Barcelona y el reto de ser una ciudad capital

Parecía que el convenio que establece que Barcelona es cocapital cultural y científica de España se lo había llevado por delante la pandemia, como a tantas otras cosas. Pero acaba de reaparecer, contenido en dos partidas del proyecto de presupuestos generales del Estado para el 2021.

Así, las cuentas de PSOE y Unidas Podemos para el próximo año contemplan que Barcelona reciba 20 millones de euros por este concepto, es decir, por tener instituciones y generar actividades del ámbito de la cultura y de la ciencia que trascienden el marco municipal y que benefician al resto del país.

De salir adelante los presupuestos, Barcelona recuperará, una década después, un estatus que durante el mandato de Jordi Hereu como alcalde permitió a la ciudad ingresar una veintena de millones al año por el mismo concepto. Aquel convenio decayó cuando Hereu fue sustituido por Xavier Trias en el Ayuntamiento y José Luis Rodríguez Zapatero por Mariano Rajoy en la Moncloa.

Hubo un intento infructuoso de reactivarlo. Fue en el 2017, cuando el entonces teniente de alcalde de Cultura, el socialista Jaume Collboni, reclamó al gobierno de Mariano Rajoy que reestableciera la cocapitalidad barcelonesa. Tras meses de silencio, llegó una respuesta sorprendente del ministerio de Cultura: se aceptaba el reconocimiento de la ciudad como capital, pero sin dotación económica. El Ayuntamiento ni siquiera valoró lo que parecía una mera operación propagandística.

La cocapitalidad es una invitación a recuperar el prestigio en el resto de España

En las últimas semanas, tanto la alcaldesa, Ada Colau, como Collboni han elevado la presión sobre el ministro, José Manuel Rodríguez Uribes, a quien reiteraban en cada visita a Barcelona que este tema era estratégico para la ciudad. Obviamente, contaban con el aval del acuerdo suscrito por la propia Colau con el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El actual teniente de alcalde de Cultura, Joan Subirats, prevé destinar el dinero a instituciones culturales como el Museu Picasso, la Fundació Miró, el Macba o el Festival Grec, aunque aún es pronto para dar nada por hecho.

Y, en el ámbito científico, reforzar las bienales de pensamiento y ciencia, impulsar la política de becas en las que participa la corporación y habilitar un centro de divulgación científica en el edificio anexo a la casa de Muñoz Ramonet, en la calle Muntaner.

En este contexto, también es la intención del Ayuntamiento potenciar la colaboración entre el arte y la ciencia, impulsando proyectos como los de Hangar, L’Escocesa o Fabra i Coats.

La Fundació Miró es uno de los equipamientos susceptibles de recibir ayudas por la cocapitlidad / ÀLEX GARCIA
La Fundació Miró es uno de los equipamientos susceptibles de recibir ayudas por la cocapitlidad / ÀLEX GARCIA

Además de estos 20 millones vinculados estrictamente al convenio de cocapitalidad, hay una veintena más destinados a los diferentes equipamientos culturales y científicos de la ciudad que también dependen del trámite presupuestario.

Por ello, Subirats emplazó ayer a los grupos parlamentarios a dar luz verde a unas cuentas que considera vitales para consolidar incrementos de aportaciones como las que recibirán el Barcelona Supercomputing Center, el Liceu o la Fundació Miró.

La aportación por cocapitalidad compensará de alguna manera el esfuerzo extra que realiza el Ayuntamiento para sostener el tejido cultural, ya que es, con mucho, la administración que invierte una mayor parte de su presupuesto en el área de cultura.

Pero, más allá de la cifra de 20 millones de euros, lo que establece también el convenio es un nuevo marco mental para una ciudad que en los últimos años ha tenido serias dificultades para definirse.

La cocapitalidad es una invitación a recuperar el prestigio en el resto de España

Desde que se agudizó el conflicto político entre Catalunya y España, Barcelona ha dejado de ser una referencia cultural de primer nivel para mucha gente del resto de España. En el marco del proceso independentista, la capital catalana perdió foco como la ciudad a donde había que ir para asistir a conciertos o a exposiciones, mientras que Madrid aumentaba su cuota en ese mercado interior cultural.

El auge de ciudades con una decidida apuesta por la cultura, como Málaga, Bilbao o València también contribuyó a devaluar la proyección de una Barcelona que, sin embargo –al menos hasta que se declaró la pandemia– nunca dejó de tener atractivo para el visitante extranjero.

Esta nueva cocapitalidad, entendida más como un nuevo marco simbólico que como una mera transferencia económica por parte del Estado, debería incentivar esa reconquista del prestigio perdido.

Argumentos no le faltan a Barcelona, que en los últimos años ha acentuado su perfil de ciudad innovadora. En el muy comentado informe del valenciano Ivie titulado Madrid, capitalidad, economía del conocimiento y competencia fiscal, la innovación es uno de los pocos ámbitos en los que la capital catalana sigue mejor posicionada que Madrid.

Al mismo tiempo, la ciudad en su conjunto debería replantearse su gestión de las capitalidades una vez que las ha conseguido, a veces después de superar arduos procesos de selección. El ejemplo más relevante de capitalidad devaluada es la de la Unión por el Mediterráneo, que languidece en su refugio dorado de Pedralbes. Pero hay más: el reconocimiento como ciudad literaria de la Unesco no acaba de despegar. Y está por ver cuál va a ser el desarrollo de un instrumento tan prometedor –y adecuado a los nuevos tiempos– como es la capitalidad de la movilidad urbana, ganada hace dos años en un competido proceso.

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