Andrés Trapiello: "Madrid es hoy el símbolo de la unidad constitucional"

Paseo con el escritor que publica un libro sobre la ciudad repleto de anécdotas, datos y curiosidades

«Váyase a Madrid y póngase en la cola», dicen que dijo Pío Baroja a un joven escritor con sueños de oropel. Es lo que le pasaba e hizo Andrés Trapiello. Todavía se acuerda de la fecha, el 4 de mayo de 1971. Tenía 17 años. Se había ido de León tras una bronca con su padre después de descubrir (él, que hizo la guerra en una bandera de la Falange) cinco números de Mundo Obrero debajo del colchón del joven Andrés. Llegó en asiento de tercera en un tren a la estación del Norte con uno de los ocho h

ermanos que tenía

. Y hasta hoy, que ha contado todas sus peripecias en la ciudad -no son escasas- y las ha entreverado con infinitud de anécdotas, datos y curiosidades sobre la ciudad. Ha resultado un libro de 557 páginas y más de 300 ilustraciones titulado, simplemente,

Madrid

(Destino). Quedamos este pasado miércoles en la Puerta del Sol, en ese azulejo kilómetro cero, «el metro cuadrado más visitado y pisado de España» para patear el centro. Diez de la mañana. Primera foto en Doña Manolita, la administración de Lotería más codiciada y ya desaparecida. Ahora hay un local de Ria, una empresa donde se cambia y transfiere dinero. Tampoco hay rastro de un nutrido kiosco de prensa que fue cita habitual.

«Nunca había visto Sol tan vacía. Allí, donde está ahora Apple, estaba el Hotel París, donde vivía Rubén Darío»

, dice Trapiello. Dejamos la estatua de Marinablanca y bajamos por la

calle Arenal, «la preferida de Pla

, más que la calle Mayor». El puesto callejero de la librería de Arenal esquina al pasadizo de San Ginés, junto a la chocolatería, le recuerda al escritor la librería Sánchez Cuesta en la que trabajó Luis Cernuda. Iglesia de san Ginés.

«Galdós decía que las iglesias de Madrid eran feas, algunas no sabes si son una concejalía»

. En la de san Ginés hay un greco y aquí se casó por poderes Lope de Vega. «Esta calle era un terreno pantanoso, muy arenoso, de ahí el nombre; todas las aguas venían aquí. Fíjate, está casi todo cerrado». A este libro sobre Madrid le ha dedicado Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) «cinco años y el último medio a la maquetación, con Alfonso Meléndez». Recuerda un poco la edición de Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (Destino), que el año pasado cumplió 25. «Los libros los abandonas». La librería que más le ha gustado, dice cerca de la plaza de Isabel II, fue la de Herminia Muguruza, cuñada del arquitecto Pedro Muguruza. Estaba en un piso de la calle Espalter esquina con Felipe IV «con ocho balcones que daban al Botánico.

A la una te sacaban una copa de Jerez y unas patatas fritas. Ella era de la Institución Libre de Enseñanza y la librería, fina y blanca; todo lo contrario de las librerías de viejo»

. También le gusta la de Manolo Gulliver, en la calle León, pero su biblioteca la ha ido levantando a base de visitar el Rastro todos los domingos, a primera hora, desde hace 42 años. «Al Rastro voy a por libros y papeles pero si necesitas una mesa, un sacacorchos… Hay una frase que es ‘la pobreza, preserva’. A lo que es pobre nadie lo quiere, por eso los barrios bajos siguen igual durante tantos años. Ahora la calle Valencia casi es la Milla de Oro por la especulación.

