'Beginning' se lo lleva todo con toda justicia de principio a fin en San Sebastián

La película de la georgiana Dea Kulumbegashvili conquista la Cocha de Oro, la dirección, la actriz y el guión de manera tan clara como evidente

Beginning arranca con el sacrificio de Isaac. El líder de una congregación de testigos de Jehová se esfuerza en explicar a sus fieles el significado de la historia en la que el mismo Dios pone a prueba a Abraham. Y Beginning concluye con ese mismo sacrificio pero de otro modo. De por medio, Dea Kulumbegashvili compone una rara y depurada pieza de cine con la determinación suficiente para marcar una época. La suya es una actitud similar a la que un director novel como Laszlo Nemes exhibió en Cannes cuando presentó El hijo de Saúl en 2015. Se trata de fundar de nuevo la mirada. Y hacerlo desde el convencimiento de que el cine todavía puede (y debe) reformular los elementos cada vez rutinarios y perezosos que componen una narración cada vez más estandarizada y pobre; y, apurando, desde la certeza que de que el cine puede (y debe) recomponer las piezas que arman la propia realidad.

La directora georgiana plantea su película como una bella, subyugante y casi sonámbula refutación de casi todo. Su historia protagonizada por la actriz de maneras colosales Ia Sukhitashvili habla de una sociedad obscenamente machista, opresiva, cruel e injusta, pero lo hace convencida de que la raíz del mal es profunda y alcanza desde a cada uno de los mitos de todas las teogonías a la administración serializada de las imágenes en un mundo atrofiado de pantallas. Toda la película es una parábola de aire bíblico con la misma claridad que melodrama, película de terror y simple pesadilla.

El de Dea Kulumbegashvili es cine tan ambicioso que exalta con la misma fuerza que desconcierta. Enamora y, como toca, arrasa. Abruma el rigor algo ingenuo y terriblemente voraz por hacer coincidir en la misma línea de razonamiento el esquema opresivo y discriminatorio de instituciones sociales, llamémoslas así, como la maternidad, el matrimonio, el estado y la religión. Pero lo que queda a salvo, es la claridad de una película que se atreve a rastrear soluciones exclusivamente cinematográficas, no discursivas o literarias, a un argumento que es a la vez provocación y evidencia. Es, sin duda, lo más relevante que ha pasado por el Festival de San Sebastián en mucho tiempo.

Por todo lo anterior, nunca antes se antojó más acertada la decisión con la que ayer nos sorprendió (para muy bien) el jurado presidido por Luca Guadagnino. La obcecación en dárselo todo a Beginning es la mejor noticia en muchos años de fallos entre erráticos y sólo equivocados. La película georgiana llegaba a San Sebastián después de su selección en el Festival de Cannes que no fue y apenas unos días más tarde de dejar sin respiración a más de uno en Toronto. A su paso, ha levantado ese feliz ruido de lo relevante, de lo único y hasta de lo imprescindible.

Hasta su aparición, el certamen del Covid había transcurrido empeñado en hacer de la necesidad virtud. Películas tan esperadas como la de Thomas Vinterberg, Another round, no hacían más que reproducir con algo de desgana gestos ya aprendidos. Naomi Kawase, otras de las esperadas, se compilaba a sí misma en True mothers, un trabajo tan depurado como reiterativo. François Ozon seguía en sus trece de reinventarse a cada paso que da en esa perenne celebración del cine urgente que es Verano del 85. Y así hasta que irrumpió Beginning. Y todos (o casi) felices. Hay películas que más que ser premiadas, premian ellas al festival. Ésta es una de ellas. La edición 68ª de Zinemaldia será recordada por el año de Dea Kulumbegashvili. Y ahora, cinco minutos para retener el apellido. Si aprendimos el de Apichatpong Weerasethakul, qué menos.

Dicho lo anterior, para Beginning fue todo: la Concha de Oro, la mención al director, a su actriz y hasta el guión. A su lado, el Premios Especial del Jurado, el segundo a tener en cuenta, apenas llegó a verse. Sí, fue de manera también acertada para el brillante y caótico documental de Julien Temple que atiende al nombre Crock of gold: a few rounds with Shane MacGowan sobre la vida exagerada del líder de The Pogues, pero ya ni nos acordamos. Que el premio para los actores fuera para el plantel de cuatro (Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe) que se emborracha en la cinta de Vinterberg quedó, ya sí, en anécdota.

Para el final, por tanto, queda Beginning, que, en efecto, es sólo el principio. En su momento, recién presentada, quedó claro que Beginning aspiraba a todo porque quería todo. Y así ha sido. Beginning, no en balde, es cine que subyuga con la misma fuerza que pone alerta. Es cine para la interrogación, la investigación y hasta la duda. Es cine, que en su apariencia sonámbula y magnética, lo quiere todo. Definitivamente, Dea Kulumbegashvili llega para quedarse. Dea Kulumbegashvili. Dea Kulumbegashvili. Ya hasta suena bien.


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