Bill Brandt, el pulso eterno entre lo bello y lo siniestro

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Si lo importante en un fotógrafo es la mirada, ese saber elegir el cómo y el cuándo pero sobre todo el qué, se entiende que a Bill Brandt (Hamburgo, 1904-Londres, 1983) se le sigan acumulando las reverencias y, aún hoy, sea celebrado como uno de los mejores y más respetados fotógrafos salidos de Inglaterra. «El fotógrafo debe ver más intensamente que la mayoría de la gente», dejó dicho el propio Brandt. Y ahí están, abiertos de par en par y formando una suerte de salón de la fama ocular del arte abstracto del siglo XX, primeros planos de los ojos de Jean Arp, Antoni Tàpies, Max Ernst, Giacometti, Georges Braque y Henry Moore, entre otros. «Son los ojos de los artistas que han cambiado la manera de mirar el mundo», desliza de pasada Ramón Esparza, comisario de la fabulosa exposición dedicada al fotógrafo británico con la que KBr, el nuevo centro de fotografía de la Fundación Mapfre en Barcelona, echó a rodar ayer de manera oficial.

Una segunda muestra dedicada al neoyorquino Paul Strand a partir de fondos de la propia Fundación completa el menú inaugural, pero es la de Brandt, con esas 186 piezas positivadas por el propio fotógrafo y un arco narrativo que cubre desde sus inicios a la vera de Man Ray a sus visionarios y polémicos desnudos, la joya de la corona. La exposición, apunta Esparza, adapta de manera más o menos laxa los postulados sobre lo bello y lo siniestro de Eugenio Trías para narrar el constante pulso entre luz y oscuridad que se libra en las fotografías de Brandt.

Su vida, con esas raíces alemanas que enterró bien hondo por pura vergüenza para hacerse pasar durante décadas por un atildado londinense, también tuvo sus propios claroscuros, pero fue en su trabajo donde mejor consiguió articular esa fascinación por la oscuridad victoriana salpicada de surrealismo y psicoanálisis.

«Retrato de Francis Bacon en Primrose Hill» – BILL BRANDT

El inquietante retrato de Francis Bacon en Primrose Hill, con el pintor mirando a no se sabe muy bien dónde y el paisaje imponiéndose de forma amenazante, es probablemente el mejor resumen de lo que Brandt veía a través de su cámara, pero el muestrario es tan extenso que cuesta elegir. Máxime cuando en los 1.400 metros cuadrados del recién nacido KBr pueden verse desde sus primeros paisajes parisinos, realizados mientras trabajaba a las órdenes de Man Ray, a esos desnudos, geométricos primero y turbadores después, con los que escandalizó a los americanos y que, según Esparza, constituyen su cima creativa.

Fotografía artística y social

A partir de ahí, barra libre y manga ancha. Un festín de fotografía documental y artística que lo mismo baja al metro de Londres durante un bombardeo de la Luftwaffe que salta de los neones de Picadilly Circus y las sábanas revueltas del Soho a los salones de Mayfair; confronta las desigualdades sociales de los años treinta a través de la mirada enhollinada de los mineros y el rictus severo del servicio -ahí destaca, aunque sólo sea por el título, «Lacayo tocando el gong antes de la cena»-; y alterna el paisajismo abstracto con el retrato profesional.

Es en este último apartado donde la mirada ágil y afilada de Brandt nos regala instantáneas memorables, como las de Dylan Tomas a puntito de echarse un par de pintas al coleto, Magritte posando con bombín y con su cuadro «El hijo del hombre», Picasso haciendo de Picasso y Graham Greene encajado en una trama geométrica a juego con sus novelas.

Tampoco faltan en la exposición desnudos artísticos tomados en el Canal de la Mancha, cuerpos femeninos en posturas escorzadas con los que quiso mostrar su «inconformidad con el mundo», y testimonios de su viaje a España en los años 30, escapada que aprovechó para casarse en Barcelona con Eva Boros, retratar a Joan Miró en Palma de Mallorca y fotografiar la sepultura de Nicolau Juncosa en el cementerio de Montjuïc. Lo bello y lo siniestro, una vez más, batiéndose en duelo y apadrinando el nacimiento de un nuevo espacio que hace de la mirada su razón de ser.

Una segunda exposición dedicada a Paul Strand completa el menú inaugural – Efe

A esto último contribuye también Paul Strand, padre más o menos oficial de la straight photography y pionero en esos retratos cazados al vuelo en los que el fotografiado apenas se daba cuenta de que acababa de pasar a la posteridad a golpe de clic. En esta ocasión, el comisario Juan Naranjo ha seleccionado un centenar largo de imágenes del fotógrafo neoyorquino para recorrer temáticamente la carrera de un aventurero de la imagen que empezó picoteando de la fotografía urbana, las composiciones geométricas y el paisajismo volumétrico y acabó exiliado en Francia y firmando series de alto calado social dedicadas a México, Ghana o Italia. «Me veo como un explorador que se ha pasado la vida haciendo un largo viaje de descubrimiento», sentenció Strand poco antes de morir, en 1976.

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