Carles Congost y la música que hiela el alma

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Durante más de tres décadas, el trabajo de Carles Congost (Olot, 1970) se ha ocupado de la construcción de la personalidad y los códigos de conducta, sobre todo desde la perspectiva del adolescente (figura que «se eterniza» en nuestra sociedad actual, en la que parece que nos cueste madurar), en una mezcla entre alta y baja cultura que se sientecómoda con los postulados del pop. Por ello, y de forma inevitable, la música –y el análisis de los mecanismos por los que se rige su articulación en las sociedades capitalistas– ha jugado un papel protagonista en su producción.

Ya lo fue desde su primera exposición individual, en 1995, comisariada por Manel Clot para La Capella de Barcelona y que llevó por título The Congosound; un alias que durante más de una década se convirtió en un sello desde el que Congost, el músico Vicent Fibla y la musa de la noche barcelonesa Jessie realizaron labores de composición y producción musical. También en 2007, la entrada del artista en el MUSAC con The Congostsound’s Live Prototype proponía un escenario robotizado que permitía hacer música en directo sin salir de casa, en clara crítica al ocaso de las bandas juveniles cuando empiezan a madurar.

Precisamente la música se establece como hilo conductor de ¿Para qué sirven las canciones?, su aterrizaje en La Casa Encendida de la mano de Tolo Cañellas, comisario con el que ya había trabajado anteriormente. Su título fue utilizado con anterioridad para nombrar el primer capítulo de un vídeo antiguo, Supercampeón (2000), en el que un muñeco le formula esa misma pregunta a Genís Segarra –componente de Astrud e Hidrogenesse– sin que este llegue a dar una respuesta coherente y comprensible. Es además el nombre de la nueva y última producción de Congost, promovida por la institución que la alberga, y que se arropa allí de otras piezas anteriores donde la música juega un papel capital.

Todas las obras reunidas han podido ser desarrolladas por su autor gracias a becas o ayudas externas. La inestabilidad imperante alcanza también la labor de los artistas

Porque, para su autor, ¿Para qué sirven las canciones? es un buen compendio de obras de la última década que se apoyan en el vídeo (Congost ha trabajado también otras disciplinas como la foto o el dibujo, que aquí quedan fuera) y con las que analizar el incoformismo de las nuevas generaciones, también sus vías de resistencia individual ante las imposiciones del sistema, la precarización de su entorno y la frustración de sus sueños en un modelo de crisis continua fruto del postcapitalismo imperante. Curiosamente, y como consecuencia y buen ejemplo de todo esto, todas las obras reunidas han podido ser desarrolladas por su autor gracias a becas o ayudas externas. La inestabilidad alcanza también a la labor de los artistas.

Fotograma de «Simply the Best» (2016)

La muestra se reparte en dos salas. La primera reúne los cuatro vídeos que contextualizan la nueva producción, a la que se reserva su propia habitación. El recorrido se iniciaría con Paradigm, una pieza de 2012 que ya en su día supuso un giro en la producción de Congost. En ella desaparecen los diálogos entre sus protagonistas y también cualquier referencia al mundo del arte, tan habitual hasta esa fecha en su trabajo. Eso supuso asumir ciertas pautas de la narración cinematográfica todavía no exploradas por el catalán, una reducción del humor como recurso, en favor de una obra que invita melancólicamente –y desde un solo de armónica– a romper con los paradigmas impuestos. Nada es allí lo que se espera de ello, ni siquiera la velocidad ralentizada a la que se suceden los acontecimientos.

El «sonido Sabadell»

Un recorrido cronológico nos obligaría a trasladarnos al fondo de la sala y buscar Abans la Casa (irónica traducción del catalán de «Antes del House»): una película con la que desde el (falso) biopic, Congost analiza los tentáculos de un fenómeno musical, el del denomiando «sonido Sabadell» que le tocó de lleno en su adolescencia. Este fenómeno musical de los ochenta buscaba básicamente abastecer a las discotecas de la Costa Brava de subproductos musicales con bandas «fakes» (casi franquicias) que imitaban el «italo-disco», en un momento en el que las teorías neoliberales se imponían en Reino Unido y EE.UU., grandes exportadores de música pop. Es más: en una entrevista en la entonces popularísima revista Smash Hits, Margaret Thatcher reivindicaba la importancia de la música para organizar a los jóvenes (y, en consecuencia, manipularlos).

