Borat vuelve con la mejor moción de censura al peor año posible

El regreso de Sacha Baron Cohen a su personaje icónico creado hace 14 años se salda con la primera y genial gran comedia de horror…

Todo es real. Entrar en una ferretería y pedir el mejor gas para aniquilar judíos sin que ningún empleado dé muestras de sorpresa, indignación o de entender que se trata quizá de sólo una broma; solicitar a una estilista cuál es el mejor tono de maquillaje cuando se vive con una familia racista y ver cómo la profesional de la imagen señala sin titubear el que a su juicio es el color correcto (blanco puro); explicar en una convención de mujeres republicanas que la vagina no tiene dientes y llevarse una extraña salva de aplausos (no tanto por la noticia en sí como por el estupor que provoca el sonido en voz alta de la palabra «vagina»); pasar el último confinamiento con dos individuos tan convencidos de que los Clinton incorporan la sangre de niños a su dieta diaria como de «la obligación patriótica» de votar al que no lo hace, o pedir a una dependienta de una pastelería que escriba con esmero sobre una tarta de chocolate la frase «Los judíos no nos quitarán el sitio» y ver cómo, en efecto, lo hace. Todo, decíamos, es real. No, no se trata de instantes perdidos en la moción de censura de estos días, sino de algunos de los momentos por fuerza desconcertantes (los hay peores, créanme) del regreso de Sacha Baron Cohen al personaje que mejor define el cataclismo que vivimos. Cuando veamos al todopoderoso Rudy Giulaini acosar a calzón semiquitado y sin que medie guión (es él tal cual y real) a la protagonista en el papel de reportera, entonces sí… sálvese quien pueda. Es comedia, pero de terror. El título completo de todo esto: ‘Borat, la subsecuente película: la entrega de un soborno prodigioso al régimen estadounidense para beneficiar a la gloriosa nación de Kazajstán’.

La película que se estrena en Amazon Prime el viernes no hace más que recuperar a la más irreverente, conflictiva y hasta alarmante creación del actor británico Sacha Baron Cohen. Fue hace ya 14 años cuando el reportero kazajo Borat tuvo su primer contacto con Estados Unidos. Entonces, el presidente se llamaba George W. Bush y nuestro hombre, actor en un mundo perfecta y sorprendentemente real, se limitó a ofrecerse en sacrificio. Su inclinación a la escatología, su exhibición de mal gusto y sus chistes de gordos o judíos (o de los dos juntos) eran vividos por el ingenuo espectador no tanto con el asombro de lo excesivo como con la complicidad de lo banal. La realidad empezaba a parecerse demasiado y de manera cada vez más fidedigna a cualquier supuesta malversación o parodia que de ella pudiera hacer un tipo con una imaginación por fuerza enferma. ¡Cómo era posible que viviéramos en una realidad tan desastrosamente cutre y nos hiciera tanta gracia!

Pues bien, ha pasado el tiempo y una vez más queda claro que todo lo que es susceptible de empeorar acaba haciéndolo. Si Borat fue entonces una ocurrencia memorable que funcionaba como un test de contraste frente a lo real, ahora es simplemente un imitador malo de esa misma realidad. Y de ahí su apabullante genialidad. Rescatado del ‘gulag’ donde acabó, ahora el periodista es enviado por su gobierno con la misión de entregar como regalo primero a Mr. Pence (o Mr. Penis, es decir, el señor Pene) y luego al Rudy Giuliani de antes un mono. Todo sea por poner el imaginario país real del título en una posición geoestratégica de privilegio. Por problemas de intendencia, el mono será luego sustituido por la hija adolescente. Qué más dará. El mecanismo vuelve a ser el mismo: entre el falso documental y la técnica menos depurada de cámara oculta, Borat-Sacha se limita a ponerse en evidencia como la forma más directa y menos elaborada de que el mundo en general y Estados Unidos en particular haga exactamente lo mismo. Y sin que medie la tribuna de una moción de censura.