Desde Tierno han querido vaciar el Rastro porque esa actividad económica no da dinero a la ciudad, es todo dinero negro

. ¿Y cómo lo hacen? Degradándolo, dejándolo caer y presionando a la gente para que se vaya. Lo quieren llevar a Legazpi». Plaza de Oriente. En el edificio de la derecha del Teatro Real, en el número 6, hay tres placas que recuerdan que allí vivieron Juan Gayarre, Verdi y el poeta Vicente Huidobro. En el 7 está la del pianista José Cubiles y en el 8 vivió José Bergamín, que no tiene recuerdo. Trapiello le visitó allí. También lo hizo con otros exiliados ilustres, como María Zambrano («¿Que qué siento al volver a España? Nunca me he ido»), Francisco Giner de los Ríos y Ramón Gaya. Dice Trapiello sobre la estatua ecuestre de la plaza, la de Felipe IV, que es mentirosa porque está apoyada en sólo dos patas del caballo, lo que quiere decir que el jinete murió en combate, que no es el caso. Señala la esquina derecha del Palacio Real, «donde estuvo

la Torre del viento, en la que vivía y pintaba Velázquez. Desde allí veía la sierra

. Era la época del alcázar moro. Ardió durante tres días en 1724 y en el incendio se quemaron cuadros suyos y la biblioteca musical».

La Catedral. «Es la más fea de España

pero en 300 años se volverá bonita», dice con sorna.

«Es como la entrada a un cementerio de lujo.

En cambio la iglesia de San Francisco [que se asoma al fondo] es de las más bonitas. Tiene una dimensión menor. Me gustan las iglesias pequeñas. Las iglesias son como la música, si no puedes componer una sinfonía consuélate con un cuarteto». En los jardines de enfrente de la catedral hay un busto de Larra. «¿Una foto con él?». «No, no,

detesto a Larra, todo el día está llorando. Es tan amargo, tan español, tan nihilista

. ¿Y quién se pega un tiro a estas alturas por una mujer? Es una frivolidad». Al lado, la taberna del Anciano Rey de los Vinos, cerrada. Estamos en el final de la calle Mayor, ante un palacete que le encanta y comparten el Palacio de los Consejos y Capitanía. Enfrente, y no menor, el hermoso pero oscuro edificio del Istituto Italiano di Cultura. A su vera,

Casa Ciriaco, donde Trapiello comía con Bergamín

. Y en la acera de enfrente y un poco más arriba, donde se reunían (él uno de ellos) los miembros del Comisionado de la Memoria Histórica, ya muy cerca de la Plaza de la Villa, «tan reconstruida». Así que seguimos por la calle Sacramento, en este recorrido que suele hacer cuando viene a Madrid algún amigo. En esta calle hay un párking: «Es imposible hacer algo peor». A unos metros, la Basília Pontificia de San Miguel, «una bombonera barroca. Aquí celebramos el funeral de Valentín Zapatero, el primer editor de Trieste. Era rico, guapo e inteligente. Le conocí con 20 años. Bebía mucho. Le decía ‘¿no vas muy deprisa?’ y contestaba ‘no me importa, espero no vivir más de 30 años’. Murió con 31». Juan Manuel Bonet y Trapiello continuaron con el sello. Avistamos la calle Segovia, la del viaducto. Dice que hubo uno anterior y mejor que lo derribaron en el 29. Plaza de Puerta Cerrada y su Casa Paco. A la izquierda se asoma la calle Cuchilleros.

«En el segundo piso de este portal, el 12, vivía Ramón Gaya

. Comíamos juntos dos veces por semana. Tengo varios cuadros y dibujos suyos, regalados y comprados». Unos metros más arriba y en la otra acera, la del

restaurante Botín -«aquí los cochinillos son góticos, del siglo XIII»-

, en un edificio panzudo, poco después de las Cuevas de Luis Candelas -donde había un hombre reclamo con trabuco, patillotas y faja- señala una placa, «Aquí vivió Fortunata», la de Fortunata y Jacinta de su admirado Galdós. «Yo hubiera puesto Aquí vivió y vive Fortunata». La casa está en un sexto piso desde el portal de esta calle y en un cuarto desde el de la Plaza de Mayor. «Un día vi entreabierta la puerta y subí. Había una chica llorando en la puerta, que estaba cerrada. Cuando me vio empezó a chillar ‘Aquí vivió Fortunata’ y se fue. Olía a berzas. Me enteré de que la casa la compró Pedro Ortiz Armengol, el diplomático y el mejor biógrafo de Galdós. Traía a sus alumnos para darse el pote». No encuentra Trapiello el portal de la Plaza Mayor por la que subió. «La han capado». Junto a la otra entrada, la de Cuchilleros, una placa -¿cuántas llevamos?- recuerda la memoria de Marcelo Muñoz Díaz (1910-1993), el fundador del Museo del Jamón. Comenta Trapiello que habrá leído unos 200 o 300 libros sobre Madrid y que de algunos se va a deshacer.

