Arturo Pérez-Reverte: "La mujer fue la gran perdedora de la Guerra Civil"

El académico novela 10 días de la Batalla del Ebro en ‘Línea de fuego’, en la que en 670 páginas muestra el horror en las…

Cansancio, mutilaciones, muerte a bayonetazos, sed, falta de ideología, muchachos de 17 y 18 años reclutados a la fuerza, la crueldad de la trinchera. Comunistas, requetés, socialistas, legionarios. Arturo Pérez-Reverte muestra en las 670 páginas de Línea de fuego (Alfaguara) todo lo que ha escuchado y leído sobre la Guerra Civil española y además ha incluido su experiencia personal en las 18 guerras que ha cubierto como periodista, siete de ellas civiles.

«La Guerra Civil la han reabierto. Quienes la hicieron quisieron cerrarla por razones distintas. Estaba cerrada, era Historia. Pero cuando no hay base intelectual, las tendencias bastardas de las generaciones políticas actuales utilizan lo simplón, lo blanco y negro, recurren a lo maniqueo. Los políticos hablan de ella con irresponsabilidad, con alegría, ¡cómo se atreven!», ha dicho el novelista y académico de la Lengua en la presentación del libro ante decenas de periodistas.

No hay testimonios, agregó, de que hubiera mujeres que cruzaran el Ebro en aquella batalla, pero Pérez-Revete las incluye. Las de esta novela «son mujeres formadas, disciplinadas, serias, no las libertarias de Vicente Aranda. La mujer fue la gran perdedora de esta guerra. En tres años retrocedieron un siglo. De ser libre pasó a ser esclava, a ser sumisa de los maridos, de los biempensantes».

El libro, con una tirada inicial de 150.000 ejemplares en España y 50.00 en América Latina, pretende «llevar de la mano al lector a la basura, al barro», según el autor. Que sienta «con qué facilidad se echaba carne al matadero». Y ha hecho hincapié en los chavales que con 17 años, llorando, eran acompañados por su madre para que les alistaran «con un bocadillo en la mano. Algunos llevaban pantalones largos por primera vez. Con 15 o 16 años no hay diferencia ideológica, da igual que seas comunista o falangista, tienen el mismo miedo».

Pérez-Reverte cree que su novela levantará ampollas. Y poniendo la venda antes de la herida, advierte: «No pretendo limar asperezas, sólo soy un novelista, el mundo que lo arreglen los políticos o las ONG. A los que utilizan la guerra como arma ideológica no les gustará. Ni a los ‘hunos’ ni a los ‘hotros'», dijo guiñando un ojo a Unamuno.

¿Por qué la Batalla del Ebro? Porque en ella murieron, en 1938, 120.000 personas en tres meses y medio. «Fue la más violenta», cuando los ánimos no eran los mismos.

«Quería que el lector estuviera en la trinchera, que sintiera miedo, que le salpicara la sangre, que resbalara con los casquillos de las balas». El libro es un relato frío, descarnado, pero también posee humor y con toques muy humanos. Muy Reverte. Hay urgencia, dramatismo, se ‘escucha’ el silbido de las balas y se ‘ve’ cómo se derrumban casas de un pueblo ficticio, Castelles del Segre. en la carretera que une Mequinenza y Fayón (Zaragoza). Desfilan personajes como el que colecciona «en un bote de vidrio con alcohol varias orejas de rojos muertos», un soldado que intenta huir una y otra vez, el capitán que se afeita con vino, cómo se «tratan las heridas con vino» y se utiliza corcho de tapones quemados para tapar las heridas, «fogatas hechas con astillas de féretros, «latas de sardinas abiertas con las bayonetas» y se usa su aceite para engrasar las armas. Patricia Monzón es una de las protagonistas de la novela, que forma parte de la sección de Transmisiones, integrada sólo por mujeres. O dos dinamiteros amigos de Murcia. O Santiago Pardeiro, alférez de la Legión, con apenas 19 años.

Arturo Pérez-Reverte recalca: «No es un libro de Historia, es una novela en la que pretendo acercar los testimonios humanos» en personajes como el capitán Juan Bascuñana, «un personaje muy revertiano, un héroe cansado, que es cuestionado por los comisarios políticos, algunos de ellos muertos de un tiro por la espalda.

«En la guerra perdieron todos, menos los nazis. Perdieron los españoles, los brigadistas, los italianos. No quiero que los jóvenes compren discursos falsos» que han construido «los ignorantes». Y Pérez-Reverte resalta el prólogo de A sangre y fuego de Chaves Nogales, que «debiera enseñarse en los institutos», y las grandes novelas que sobre la guerra escribieron García Serrano, Agustín de Foxá (por un bando) y Max Aub, Ramón J. Sender y Arturo Barea (por el otro). «¡Cuánto talento se perdió, cuánto valor, cuánto coraje, cuantos maestros, arquitectos, políticos se perdieron en aquella sangría. Es desolador».


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