Apología de la reconciliación entre españoles

«El abrazo», de Juan Genovés

HISTORIA

Apología de la reconciliación entre españoles

¿Memoria democrática? No existe. La memoria es ahistórica y antihistórica

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«No apta para irreconciliables». La leyenda, que figuraba en una revista italiana dedicada a la Guerra Civil española publicada a mediados de los años sesenta, reflejó a cabalidad la triste percepción contemporánea de una sociedad todavía dividida de manera irremediable treinta años después de su final. Quien la adquiriera y tuviera ideas extremistas, quedaba avisado. Seguro que se llevó un disgusto. Los radicales no encontrarían leyéndola lo que esperaban, una buena dosis de propaganda maniquea. El lector que, en cambio, quiso conocer lo que los historiadores profesionales habían investigado, pudo hacerlo.

Este episodio, acontecido hace medio siglo, resulta útil para explicar la diferencia entre memoria e Historia. La primera es una ficción retrospectiva inventada para ajustar un desacuerdo, una crisis o incluso sobrellevar una injusticia. No soluciona nada en el presente, pues trata única y exclusivamente del pasado. No del que aconteció, sino del que individuos y grupos hubieran querido tener. Blanco y negro, sin complicaciones. Todo el mundo gana en esa guerra de la memoria, porque, ¿quién querría figurar en el bando de los malos? La Historia es otra cosa. De lo que trata es del futuro y suele ser portadora de grandes y graves ambigüedades.

El pasado no es como nos gustaría imaginarlo. Todo resulta más complicado. Los abuelos de 1936, como los de ahora, pensaban unos y otros de manera muy diferente. La homogeneidad social no existía. Lo que se produjo entonces fue el colosal fracaso de una generación de españoles. Inmolada, en la inmensa mayoría de los casos, en nombre de un conflicto civil arcaico, infame, arbitrario e innecesario. En este sentido, como podemos observar con tristeza estos días, antes de que perecieran en los campos de batalla, mucho antes de que empezaran los disparos, ya habían fracasado las elites, incapaces de entenderse.

¿Memoria democrática? No existe, es imposible. La memoria es ahistórica y antihistórica: «Este es el pasado del que me acuerdo o quiero acordarme, pero si no le gusta le cuento otro». Por eso las dictaduras basan su propaganda en la memoria y se sienten tan cómodas con ella. El voluntarismo y el buenismo no la hacen menos tóxica para la convivencia. Solo la Historia puede ser democrática, porque explica la complejidad humana y los efectos de las responsabilidades individuales y colectivas. Esas pequeñas decisiones tomadas entonces, un chivatazo, un comentario, la cesión ante una presión insoportable. Víctimas y verdugos. Fue así, mas pudo ser de otro modo. La memoria genera irreconciliables. La Historia produce reconciliados.

En los años cincuenta del siglo pasado, héroes cívicos del bando de los vencidos y del bando de los vencedores se acercaron -corrieron un grave riesgo personal- y lograron, en Múnich, México, Bogotá y Nueva York, entender y entenderse sobre el futuro que deseaban «para los dos bandos». Ellos pusieron las semillas de la España de la Transición, cuyo lema fue la reconciliación. El deseo de paz, que Enrique Tierno Galván resumió en el preámbulo de la Constitución de 1978 como condición de una «sociedad democrática avanzada». Ponerla en juego ahora resulta peor que un desatino. Porque el que busca las dos Españas, las encuentra.

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