«Hay que hacer una liposucción de vez en cuando en las bibliotecas. Se deben regir por el principio de Arquímedes»

, libro que entra por el que sale. «Tengo dos libreros de viejo que vienen a casa y… Ahí, en la Casa de la Panadería, di en enero una conferencia sobre Galdós. Originariamente era la Panadería Real porque tenía los pesos y era desde donde el rey y sus invitados contemplaban las corridas de toros y los autos de fe, que duraban hasta ocho horas». Contempla ahora el novelista, poeta y ensayista la caída de la

calle Toledo

desde la plaza, con sus sobrios soportales. «Era la que más le gustaba a Galdós.

Fue la Gran Vía del siglo XIX. Hubo hasta 77 o 78 tabernas»

. Y pregunta a Antonio Heredia, el fotógrafo, «¿tú te acuerdas de una tienda de encurtidos que había en la boca que daba a la calle de San Miguel? Allí estaban los arenques, las tinas, los salazones, las aceitunas de todos los colores y todos los tamaños, tan bien puestas». ¿El mejor alcalde? «Se dice que Carlos III… El peor fue Arias Navarro. Al que le tengo gran antipatía es a Tierno Galván por lo del Rastro y porque pronunciaba la

v

como la

f.

Le parecía muy distinguido. Era muy pedante. Dejó los bandos a mayor gloria suya. Con Arias Navarro se construyó la Torre de Valencia y los

scalextric

. Lo que no tiene que hacer un alcalde es peoras. El mejor alcalde es aquel que no se nota. Como el estilo literario; cuanto mejor es, menos se nota». Calle de la Sal, calle Postas con obras. En el número 13 hay un edificio de ladrillo que desentona, «pero la vida termina armonizándolos». Calle Mayor con Sol: «aquí estaba San Felipe Neri, que se derribó para construir

el primer edificio de apartamentos en Madrid, hacia 1860, se conoce Casa Cordero

porque el tipo era de León, uno que jugando a una especie de lotería desbancó al Estado y le dieron el edificio. Fue uno de los mentideros de la Villa, donde se hacían circular rumores». Puerta del Sol de nuevo dos horas después. Ya hay otro tono. «Hoy parece domingo por la mañana». Al escritor le apetece visitar la exposición de fotografía

Galdós en el laberinto de España

en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que alberga 140 imágenes, una de ellas de Madrid hacia 1870 de Jean Laurent. Hacía ocho años que Galdós ya zascandileaba por aquí.

«Madrid es del que llega para quedarse o de paso. Es un misterio

. Ser madrileño tampoco da derecho a nada, contra lo que algunos creen. Madrid no se preocupa de tener personalidad. Ese es uno de sus mayores atractivos, la base de su hospitalidad secular: no tiene identidad. Lo que le distingue es la mezcla: en una misma calle había un palacio, un burdel y el taller de un artesano. Madrid es como la ropa del niño pobre, corta y larga, le vale a todo el mundo y cuando no es así a sus aristócratas les gusta mezclarse con los tipos populares, vestir como ellos ye imitar su habla. Los problemas identitarios suelen esconder graves complejos psicológicos, con las consiguientes victimaciones. El madrileño no suele quejarse, el madrileño, si acaso, se cabrea y arma un motín. Pero es estoico, lo estamos viendo con la pandemia», perfila Trapiello. En el libro, Trapiello cuenta su etapa, tras estudiar Filología en Valladolid, de vendedor de libros y enciclopedias Edaf y de otras editoriales, cuando fumaba Celtas cortos (cuatro pesetas y 50 céntimos), rancheaba en los comedores del SEU en la Ciudad Universitaria y aún había faroles de gas, faroleros y serenos. Y estaban multadas las señales acústicas. Trapiello, muestrario en ristre, ofrecía el catálogo de libros por la Gran Vía y Serrano, calles que alternaba cada semana. Una vez le llevó un excampeón de boxeo conocido, que había hecho una pequeña fortuna vendiendo biblias («versión de Cipriano de Valera, me parece, que no pagaba derechos de autor»), a

un local con «chicas que trabajaban en el descorche»

