Arturo Pérez-Reverte, corresponsal en la batalla del Ebro

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La maestría literaria, y responsabilidad para con su obra, de Arturo Pérez-Reverte no sólo no decae sino que va creciendo conforme pasan los años. También va en aumento el sentido humano de su mirada hacia la Historia de España. Desmontó en su novela anterior, Sidi, el gran mito originario de una épica ideológica, para sustituirlo por la historia posible de un capitán de soldados preocupado por la paga de su tropa. Ahora, camina en la misma dirección, pero afrontando el que quizá sea el gran tema de nuestro tiempo (no solo literario): la guerra que enfrento en 1936-1939 a unos españoles contra otros, cuyas cenizas todavía brasean la vida española.

Ha sido empeño de centenares de novelistas, casi un millar de títulos en treinta años, según los catálogos de la hispanista canadiense Maryse Bertrand, pero muy pocos serán recordados dentro de unos años. Esta novela, lo adelanto, será recordada, como lo son las grandes dedicadas al tema muy distintas entre sí: tengo presentes los nombres de Arturo Barea, de Max Aub, y de Chaves Nogales. La de Pérez-Reverte está a la altura de ellas, y además es distinta (aunque quizá la más próxima a la suya sea la mirada de Chaves Nogales en el frente de la Ciudad Universitaria). La gran diferencia entre Línea de fuego y estas otras excelentes narraciones quizá se geste en esa gran joya titulada Un día de cólera que no estuvo dedicada a la Guerra de la Independencia, sino a la lucha contra los franceses que durante dieciocho horas del día 2 de Mayo de 1808 libraron gentes no conocidas (reales) del pueblo madrileño en muy pocas de sus calles.

El horror y la piedad, la sinrazón y el heroísmo, necesitaban de un gran novelista

Si me refiero a Un día de cólera, que considero obra maestra anterior de Pérez-Reverte, es porque ilumina mucho Línea de fuego. En primer lugar, por el foco reducido: no es la Guerra Civil, sino los soldados que en ella batallaron, es decir una novela sobre trincheras y calles concretas, de vida y destino concretos. El tema son las refriegas en un lugar reducido entre Mequinenza y Fayón, en un imaginario pueblecito denominado Castellets del Segre. A esa unidad de lugar se corresponde una igualmente reducida unidad de tiempo, apenas diez días desde el comienzo de los tiros hasta la derrota de los dos escuadrones republicanos, tanto el regular como el de los brigadistas internacionales que acudieron en su ayuda.

Páginas magistrales

De manera que hay una poética de abandono de los grandes frisos guerreros a lo Guerra y paz, y se adopta más bien el modo ensayado por las magistrales paginas iniciales de La Cartuja de Parma. Waterloo es eso, un Fabrizio del Dongo que no sabe por dónde puede venir el disparo que quizá lo mate. Ha querido el azar que coincida Línea de fuego con la publicación de la versión no censurada de Stalingrado, libro en el que Vasili Grossman adopta esa mirada a ras de trinchera de la gran batalla que definió el destino de Europa.

La 46 división republicana en la ofensiva del Ebro

Porque además de novelistas fueron periodistas. Es importante saber que Pérez-Reverte ha cubierto guerras civiles en África, Centroamérica y la última, la de Bosnia. Y esa mirada de registro puntual del reportero tiñe esta novela de razón estilística diferenciada respecto a otras de creadores que escribieron sin conocer lo que es un frente de batalla, sin haber visto cuerpos desangrándose o bien sin haber asistido al mismo tiempo a lo más grandioso de la condición humana (generosidad, entrega, sacrificio) y a lo mas ruin (asesinatos por la espalda o crueldades). Hay una memorable escena que define la grandeza del corazón, que es la del parto sobrevenido a una lugareña, en plena lucha al otro lado de la calle; piden auxilio los fascistas, permiten los rojos que pasen para ser auxiliada porque hay un enfermero en sus filas, y todos asisten conmovidos y gritan al unísono de júbilo cuando suena el llanto del bebé. Todos han pensado en su propia madre, en ellos mismos al nacer, y lo han pensado igual los jóvenes de los dos bandos.

Cuando me he referido a las unidades literarias de lugar y de tiempo dejé fuera un elemento narrativo que considero crucial en la fortuna de la novela. Es un elemento definitorio que cualquier artista narrativo debe elegir el primero, se trata de la voz y la temporalidad. Al haber elegido el registro en presente de una voz innominada, es decir como si fuese testigo o cámara, permite que el lector vea sucederse las cosas como si estuvieran ocurriendo en ese momento y lugar. Eso implica también otro acierto literario: los juicios son de los personajes, es decir se deja que sean el centenar de personajes los que vayan diciendo desengaños, ilusiones, fatigas y miedos.

La mirada de un Pérez-Reverte reportero tiñe la razón estilística de esta novela

No le pertenecen al narrador, les pertenecen a ellos. Y esa poética de la vivencia es fundamental para que el lector sienta cada destino como verdadero. Algunos hay históricos (como los corresponsales de guerra internacionales a los que homenajea) y otros inventados, pero todos responden al mismo patrón de figuras que viven y mueren, piensan y sufren igual, en ambos bandos. Esa mirada que se mete lo mismo en el Tercio de la Legión, o en la Brigada republicana, que sufre la crueldad de Ricardo el Ruso en un bando y del teniente Zarallón en el otro, que tiene generosidades como la entrañable del moro Suleimán para con el excelente sanchopancesco Ginés Gorguel, quien intenta una y otra vez en pasar al otro bando porque es de Albacete y la mili en Sevilla le pillo con los nacionales cuando su familia vive en zona roja. Hechos fortuitos. Esta la eficacia de haber puesto a una columna de requetés catalanes que luchan con Franco, pero no por Franco, sino por la Virgen de Montserrat y el orden católico catalán.

Me parece un acierto de gran rendimiento novelístico haber creado el grupo de mujeres que asisten las líneas telefónicas. Permite diálogos hombre-mujer hondos como en otras novelas revertianas; el capitán Bascuñana y Pato Monzón se aproximan en interés y seducción, que no se lleva a más, pero que permite que aflore la lucidez del capitán, desengañado ya del inicial idealismo que todavía alienta la joven de veintitrés años, quien, sin embargo, va poco a poco viendo quebrarse su fe, como la del brigadier Gambo, como la de tantos en un último tercio de la novela que es espejo de la derrota, y honda reflexión sobre la idea de carne de cañón para esas tropas; lo fueron realmente, no es una metonimia.

Truncado

La mirada de Pérez-Reverte la adivina el lector tras Bascuñana, pero es menos importante lo que piense él, que traducir como ha hecho la diferencia existente entre el discurso oficial de una Guerra, y la vivencia particular de sus muertes y esperanzas truncadas. Como ocurrió con la del Somme en la Gran Guerra la batalla del Ebro, fue emblemática de la nuestra. Allí ha recalado Pérez-Reverte con la cámara de sus ojos y calidad de su escritura para decirnos que el horror y la piedad, la sinrazón y el heroísmo no son ideas, son vida y cuerpos, que necesitaban de un gran novelista que supiera contarlos.

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