La cita ilustra el incoformismo de las nuevas generaciones, sus vías de resistencia individual ante las imposiciones del sistema, la precarización de su entorno y la frustración de sus sueños

Que esto coincidiera en Cataluña con el discurso pujolista del «Fem país» (nacionalismo e industria) generaba el caldo de cultivo preciso para el despliegue de esta grabación en la que Congost tuvo que renunuciar a entrevistar a sus verdaderos protagonistas, incapaces de distanciarse irónicamente de sus propios personajes. Es esta además la única de las obras presentadas que se apoya en otros formatos, como la colección personal de Congost de vinilos de este tipo de música, lo que incluye un ejemplar de Jules Tropicana con su éxito Come On, base de Això que sona és nostre, junto a Josep Xortó, incluida en la pieza.

Fotograma de «Wonders» (2016)

También bajo el formato del biopic, el gerundense analizó el fenómeno de los one-hit-wonder (y, sobre todo, cómo la industria musical destroza sueños y carreras) en Wonders, siguiendo los pasos de Dennis y Michael Seaton. Ellos eran dos de los integrantes de la banda juvenil Musical Youth con el que la industria anglosajona apostó por el reggae, pero que dejó caer cuando Thriller, de Michael Jackson, dio el pelotazo y hacia esos acordes dirigió sus intereses. Hasta el mismo Congost, al empatizar con la situación, reduce su habitual ironía en pos de cierta melancolía que ya le acompañará en el resto de las obras. Con los textos de Eloy Fernández Porta, el artista genera una canción Get out of the Song, interpretada por los dos ex miembros de la banda que resume la incontrolable sensación de éxito que trasciende al cantante y de tema que se convierte en patrimonio universal.

Lo que haces por dinero

El último jalón en esta sala es Simply the Best (que, como curiosidad, tenía que haber contado con la participación de Tina Turner, que declinó la invitación), resultado de la participación de Congost en la Manifesta 11 de 2016 de Christian Jankowski. Su lema fue «lo que la gente hace por dinero», y en ella animaba a los creadores convocados a trabajar codo con codo con los gremios laborales de la ciudad de Zúrich. El de Olot lo hizo con los bomberos, y, desde el gospel (la única música negra permitida por los esclavistas europeos) habla de valores, de heroicidades, de justicia social, de metas truncadas y de derechos perdidos. Irónicamente, uno de sus protagonistas, un suizo que pierde su empleo («fire» es «fuego» en inglés pero también «despedir») no le queda má remedio que emigrar desde el primer mundo rico a España «a poner copas en la costa».

Su moraleja es válida para todo el trabajo de Congost: que la música no es inofensiva, sino que es síntoma de determinadas estructuras sociales y políticas, por muy independiente que se etiquete

Es también el encuentro entre dos viejos amigos el arranque, ya en la otra sala, de ¿Para qué sirven las canciones?, la última producción de Congost (cuya grabación se vio alterada por el coronavirus). En ella, su autor no tiene ya tanto en cuenta esas canciones que elegimos y que se convierten en banda sonora de nuestras vidas, sino esas otras inevitables, las que no elegimos pero que nos infectan como otro virus (martilleándonos la cabeza y hasta trastornándonos). Un vídeo con cameo de Fito Conesa en su arranque en el que Congost vuelve a la ficción –y a su condición de story-teller–, y en el que una tonadilla de Bad Bunny se convierte en la peor enemiga de su protagonista (a ella se le pega el perreo), que además se contradice con la burbuja idílica y antisistema en la que se pretendía instalar… Desde su trabajo basura. El falsete de Jimmy Somerville se eleva como la «presencia monstruosa» con la que se identifica otro de los personajes.

Su moraleja, válida para todo el trabajo de Congost: que la música no es inofensiva, sino que es síntoma de determinada estructuras sociales y políticas, por muy independiente que se etiquete. Para eso sirven las canciones.

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https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-carles-congost-y-musica-hiela-alma-202010081932_noticia.html

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