. Trapiello, en cambio, vendía

Cómo se filosofa a martillazos

de Nietzsche y

Quo Vadis?

. Relata otras muchas anécdotas, suyas (trabajó en el mundo del arte, entre otros oficios) y de otros, que se van cosiendo datos prolijos en acrobacias temporales. Dedica capítulos al Madrid de Galdós, al de la Guerra Civil, a Gutiérrez-Solana, Neville, Juan Ramón Jiménez, parques y jardines, toros, gastronomía, arquitectura, planos («el de Teixeira, de 1656, es quizá el más fascinante») y sale aquí y allá Baroja («lo importante es pasar el rato»).

¿Madrid es símbolo de algo? «Sí, de la unidad de una España

que a trancas y barrancas ha podido vencer siempre las desuniones, las hayan promovido los carlistas o los secesionistas catalanes y vascos. Hoy es el símbolo de la unidad constitucional. Esa es la razón por la que Madrid se ha convertido desde hace dos siglos en el principal objetivo de sus ataques. Cuando dicen ‘España nos roba’, están pensando ‘Madrid nos roba’. ¿Qué? Capitalidad e influencia. Pero esto es propio de la capital de cualquier Estado. Alguien no hace mucho habló de llevar el Senado a Barcelona para contentar a quienes unos meses después daban un golpe de Estado. ¿Por no tener Senado? No, para acabar con él y con todo lo que representa esa unidad constitucional». El libro tiene fotos de Alfonso, Santos Yubero, Carlos García-Alix, Carlos Saura, Català-Roca y Juan Pando. Imágenes de Las Ventas y el Teatro Apolo. Mapas y portadas de libros. Entre sus preferidos, amén de

Fortuna y Jacinta

, cita

La busca

de Baroja,

Madrid callejero

de Gutiérrez-Solana,

Desde el amanecer

de Rosa Chacel,

Elucidario de Madrid

de Gómez de la Serna «y para el Madrid actual, algunas de las novelas de Pedro García Montalvo». Cree que

Madrid (que significa, como Trapiello, «arroyo, manadero o alcantarilla») tiene su propio encanto

. «Es pueblerino, provinciano y cosmopolita al mismo tiempo. Esta mezcla ha hecho que no se haya deshumanizado como otras grandes urbes. En Madrid todavía es un privilegio llevar ‘vida de barrio’. Ese es el secreto de que guste tanto y a gentes tan diferentes, el poder cada cual hacerse un Madrid a su medida». Echa de menos Trapiello nombres desaparecidos de calles como de la Zarza, Cofreros y callejón de la Duda. Le gusta el de Válgame Dios porque «es corta y sin coches y al pasar por ella me acuerdo de Antonio Machado y de Eduardo Rosales.

Machado solía visitar a una prostituta en una casa discreta y en otra, un poco más allá, murió el pintor Rosales, maravilloso siempre»

. Incluye en el libro un repertorio madrileño con entradas como acacias, callos, chulería y organillos. Y comenta la calle donde vive, Conde de Xiquena, y su época de chaperos y drogadictos, la misma del restaurante Casa Gades, donde se rozó con Marisol (en esa acera escribía César González-Ruano). Tampoco se olvida del Museo Romántico, ni del Madrid de la Movida, ni del Motín de Esquilache. También se asoma el del Café Gijón de Umbral y de tantos otros. Ese Madrid donde «entras y sales de cualquier sitio y nadie te pregunta».

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