Arrebatador Guadagnino contra el fascismo de la belleza y genial Matt Dillon contra la desmemoria

Guadagnino está convencido de que<strong> la belleza es un concepto fascista.</strong> Cuando se le pregunta por la estetización de la imagen, detiene el gesto, engola…

Guadagnino está convencido de que la belleza es un concepto fascista. Cuando se le pregunta por la estetización de la imagen, detiene el gesto, engola ligeramente la voz y se declara violentamente en contra. No de todo, pero casi. «El cine y la belleza no son buenos compañeros. Es más, se oponen. El cine tiene que ver con la posibilidad de conocimiento. Vivimos esclavizados por las imágenes bonitas, supuestamente bellas… La belleza tal y como se comercializa hoy es un instrumento de opresión. Cuando oigo hablar de belleza absoluta o ‘grande bellezza’ me vienen a la mente las películas nazis de Leni Riefenstahl… El concepto de belleza, por concluir, es muy conservador… Es fascista». Y dicho esto, Guadagnino respira feliz ante la segura cara de asombro del interlocutor.

De repente, el Festival de San Sebastián se decidió por hacer hueco al director de ‘Call me by your name’ que también es presidente del jurado. Y lo hizo a lo grande. Se antoja raro que entre ‘Patria’ y ‘We are who we are’, así se llama la serie del italiano, en lo que llevamos de festival hayan sido proyectadas más horas de televisión (ocho por un lado y otras tantas por otro) que de cine si nos limitamos a la sección oficial a competición. Si esto es el futuro, vamos mal. Es cierto que se pudieron ver ‘Any crybabies around’?, del japonés Takuma Sato, y el notable y sorprendente debut como documentalista (en calidad de director de ficción se estrenó en 2002 con ‘La ciudad de los fantasmas’) del actor Matt Dillon y que responde al nombre de ‘El gran Fellove’. Pero sus presentaciones con sus respectivas fotos, ruedas de prensa y declaraciones fuera de lugar se trasladaron al día siguiente, el martes.

Sea como sea, lo más notable de ‘We are who we are’ es que no parece una serie. Es decir, pese a estar estructurada en episodios, emitirse en HBO y obedecer a un libro de estilo tallado en mármol, en realidad no hay argumento, ‘plot’ o hilo narrativo que seguir. No es tanto folletón decimonónico, como, digámoslo así, ballet postcontemporáneo. Lo que importa no es tanto el texto central como las innumerables notas a pie de página que inundan los márgenes. De hecho, durante buena parte del metraje, la sensación a la que se enfrenta el espectador es a la de asistir a un ritual (quizá aquelarre) con el espacio de representación desplazado. Todo discurre fuera de campo en el terreno difuso de los deseos de eso que el tiempo ha dado en llamar adolescencia.

En el extraño y anómalo espacio de una base militar norteamericana en Italia, un joven y una joven juegan a buscarse. No tanto entre ellos, como por dentro. Ella se viste de chico y él empieza a sentirse atraído por un compañero. La identidad sexual, la celebración de la rabia, el placer del caos y la evidencia de las hormonas son los únicos argumentos de una producción que juega a confundirse con lo narrado. También ‘We are who we are’ se extravía, duda, se interroga y finalmente se ofrece al espectador como un profundo, meditado y obsesivo ejercicio de cine. Era esto.

Fellove y Matt Dillon en una imagen de 'El gran Fellove'.
Fellove y Matt Dillon en una imagen de 'El gran Fellove'.

En los dos primeros capítulos, se narra la misma historia desde dos puntos de vista, el de él y el de ella; una perfecta introducción a todo lo que vendrá después. Por supuesto, lo que Guadagnino propone se parece bastante a un ensayo serial o dodecafónico de cine pendiente exclusivamente del gesto. No se trata tanto de una observación desimplicada, distante o abstracta, como enérgica, existencial u orgánica. Y así hasta el más exhaustivo y extenuante de los agotamientos. Abruma y entusiasma a partes iguales.

Se agradece sin duda la aproximación rota y siempre en vibración al objeto retratado. La cámara de Guadagnino, lejos del preciosismo de mucho de sus trabajos anteriores, quiere arrojar de sí el virtuosismo casi amoral de lo simplemente bello. Fuera filtros de Instagram. La idea es ofrecer una imagen de la adolescencia en crudo a la vez que se discuten los códigos de repetición que configuran buena parte de las series. La belleza reside en la capacidad para retratar con pasión y sin excusas asuntos tales como la duda, lo turbio, la desesperación, el miedo o, simplemente todo lo feo. Hemos llegado.

MATT DILLON DESCUBRIDOR DE MÚSICOS

Por lo demás, y a la espera de su paseo por las la alfombra del Kursaal, Matt Dillon sorprendió con un documental sobre una leyenda perdida de la música cubana en el que supuestamente lleva enfangado una vida entera. De repente, Francisco Fellove Valdez, cantante de scat, es ese hombre que todo al que todo mundo, educado o menos, no puede por menos que adorar. Aunque aún no lo sepa. ¿Se acuerda de ‘Searching for sugarman’? Pues por ahí va ‘El Gran Fellove’, así se llama.

La cinta, tan instructiva como deliciosamente divertida (signifique la cursilería precedente lo que signifique), repasa la vida del hombre que con sólo 16 años compuso ‘Mango mangue’, un lugar común en el jazz latino. Emigrado desde Cuba a México en los años 50, Fellove se convirtió en una estrella casi vanguardista tan admirada por sus colegas como querida por el público. Y así hasta que desapareció y volvió a ser reencontrado en los años 90 con 77 años cumplidos por, en efecto, Matt Dillon.

La película se estructura alrededor de la grabación de un nuevo disco todavía inédito (verá la luz, se dice al final, en 2021). En el estudio, el trompetista Alfredo ‘Chocolate’ Armenteros y una joven generación de músicos actuales rodean y abrigan a la leyenda que se esfuerza por revivir sus glorias. Y sobre este escenario colocado más o menos en el presente, ‘El gran Fellove’ recorre una vida entera con testimonios de viejos colegas como Chucho Valdez, Dandy Beltrán o su ‘enemigo’ y rival Melón; imágenes de archivo impagables, y la evidencia de que si no sabíamos hasta hoy nada de este hombre es hora de redimirse y remediar tanto vacío.

Lejos de la gravedad de ‘Buena Vista Social Club’, de Wim Wenders, la propuesta de Matt Dillon secundado por la mano maestra de su editor Jason Cacioppo se parece más a una película de intriga donde el villano es la propia ignorancia del espectador y el héroe es simplemente el que mejor baila. Eso o un melodrama de época en el que el galán es el que se sabe las canciones de amor. Eso o una película de mil catástrofes diminutas. Hay motivos para el entusiasmo y todos ellos cantan ‘Mango mangue’.

El martes lo explica todo aquí mismo el propio Dillon.


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