Artemisia, el primer MeeToo

Si fuera un combate de boxeo, sería de esos en que los púgiles se rompen mutuamente las cejas y la nariz, y la sangre salpica a los espectadores de primera fila; si se tratara de un juicio, sería de esos en que los políticos salen airosos a pesar de que su culpabilidad es manifiesta; si fuera una película, sería de esas con final ambiguo, en que las que no se pueda hablar de happy end, pero tampoco desgraciado. La protagonista sobrevive, pero el malo sale airoso.

Pero no es ni una pelea de boxeo, ni un juicio ni una película, sino una exposición de la National Gallery dedicada a Artemisia Gentileschi, pintora barroca, feminista primigenia que plantó cara por sí misma cuatrocientos años antes de que se hablara del fenómeno #MeToo. Y lo hizo con la palabra, pero sobre todo con su brocha, denunciando abusos y haciendo un llamamiento a la solidaridad.

Una pintora reconocida

Artemisia fue ampliamente reconocida en la Florencia del siglo XVII, en un mundo absolutamente dominado por hombres (aún más que el actual), y se ganó a pulso figurar en los libros junto a Frida Kahlo como una de las grandes mujeres artistas de todos los tiempos, heroína primigenia de su género, reivindicadora del empoderamiento de su sexo, descrita por un crítico británico como “la Beyoncé de la historia del arte”. Pero tras su muerte en Nápoles a mediados del XVII desapareció por completo del panorama, como si se la hubiera tragado la tierra. Otros contemporáneos, como Caravaggio, fueron reivindicados mucho antes. Ella no lo fue hasta la década de los setenta del siglo pasado. Hoy es una pintora de culto.

Judith beheading Holofernes, de Artemisia Gentileschi c. 1613-14
Judith beheading Holofernes, de Artemisia Gentileschi c. 1613-14 (Artemisia Gentileschi / Galería de los Uffizi)

El mundo ha cambiado mucho desde los tiempos de Artemisia, y mayoritariamente para mejor. Sigue habiendo torturas, pero no se le aplican al defendido en un juicio. como fue su caso, cuando acusó a su tutor y discípulo de su padre (también pintor) de haberla violado, y, para demostrar que decía la verdad aceptó que se le aplicara un procedimiento muy doloroso en el que se ataban los dedos de la mano con unas cuerdas y se hacía presión sobre ellos. É vero, é vero, é vero, é vero…, gritó desesperada. El juez la creyó, y condenó a su abusador a escoger entre cinco años de trabajos forzosos o marcharse de Roma. Eligió esto último, sabiendo que no tendría que cumplir la sentencia. Hacía trabajos para los papas y gozaba de su protección. En ese sentido, nada muy distinto de lo que ocurre hoy en las esferas del poder.

La venganza de Artemisa

La venganza de Artemisia fue con su pincel. Tuvo que casarse con alguien encontrado de urgencia para que salvara su honor , y fue ella la que abandonó Roma y se estableció en Florencia, donde adquirió notable reconocimiento, algo extraordinario por aquel entonces para una mujer, y más aún para una mujer que se había rebelado contra el establishment. Tuvo cinco hijos, de los cuales cuatro fallecieron, y una vida amorosa turbulenta, muriendo en Nápoles en torno al año 1564.

'Susana y los viejos', pintado por Artemisia Gentileschi en 1610
‘Susana y los viejos’, pintado por Artemisia Gentileschi en 1610 (Artemisia Gentileschi / The National Gallery)

Lo que sí se sabe y ha quedado de ella son unos excelentes autorretratos (como mártir, como alegoría de la pintura, como Santa Catalina de Alejandría, este último una reciente adquisición del museo londinense), en los que parecería que es Freud por la manera en que se analiza a sí misma. Y una interpretación de escenas bíblicas que muchos coetáneos también pintaron, pero realizadas desde la perspectiva de una mujer violada que no encontró justicia y su agresor siguió en la calle. La National Gallery ha reunido una treintena de ellas, algunas de coleccionistas privados, como Susana y los viejos, Judith y su sirvienta y las dos versiones que hizo de Judith decapitando a Holofernes. En la primera, poco después de su juicio, es como si volcara toda su rabia en el rey asirio, le corta la cabeza con saña, y el espectador siente casi como si los borbotones de sangre le golpearan. La segunda, pasado algún tiempo, es más serena, pero igual de brutal en su frialdad, pone la carne de gallina. En Lucrecia, otra de sus obras maestras, da su visión de la noble romana que sintiéndose deshonrada optó por quitarse la vida. Su moribunda Cleopatra escandalizó a quines estaban acostumbrados a verlas através del ojo de Tiziano.

Como Frida Kahlo, Louise Bourgeois o Tracey Emin, las obras de Artemisia son autobiográficas, pero a la manera barroca. La suya es una historia de la víctima convertida en superviviente, como una película de Scorsese rodada en el siglo XVII, la epopeya de una chica que se abre camino en un mundo de hombres. De los 2300 artistas representados en la National Gallery, sólo veintitrés, justamente un uno por ciento, son mujeres. La Gentileschi es una de ellas.

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