Una imagen de la nueva película de Borat.
Una imagen de la nueva película de Borat.

La novedad, eso sí, corre a cuenta de la actriz Maria Bakalova, que antes que simplemente seguir el ritmo, lo redobla. Decir que su papel raya la genialidad es apenas decir nada. Es mejor. Ella simplemente se ofrece sumisa a un universo terriblemente machista. Si la simpleza de Borat era la mejor excusa para que asuntos tales como el el racismo, la xenofobia, el clasismo, el cuñadismo o la homofobia se dejaran ver, ahora es la ingenuidad de Bakalova la que añade una muesca más al ‘hit parade’ de la llamada guerra cultural: el rigor heteropatriarcal o, más sencillo, el ‘machirulismo cipotudo’. Su visita a una clínica de cirugía estética o el elegante baile de debutantes en la que ella exhibe su menstruación no sólo resultan desternillantes sino que, además, duelen. Por su clarividencia y realidad. Por no hablar, de la conversación algo más que surreal e irreproducible con un médico antiabortista. Y todo ello sin perder nunca de vista que todo, absolutamente todo, es real.

La estrategia no es nueva. Al fin y al cabo, Borat no hace nada que no hayan hecho antes los clásicos. En la Praga de Kafka, Jaroslav Hasek escribió a principios de los 20 el reverso no exactamente tenebroso de ‘El castillo’. ‘Las aventuras del soldado Svejk’ podría haber sido el libro que el autor de ‘El proceso’ hubiera escrito de haber comido y bebido más. Y mejor. El recurso es el mismo: retratar la profunda anomalía de un hombre solo frente a la descomunal, políglota y absurda maquinaria burocrática austrohúngara desde el más profundo extrañamiento. Y, de paso, dejar desnudo al hombre moderno. Svejk no es, de repente y de buena mañana, un insecto. Svejk es un simple «majadero y un idiota según todas las leyes de las ciencias psiquiátricas». Aunque el último entrecomillado puede inducir a error. El empecinamiento del vendedor de perros (eso era) en la estulticia es tal que, por momentos, se diría el más inteligente de los seres vivos. Y muertos incluso.

Pues Borat lo mismo. Nuestro héroe contemporáneo pasea su estupidez indómita por un universo enloquecido que, definitivamente, ha perdido el rumbo. Baron Cohen fue convirtiéndose en noticia según rodaba a medida que se le descubría en un mitin supremacista o en una convención republicana en la que apareció disfrazado del mismísimo Donald Trump. De golpe, adquiere la consciencia de que la fama (la suya y la de cualquiera con éxito en las redes sociales) se ha convertido en un valor más de cambio. Y como tal aparece en la película donde a Borat se le piden autógrafos por la calle y la gente se le acerca para ofrecerse a ser ridiculizados. Todo sea por esos segundos de gloria en la pantalla.

Por supuesto, en este juego de espejos entre realidad retratada y parodiada, el coronavirus no podía pasar inadvertido. Y, como es del rigor, acaba por convertirse también él en protagonista de este desfondado vertedero en el que las noticias falsas, los bulos simples, las conspiraciones universales y la evidencia de la sobreexplotación de los recursos naturales nos ponen delante del mayor de los abismos. Y nos reímos. A carcajadas.

Imagen promocional de la nueva película de 'Borat'.
Imagen promocional de la nueva película de 'Borat'.

Para el final queda el asunto Giuliani. Y ya sí, decíamos, todo está perdido. Bakalova ha conseguido darse cuenta de que, al contrario que en su país, las mujeres pueden hacer de todo en el mundo occidental: desde conducir a ponerse tetas falsas pasando por convertirse en periodistas. Y por ello llega en coche con tetas de mentira a la entrevista con el que fuera alcalde de Nueva York y ahora es convencido ‘trumpista’. Lo que sigue forma ya parte de la campaña a la presidencia actual. Y es vergonzoso. Terroríficamente cómico. Por real. Lo dicho, la más brillante moción de censura, ésta sí, a lo que estamos viviendo.


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