'Antidisturbios', la serie española del año: hostias, modo de empleo

Rodrigo Sorogoyen presenta en el Festival de San Sebastián una radiografía de la violencia, pública y privada, desde la vida cotidiana de siete policías

La etología, o parte de ella, mantiene que el hombre, como el hipopótamo o el mono aullador, es agresivo no tanto por naturaleza, que también, como por imperativo hormonal. La culpa es de Darwin. Digamos que la agresividad es un factor filogenéticamente adaptativo. Es decir, se trata de un impulso por la superviviencia que tenemos siempre en ‘on’ y que ha de ser continuamente apaciguado. Los otros, además de ser el infierno, nos ponen de muy mala leche. Y de ahí la necesidad de las normas de urbanidad, el saludo, las caricias, la sonrisa sin venir a cuento… Llámense conductas de apaciguamiento. Pero, ¿qué ocurre cuando la cosa se desmadra y no hay forma de detener a las exigencias de la teoría evolutiva? En efecto, aquí, los antidisturbios, los de toda la vida.

Rodrigo Sorogoyen, con la complicidad de su guionista de cabecera Isabel Peña, y la colaboración entusiasta y muy brillante de siete actores violentamente en vena (Vicky Luengo –en primer y descatado lugar– Raúl Arévalo, Álex García, Roberto Álamo, Hovik Keuchkerian, Raúl Prieto y Patrick Criado) se han decidido por prestar cara, ojos, motivaciones y hasta familia a los eternamente malos. La idea es retratar en su claridad casi hormonal ese impulso del que hablan los etólogos y que nos afecta a todos. Pero hacerlo, y ahí el acierto y el riesgo, desde el día a día, noche a noche, de aquellos que han hecho de ese instinto su profesión. Que se utilice la palabra cuerpo para designarlos como grupo no puede ser casualidad.

La serie ‘Antidisturbios’ de Movistar presentada en el Festival de San Sebastián y entregada en seis cómodos plazos de una hora da voz a los que siempre son caricatura; a esa brigada por fuerza especial de la policía sin rostro, con la cara siempre escondida detrás del casco. Los que siempre son la diana de los insultos. «Eso es lo que nos atraía, el reto de trabajar contra precisamente el estigma del villano y el desafío de hacer una serie que alguien podría suponer de hombres y testosterona (aunque luego no sea así) en tiempos de MeToo. No faltaron amigos que nos preguntaban: ‘¿Pero os vais a atrever a ponerlos bien?’. Pues tan bien o tan mal donde cada uno ponga el límite de su responsabilidad. Ellos forman parte de esta sociedad», comentan a coro director y guionista.

La serie se ajusta a la perfección a las exigencias del cine tal y como lo entiende el director de ‘Que dios nos perdone’ y ‘El reino’. No tanto de ‘Madre’. De nuevo, la cámara pugna por anular el ángulo muerto, lo oculto, y discurre nerviosa, ágil y orgánica entre los cuerpos y el cuerpo. Y así hasta componer una precisa foto móvil de la que el espectador acaba por formar parte. Si se contemplan de tirón, que siempre es una opción, se aprecia con nitidez la evolución de una puesta en escena que arranca a escasos milímetros de los rostros y acaba mucho más consciente de sí y del entorno. En la metáfora va el sentido. Digamos que el viaje hacia la revelación que viven los personajes es el mismo que propone Sorogoyen en un auténtico alarde de nervio, madurez y, ya puestos, genialidad.

Dice Peña que la idea era evitar los trucos fáciles de las series al uso (pongamos los célebres ‘cliffhangers’ recurrentes o la reiteración de situaciones). «Cuando escribes un ‘thriller’ para la pantalla grande, la trama obliga muchas veces a eliminar los detalles de los personajes. Ahora ellos son los protagonistas», comenta. Para Sorogoyen, la diferencia entre un universo y otro, cine y tele, es de estructura o desarrollo. Pero el primer impulso, que es el que cuenta, no cambia. «El acercamiento es idéntico y, de hecho, la prioridad es siempre provocar al espectador haciéndole parte de la trama y enseñándole lo que generalmente queda en la sombra», explica.

‘Antidisturbios’ arranca en un desahucio con una muerte accidental, que en realidad no lo es tanto. Pocas lo son. Casi siempre son la consecuencia de algo que no funciona. Desde ahí, la trama se bifurca una y otra vez hasta rastrear tanto en las corrupciones coyunturales del sistema (genial el retrato del policía que tanto se parece a nuestro Villarejo de todas las salsas) como en sus carencias estructurales. Y más allá, las dudas alcanzan al propio error de base que todo lo condiciona: ¿Tiene sentido la propia concepción de una policía siempre expuesta y convertida casi por definición en imagen pública y perenne de la pura violencia?

Lo que se ve es polémico porque la realidad lo es. «Todos los gremios funcionan regular: periodistas, sanitarios, guionistas… Y el de antidisturbios también. Y eso es preocupante porque la materia prima de su trabajo es la violencia», dice Peña. Sorogoyen explica todo el trabajo previo de conversaciones y convivencia con los agentes y, de entre todo lo hablado, no duda en dar con algunos de ellos que sirvieron como modelos. «Uno de los policías con el que nos vimos, un buenazo, fue el que dio la clave a una de las frases de la serie. Esa en la que el personaje de Arévalo explica su motivación para hacer lo que hace: sentirse últil. Pero hay de todo. Hay quien busca adrenalina porque acaba de salir de un divorcio o quien le gusta la idea de viajar… No juzgamos, pero que cada uno saque sus conclusiones», comenta el director.

Y de eso precisamente se trata: de asustarse un poco con las conclusiones. Como ya hiciera en ‘El reino’, la realidad nutre cada fotograma hasta directamente infectarlos a todos. La capacidad de la serie para colocar la mirada del espectador dentro del laberinto de la intriga acaba por acercarse no tanto al estado de hipnosis como al de dependencia. Si a la agresividad que destila sumamos que además engancha, estamos ante lo que podríamos llamar una serie, que no droga, dura. Al final, no queda otra que lidiar con el hecho de que somos monos agresivos y que de la necesidad de encauzar, atenuar y administrar la violencia que nos consume y nos determina depende todo. La mejor serie española del año.


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