Barcelona, de perdidos al arte

¿Quién es el artista barcelonés más reconocido internacionalmente, además de ser muy apreciado en su propia ciudad? ¿Cuál es una de sus esculturas más relevantes? ¿Dónde se sitúa el centro de la Barcelona moderna? La combinación de las respuestas a estas tres preguntas da como resultado el post que el artista local Santi Moix colgó hace unas semanas en la red social Instagram: un impactante montaje fotográfico en el que el monolito de la plaza del Cinc d’Oros, en Diagonal con paseo de Gràcia, es sustituido por Dona i Ocell, la escultura de Miró que en 1983 fue instalada en el Parc de l’Escorxador.

La publicación en este diario del montaje generó un vivo debate. Partidarios de dar mayor realce a la escultura trasladándola a un emplazamiento tan simbólico polemizaban con vecinos del Escorxador que no estaban dispuestos a ver partir el icono de su barrio. Por un momento, la ciudad reincidía en sus estimulantes controversias culturales de otros tiempos.

Moix, que está afincado en Nueva York, planteaba el traslado de la obra e Miró como un gesto para cambiar el estado de ánimo de la gente, como un acicate para generar optimismo inspirado en la luminosidad mediterránea de la propia ciudad.

El impacto emocional del arte en la vía pública es un estímulo muy poco utilizado en la Barcelona de los últimos lustros. La llegada casi accidental de la Carmela de Jaume Plensa a su ubicación junto al Palau de la Música es tal vez el último ejemplo de una escultura que la ciudad ha hecho suya, generando un cierto sentido de pertenencia. Muy lejos queda ya –han pasado 30 años– el revulsivo que supuso el plan de esculturas impulsado por Narcís Serra y rematado por Pasqual Maragall, con nombres como Claes Oldenburg, Richard Serra o Roy Lichtenstein. Unas obras, por cierto, que merecen ser revisitadas y puestas en valor entre unas generaciones que al nacer ya se las encontraron puestas.

Un documental de Barcelona Global elabora una hoja de ruta para la ciudad

El arte y el conjunto de las manifestaciones culturales son un potencial revulsivo y una luz encendida en una ciudad que va a arrastrar durante un tiempo un importante lastre reputacional por la crisis de la Covid-19. Sin llegar a la situación extrema de Madrid –una metrópolis que en términos de prestigio va a pagar como pocas en el mundo la gestión calamitosa de la pandemia– Barcelona necesita emitir cuanto antes señales de vida.

Y no le faltan argumentos para ello. La asociación Barcelona Global acaba de estrenar un documental coproducido con Mediapro y dirigido por Joan Úbeda –Barcelona 2050, reptes urgents per a un futur sostenible– en el que se enumera una abrumadora relación de potenciales proyectos de ciudad que merecerían amplia difusión internacional.

Las ciudades se van a ver obligadas a trabajar en varios frentes: la lucha contra la pandemia en el terreno sanitario; la atención a la emergencia social; las correcciones para adaptar el urbanismo a la nueva situación y, no menos importante, el impulso de proyectos de futuro que eleven la autoestima de la ciudadanía y que permitan volver a atraer turismo, capital y talento lo antes posible.

En la película de Barcelona Global se suceden las referencias a las iniciativas pendientes: el desarrollo de áreas con tanto potencial como la Zona Franca, el Bon Pastor, las Tres Xemeneies de Sant Adrià o la Sagrera; el impulso del potencial tecnológico y cultural; el reto de la construcción metropolitana… Son ideas aportadas por representantes de la sociedad civil y que tienen en las administraciones a un destinatario implícito.

El término propaganda, tan corrompido por las tiranías del siglo XX, define bien la necesidad de promocionarse de las ciudades de hoy, condenadas a librar entre ellas una competencia feroz. Ante la falta de dinero para afrontar grandes retos se impone recurrir a la imaginación, pero también al autoconvencimiento. Identificar oportunidades, seleccionarlas y darles forma. Sin renunciar a ideas como el cambio de muebles que plantea Santi Moix con su audaz fotomontaje. Hay tesoros ocultos susceptibles de ser desenterrados y exhibidos en lugares más frecuentados, como esos formidables Mistos de Oldenburg que languidecen en una tierra que ha acabado siendo de nadie.

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