Antonio Gala, un hedonista de noventa años

Antonio Gala, retratado en 2008 – Roldán Serrano

Antonio Gala, un hedonista de noventa años

El legendario escritor recibirá un homenaje hoy en Córdoba, en la fundación que lleva su nombre y que es, también, su gran obra

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Llega un momento, una edad, en que el mundo ya no es para uno, y comienza entonces el tiempo del retiro, lejos de todo. Antonio Gala cumple hoy noventa años desde ese exilio cordobés en el que cuida su mala salud de hierro y acaricia la fundación que lleva su nombre, aunque cuentan que a veces se le ve por La Baltasara, su casa en Alhaurín El Grande (Málaga). En ambos sitios cultiva la lectura, aún abre los periódicos (hay que ser valiente) y dedica horas y horas a los clásicos, además de a los libros de sus becados. No debe haber mucho ruido en sus días, pero será lo que le place. Gala ya lo ha vivido todo, y no le deben quedar muchas ganas de dejarse ver o escuchar. No deja de tener gracia que ahora guarde silencio, cuando en su día, con veinticinco años, tuvo que abandonar la Cartuja de Jerez porque tenía demasiada labia. «Estuve un año. Ellos en seguida se dieron cuenta de algo esencial: no se habla y se adivina. Me dijeron: «Tu voz no es nuestro silencio. Tú tienes que hablar»», contaba el escritor a ABC en 2010. Menos mal.

Gala es hoy una leyenda viva, claro, y quizás no haya otra forma más allá de ese cliché para resumirlo: en su haber tiene más de 500 premios literarios, un sinfín de obras en todos los géneros y lectores que se contaron por millones. Ya suena todo a mítico, pero ahí está su figura arrugada para recordarnos que todavía existe, que todavía está aquí, que sigue latiendo.

Desde la infancia demostró su pasión por las letras. Leyó con voracidad a Rilke, a San Juan de la Cruz y a Garcilaso. La lectura pronto lo empujó a la página en blanco, que no tardó en manchar: con cinco años escribió su primer cuento, a los siete pergeñó una obra teatral, y a los catorce ya estaba dando conferencias en el Círculo de la Amistad de Córdoba. Siempre según él mismo, claro. A los quince empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Sevilla, y se matriculó por libre en Filosofía y Letras y en Ciencias Políticas y Económicas en Madrid. Entre medias, en su tiempo libre, que por lo visto existía, escribía poesía. Por suerte, nunca abandonó el lirismo. Tampoco la nostalgia.

Tras licenciarse empezó a opositar a la Abogacía del Estado, pero terminó abandonando la idea, que solo abrazó por contentar a su padre. Se fue con los cartujos, y tras abandonar su silencio se entregó la bohemia, que era lo suyo. «¿Qué es lo más inteligente que se puede hacer en la vida, señor Gala?», le preguntaba su querido Jesús Quintero en una entrevista en 2013, emitida en «Canal Sur». «No tener ningún respeto por la vida. Hacer lo que verdaderamente te plazca, que es para lo que sospecho que hemos nacido. Porque nacer para que te maten o para luchar o para decir «¡viva Franco!», son idioteces. Se nace, supongo, para disfrutar de algo», respondía Gala. Ni la enfermedad ni la vejez le habían robado su gracia, su hedonismo.

Su primer libro llegó en 1960. Fue el poemario «Enemigos íntimos» con el que consiguió un accésit en el premio Adonais. En 1963, tras pasar una temporada en Florencia, donde dirigió la galería La Borghese, recibió el premio Las Albinas por su relato «Solsticio de verano», además del premio Nacional Calderón de la Barca por su obra «Los verdes campos del Edén». Ya había empezado su éxito literario.

Brilló en el teatro como pocos, y su primera novela, «El manuscrito carmesí», de 1990, fue galardonada con el premio Planeta. A lo largo de su dilatada trayectoria ha acumulado más de cuatrocientos títulos, fruto sin duda de su legendaria incontinencia literaria, de la que nadie se ha quejado. Su último libro llegó en 2008. Lo tituló «Los papeles del agua», era un texto a caballo entre el ensayo y la novela. Dejó de publicar, sí, pero no de escribir. «¡Claro que sigo escribiendo poesía! No podría hacer otra cosa», declaró a «El Confindencial» en 2018.

Gala también se convirtió en un personaje entrañable, gamberro y ácido y lúcido, una suerte de Oscar Wilde español, nacido en Brazatortas (Ciudad Real) pero arraigado en Córdoba, porque uno es de donde siente. En lo ochenta fue una de las figuras destacadas de las manifestaciones contra la OTAN. Lo decía mucho: «Mundialmente no se reconocen nah más que la guerra, los odios, no la hermosura». Tampoco se fiaba mucho de Europa, que definía como «una señora gorda con 27 apellidos».

Se paseaba por la tele agarrado a su bastón, ejerciendo de intelectual, de escritor, pasándoselo bien. Sus charlas con Quintero fueron míticas. También sus risas. Otra vez, esa misma entrevista de 2013, y esta respuesta lúcida e irónica, como él mismo: «Siempre pienso que es el año último, pero se van prolongando los años y yo ya estoy harto, verdaderamente (…) Yo no le temo ni al dolor ni a la muerte. Llega la muerte, se pone ella y ya no soy yo. No me va a hacer mucho daño. Esta misma noche he estado a punto de morirme, y me hubiera gustado. Solo para que viniera usted y ya no me encontrara. Aunque solo fuese por eso».

Su epitafio, por cierto, lo tiene escrito desde hace mucho: «Murió vivo». Antonio Gala es un hedonista de noventa años.

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