Así fue cómo «El Indiana Jones del arte» recuperó «los caballos de Hitler» desaparecidos durante 70 años

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La vida laboral del detective de arte Arthur Brand tiene dos patas. La más alimentaria es la de trabajar tanto para ricos coleccionistas como para prestigiosos museos cuando les roban. Pero, como contaba a ABC, eso solo supone el 30% de su tiempo. El resto lo dedica a ayudar a familias judías, víctimas del Holocausto y expoliadas por los nazis, para recuperar su patrimonio. Es el último de los «Monument Men» de Roosvelt, más conocido como «el Indiana Jones del arte».

Desde su centro de operaciones en Holanda y bajo la más estricta confidencialidad, Brand mantiene viva una batalla cultural y legal contra el Tercer Reich. «Hay gente que dice ya han pasado 70 años, que basta ya, y llegan a sonar razonables, pero no podemos olvidar que esas familias no han tenido nunca hasta ahora oportunidad real de recuperar lo que era suyo. Hasta hace apenas cinco años, nadie los escuchaba», contaba en 2017 a este periódico.

Uno de sus casos más míticos fue la recuperación de los caballos de bronce que decoraban la entrada a la Cancillería de Hitler, que localizó en 2015 haciéndose pasar por el asesor de un comprador. Esta rocambolesca historia, cuyo desenlace ya conocemos, ha sido relatada con absoluto detalle al estilo de John Le Carré en un nuevo libro, cuyo título, cómo no, es «Hitler´s Horses» (Los caballos de Hitler; estará disponible a partir del 4 de febrero en Amazon).

«En la oficina me llaman Don Quijote, porque paso demasiado tiempo como detective de arte en persecuciones inútiles. Y mi último proyecto, tengo que admitirlo, tenía todas las papeletas. Realmente no tenía idea de en qué me estaba metiendo», leemos en el adelanto en dos partes que ha publicado «The Daily Mail». Y no le falta acierto en esta descripción, puesto que Brand acabó arrastrado a un submundo oculto con neonazis, agentes de la Stasi y marchantes de arte corruptos.

«¡En color! Tenía que ser una foto reciente»

«Todo comenzó con una llamada telefónica en 2014 de Michel van Rijn, elemento importante en el mundo del arte criminal», cuenta el detective-escritor en el «The Daily Mail». «Cuando llegué, se tiró de la barba y me miró fijamente. «Supongamos que aparece alguna obra de arte sensacional», dijo. “Algo que nadie buscaba porque todo el mundo pensaba que había sido destruido en la guerra».

Las «Schreitende Pferde» (Caballos en movimiento) eran dos estatuas monumentales de bronce de varios metros de altura creadas por el escultor favorito de Adolf Hitler, Josef Thorak, y elegidas para ubicarse frente a la sede palaciega de la Cancillería del führer. Para los simpatizantes nazis, estos equinos tienen un estatus casi religioso. Es más, cuando el Führer descendió al búnker donde se suicidó, esos caballos fueron casi lo último que vio, explica el propio Brand, que sabía, sin embargo, que aquellas esculturas habían sido por fuerza destrozadas por la artillería rusa en abril de 1945. Pero también en su reunión con van Rijn algo cambió con la última diapositiva: «Esta vez en color, mostraba los dos colosales caballos de bronce. Salté del sofá. ¡En color! Tenía que ser una foto reciente».

Inicialmente, el detective valoró la propuesta como falsa. Aunque, tras varios análisis, consideró que alguien habría replicado a tamaño completo una de las miniaturas de 40 cm de esa misma obra regaladas por Thorak a los jerarcas nazis, ya que, como hemos comentado, los originales tenían que estar destruidos. Pero nada más lejos.

La historia, con su alta dosis de enrevesamiento y peculiares personajes, nos lleva por fin hasta el verdadero intermediario con la persona que escondía los caballos. «Este no es un negocio de coches de segunda mano. Si lo estropeamos, terminaremos en la cárcel o en el fondo de un lago», dijo el tal Steven, el hombre que iba a posibilitar el inesperado negocio de las «Schreitende Pferde» (Caballos en movimiento).

En este relato clandestino, Brand descubre, de paso, un entramado de ventas ultrasecretas a coleccionistas ricos occidentales y que habían sido aprobadas por Rusia para traer una lluvia de divisas a aquel país (si alguien hubiera hecho público este comercio ilícito, imaginen el escándalo). Por cierto, el precio que negoció el detective, en calidad de intermediario de un supuesto ricachón ficticio, fue comprar las esculturas por 8 millones de euros.

Cuando todo esto salió a la luz en 2015, el descubrimiento de los caballos de Hitler fue noticia en todo el mundo. Además, la policía había encontrado dos estatuas de Breker y dos de Fritz Klimsch. Casi de inmediato, se generó un debate sobre qué hacer con las esculturas: si exhibirlas, guardarlas o incluso destruirlas.

Al final, el Gobierno alemán decidió que deberían mostrarse. Y respecto a Brand, que temía por su reputación, nada más lejos. Las familias judías, que le pedían ayuda, estaban encantadas de que hubiera engañado a algunos nazis. Y los neonazis, por el otro lado, estaba emocionados por la repentina reaparición de las esculturas favoritas del Führer así «que se olvidaron por completo de amenazarme».

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https://www.abc.es/cultura/abci-como-indiana-jones-arte-recupero-caballos-hitler-desaparecidos-durante-70-anos-202101251948_noticia.html

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