'Beginning', la película que quedará del festival de San Sebastián 2020

La directora georgiana Dea Kulumbegashvili presenta su candidatura a la Concha de Oro a la vez que Colin Firth y Stanley Tucci protagonizan una rutinaria…

La moda, en el análisis pionero de George Simmel, sirve tanto para diferenciar un grupo de sus rivales sociales, económicos o de clase, como para cohesionar a los iguales. Separa tanto como unifica. Pero quizá lo más interesante del análisis ‘simmeliano’ hace referencia a lo que las tendencias tienen de máscara. Acatar las normas dictadas por el común, nos dice el sentido de lo evidente, anula la individualidad y el ejercicio libre del pensamiento, pero también, y esto es lo relevante, ofrece la opción de ocultarse tras las reglas para no distraerse en estupideces y concentrarse de este modo «en lo que es íntimo y esencial». Y así.

‘Beginning’, de la directora georgiana Dea Kulumbegashvili, es esa película tan querida en los festivales que concentra por igual entusiasmos y recelos. Digamos que existe para estar de moda: une y separa a la vez. Desde una mirada distante, quizá exterior, todo en ella resulta demasiado impecable, excesivamente magnético, avasallador sin duda. Subyugante incluso con uno de los finales más enigmáticos y poderosos contemplado en mucho tiempo.

Su estudiada perfección formal invita sin embargo a la suspicacia. Un espectador conspicuo (no digamos crítico o cinéfilo triste) no se rinde tan fácilmente. Pero a poco que se acepten las reglas propuestas por la película sin necesariamente darse por ofendido; si se asume que todo director (en este caso directora) tiene derecho a una máscara (y aquí la reflexión de Simmel); entonces, no queda más que rendirse a lo obvio. ‘Beginning’ es la película más provocadoramente original y con vocación a una voz propia que ha pasado por este Festival de San Sebastián. Es más, será la película que quede. Tal cual.

Una escena de 'Beginning', de Dea Kulumbegashvili.
Una escena de 'Beginning', de Dea Kulumbegashvili.

La cinta cuenta la historia de Yana (la actriz Ia Sukhitashvili), una mujer acosada desde todos los frentes. Ella es la esposa del líder de la comunidad de Testigos de Jehová en un pueblo perdido entre montañas, ríos e infinitos prejuicios. En la primera escena cerca de la convulsión, la iglesia (o lo que sea) en la que se celebra una ceremonia es atacada con fuego por alguien que, a falta de mejor definición, se puede llamar extremista. Todo el relato gira alrededor de ella como mujer despreciada, utilizada, ignorada y finalmente tratada con esa condescendencia que tan mal se distingue del insulto. En realidad, todo discurre por dentro. La violencia es exhibida con una parsimonia, tranquilidad y elegancia que lejos de naturalizarla o convertirla en espectáculo, la desvela en todo lo que tiene de íntimo, esencial, común y compartido.

Es imposible no trazar líneas de contacto entre la propuesta de la directora georgiana debutante Dea Kulumbegashvili y el cine, por ejemplo, del mexicano Carlos Reygadas, que no en balde figura como productor. Se puede discutir el excesivo esmero (o incluso exhibicionismo virtuoso) en cuadrarlo todo. Abruma ligeramente el rigor algo ingenuo y terriblemente voraz de hacer coincidir en la misma línea de razonamiento el esquema opresivo y discriminatorio de instituciones sociales, llamémoslas así, como la maternidad, el matrimonio, el estado y la religión. Pero lo que queda a salvo, es la claridad de una película que se atreve a rastrear soluciones exclusivamente cinematográficas, no discursivas o literarias, a un argumento que es a la vez provocación y evidencia.

De la mano de una descomunal actriz protagonista, Dea (por lo visto en Georgia la forma educada de referirse a una persona es por el nombre no por el apellido) acierta a rastrear en lo más crudo de lo que nunca se cuenta: esa otra parte que no tiene que ver tanto con la humillación de la mujer como un accidente corregible de la historia, sino con la propia estructura de una sociedad que ha depositado en precisamente esa humillación su propia razón de ser. Y eso vale para todos sus niveles: desde la cotidianidad más banal a la propia raíz de la teología. Suena tremendo y, en efecto, lo es.

‘Beginning’ es cine que subyuga con la misma fuerza que pone alerta. Es cine para la interrogación, la investigación y hasta la duda. Es cine, que en su apariencia sonámbula y magnética, aspira a todo, empezando por la Concha de Oro. Sí, es la película de moda, pero, como ya aventuró Simmerl, la moda como máscara no es necesariamente sinónimo de futil o perecedero. Dea llega para quedarse.

Stanley Tucci y Colin Firth en 'Supernova'.
Stanley Tucci y Colin Firth en 'Supernova'.

El melodrama y el cliché

En realidad, y mucho antes de que ‘Beginning’ tomara el protagonismo, la jornada estaba originalmente dedicada a ‘Supernova’, la segunda película del también actor Harry Macqueen. Con Colin Firth y Stanley Tucci en el reparto y con una historia alrededor de la muerte, el amor y el Alzheimer, el cine llamado de prestigio tiene aquí su particular Tourmalet. El resultado (no queda claro si en cambio o en consonancia) descorazona bastante.

Macqueen más que contar una historia deja que se la cuenten a él. Toda la cinta, desde la presentación de los personajes a la estructura en forma de viaje pasando por el desenlace tremendo, se limita a hilvanar lugares comunes, clichés y gestos de actor excelente. Ya desde el principio, el dibujo de la pareja protagonista como dos homosexuales (uno es escritor y el otro pianista) refinadísimos, cultísimos y muy cínicos más parece una parodia de lo que deben de ser las obras de fin de curso todos los años en Oxford. Hay un momento en el que, delante de un grupo de familiares y amigos, Firth lee la carta de despedida de Tucci que se diría una escena escrita por una aplicación.

Bien es cierto que la película ofrece exactamente lo que promete. Tiene claro lo que quiere contar y a ello se aferra con una fe entre ciega y sólo insensata. Firth y Tucci no hacen más que lo que saben hacer con la solvencia y brillantez de siempre. Y si no dan un sólo paso fuera del límite de exigencia no es culpa suya. Quizá de los representantes respectivos. Sea como sea, nadie está a salvo de un día tonto, blando o emotivo. ¡Pero si Firth toca el piano al final y todo!

Por último, la sección oficial programó ‘Nosotros nunca moriremos’, del argentino Eduardo Crespo, y volvimos a respirar. Se trata de contar el periodo de duelo al que se enfrentan una madre y su hijo menor ante la muerte del mayor, hijo y hermano respectivamente. El director se las arregla para que nada ocurra salvo un dolor tan delicadamente intenso (o intensamente delicado, como se quiera) cuyo único fin es suspender la mirada del espectador en un espacio y un tiempo sin espacio ni tiempo. Parece contradictorio y en realidad es sólo melancolía.

La película avanza únicamente pendiente de su claridad, de su empeño en recrear ese momento por fuerza extraño (la muerte de un ser querido) en el que todo pierde sentido para, acto seguido, recuperarlo, pero ya de otra manera. De repente, todo se antoja nuevo, visto por primera vez, pero para siempre. Es una historia de crecimiento, pero también lo es de extrañamiento. Flota.

Y ya mañana volvemos a hablar de ‘Beginning’.


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