón y ahí se quedaba agradeciéndole a la gente su sorpresa. Sus canciones sonaban hasta bien entrada la noche.

Amália da Piedade Rebordao Rodrigues nació en 1920 en la parroquia lisboeta de Pena situada en la Calle Martim Vaz. Su familia no poseía recursos económicos y sus padres tuvieron que emigrar a otra ciudad cuando apenas tenía un año de edad. Ella se quedó con sus abuelos maternos, que le envían a la escuela, aunque pronto debe abandonarla para trabajar como bordadora a la edad de 12 años. Su faceta artística se apreció desde pequeña donde daba recitales a sus vecinos. Le gustaban los tangos de Carlos Gardel y las canciones populares que escuchaba en el día a día. Años después empezó a trabajar como vendedora de fruta en Cais da Rocha y su tono de voz llama la atención de la gente. En 1936, durante las fiestas de Santo António de Lisboa, se celebró el Concurso de Primavera donde se buscaba descubrir futuros talentos. El título de ‘Reina del Fado’ era el galardón de aquel certamen donde Amália no llegó a participar porque todos los demás competidores se negaron a competir con ella. Poco después conoció al que sería su primer marido, Francisco Da Cruz, un guitarrista que le recomendó a la gran casa de fado de la época, el Retiro Da Severa. Fue en 1939 cuando arrancó a cantar en ese lugar, y un año después debutó en el teatro. Los fados no eran canciones que estaban bien vistas precisamente, gozaban de mala reputación ya que su origen provenía de los barrios más humildes que cobijaban a maleantes y malhechores allá por el siglo XIX. Aquellas canciones poco valoradas, que se sumergían en la pena, llegaron incluso a estar prohibidas. Amália dejaba cautivado con su talento a cuantos la escuchaban y sus actuaciones comenzaron a correr de boca en boca entre los lisboetas. Pronto empezó a llenar las salas y sus entradas empezaron a venderse en el mercado negro. Arrancó así la leyenda de la máxima exponente del fado.

Su voz llega a todos los rincones del país, a las islas portuguesas y al norte de África. Tras tres años casada, en 1943 se divorcia, y es ese año cuando da su primer recital internacional. Fue en Madrid, en la embajada portuguesa en la ciudad invitada por el embajador. En España se enamoró del flamenco, dominó el idioma, y entabló amistad con Imperio Argentina y Manolete. Años más tarde grabaría el tema ‘María la portuguesa’ junto al autor del mismo, Carlos Cano. Otra versión que dejó para el recuerdo fue el mítico ‘Ojos Verdes’. Se codeó con artistas como Edith Piaf y Charles Aznavour. Cantó en el club Copacabana de Río de Janeiro, y pasó por Nueva York, Londres, París, Buenos Aires y Tokio. Incluso en Hollywood sonó su nombre, dado el éxito que tuvo la banda sonora de la película ‘Los amantes del Tajo’, de Henri Verneuil, en 1955. Fue una mujer a la que le gustaba reunirse en su casa con intelectuales de todos los ámbitos para hablar hasta altas horas de la madrugada. Amaba el té, bebida que consumía por litros diarios y el tabaco era su gran vicio. Le gustaba cantar en su casa de Lisboa, e incluso los vecinos no sabían si en ocasiones era ella en vivo y en directo o una grabación lo que estaba sonando. La niña con voz de sirena y actitud de personaje de tragedia griega, según la crítica, se había convertido en la gran dama de la canción popular de Portugal. Dotó de poder al fado, le dio personalidad y lo aupó hasta convertir sus actuaciones en recitales de pasión. Siempre atenta a la vestimenta, su otro gran vicio, desprendía su voz al son de ‘Uma casa portuguesa’, ‘Estranha forma de vida’, ‘Lisboa Antiga’ o ‘Gaivota’. Jamás se cerró a nada que tuviese que ver con la música, daba igual el idioma y la canción que si se acompañaba de una guitarra portuguesa allí estaba Amália. Una mujer que se mostró al mundo sin complejos, pero con inseguridades que le llevaron en más de una ocasión a coquetear con el suicidio. Se casó por segunda vez, e incluso fue acusada de colaborar con el régimen del dictador Oliveira Salazar. Cuando se retiró se dedicó a escribir poemas y así hasta el último día. Una diva que bailó con el destino, significado en latín del fado, una niña que desde pequeña soñaba con ser bailarina. Su voz le puso en otro lugar del escenario.

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