Carmen Laffón: «Yo no quiero ser famosa. Lo que quiero es ser pintora»

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No es Carmen Laffón (Sevilla, 1934) mujer de palabras (que sí de palabra). Ella prefiere refugiarse en el silencio de la pintura, que todavía hoy, después de años, practica con la ilusión del primer día: «Es mi profesión, es mi vida», resume tajante. Por eso, si cabe, se agradece aún más esta entrevista. Sin embargo, estos meses no le va a quedar otra que exponerse mediáticamente: Sevilla le dedica el otoño a su obra con una triple exposición.

La primera se inauguró este jueves en el CAAC, con su labor más reciente: un homenaje –que ya expuso hace unos meses en el Museo Patio Herreriano de Valladolid– a las salinas de Sanlúcar de Barrameda, su segundo destino preciado. Desde el día 28, la Fundación Cajasol muestra los tesoros que de la autora custodia en los fondos de su colección, mientras que el 1 de octubre, el Museo de Bellas Artes de la capital hispalense «recreará» su estudio, el primero, en la calle Bolsa de la localidad gaditana, aquel en el que se forja una trayectoria en la que Laffón ha sido fiel a sus orígenes, a la tradición renovada, al paisaje, a la pintura.

¿Por qué un homenaje a las salinas de Sanlúcar de Barrameda, su motivo más reciente y base de la muestra del CAAC?

En 2014 realicé también en este mismo museo una gran exposición que terminaba con una serie sobre la cal, y ya entonces tenía alguna idea de continuar con las salinas, con el color blanco. Estuve un tiempo reflexionando sobre el tema y, en 2017, comencé a realizar esta nueva serie sobre las salinas de Bonanza, en Sanlúcar, que hasta el momento se compone de 38 obras entre dibujos, esculturas y pinturas.

Quizás lo que más le llame la atención de estas obras al que ya conoce su trabajo es su formato, inusitadamente grande.

En mi última etapa creativa he realizado algunas obras de gran formato, ya sea en la serie La viña como en la citada La cal. Me interesa trabajar con distintos tipos de formatos y técnicas porque me permite profundizar en la idea de las series.

¿Cómo se dio cuenta de que la pintura iba a ser la manera con la que se ganaría la vida?

Cuando, siendo pequeña, precisamente en Sanlúcar, el pintor Manuel González Santos, muy amigo de mi padre, se ponía con su caballete a pintar, yo lo miraba. Un día me puso un modelo y me dijo que lo hiciera. Y así empecé. Luego don Manuel le dijo a mi padre: «Esta niña tendría que ir a la escuela de Bellas Artes». Yo había dado clases con él en su casa, pero mi padre aceptó el consejo. Mis padres fueron siempre mi principal apoyo, siempre estuvieron pendientes de mí, me dieron una gran formación.

«Es verdad que en esos años en los que me consolido los pintores abstractos estaban de moda, pero yo iba a lo mío, no quería competir con nadie»

Eso sí: en casa, con profesores de los Jesuitas que venían a impartirme clases. No pasé al colegio hasta que no fue obligatorio, ya bien mayor. Luego más tarde, en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, conocí a otro de los que considero mi maestro, el pintor Miguel Pérez Aguilera. Me fui a Madrid recién casada. Mi marido era estudiante de ingeniería. Cuando me hicieron mi primer contrato en una galería, por el que me pagaban mensualmente, empecé a tener unos ingresos fijos, y así estuve mucho tiempo.

Cuando usted apuesta por la figuración, no era esa la corriente imperante. ¿Cree que esta ahora está más valorada?

Yo siempre he pintado lo que el ambiente me transmitía, es decir, lo que yo siento. Es verdad que en esos años los pintores abstractos estaban de moda, pero yo iba a lo mío, no quería competir con nadie.

Una trayectoria tan dilatada da para coincidir con muchas figuras relevantes. Una de ellas fue Juana Mordó. ¿Cómo recuerda a la galerista?

En aquellos años en la Escuela de Madrid conocí a Antonio López, que era de un curso posterior al mío. En esa ciudad también conocí a Zóbel, una persona muy culta que había viajado por medio mundo. Fue en la galería Biosca, cuando hice mi primera exposición. Y fue Zóbel quien me presentó a Juana Mordó, importantísima en mi carrera. Zóbel le mostró obras mías y ella me llamó.

«La Sal, Salinas de Bonanza, Sanlucar de Barrameda, La noche»

¿A qué otros «compañeros de viaje» le gustaría recordar aquí y ahora, personas también fundamentales en su trayectoria?

En aquellos años andaban por Madrid muchos pintores, entre ellos conocí y trabé amistad con Millares, Feito, Lucio Muñoz, Manolo Rivera, Gerardo Rueda, Antonio Saura, Menchu Gal

La muestra del CAAC también incluye esculturas, un conjunto de bajorrelieves. A esta disciplina llegó más tarde.

Siempre me ha gustado la técnica, de hecho, cuando estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, me iba a las clases de escultura. Aunque he hecho más pintura, sí, me gusta trabajar la escultura. Siempre he trabajado también en este medio. Por ejemplo, en la exposición de 2014 mostré la serie La herrería. Y ahora, en la cita del CAAC se van a poder ver ocho bajorrelieves.

¿Por qué regresa siempre a la pintura? ¿Por qué no se pierde la ilusión o las ganas de pintar?

Porque pintar es mi trabajo, es mi vida.

Sevilla la homenajea con varias exposiciones estos meses. Una de ellas recreará su primer taller en la calle Bolsa, un espacio con su propia historia.

Tenía unos familiares que poseían una casa grande en Sanlúcar y me dejaron una habitación en la azotea. Ya me avisaron que estaba llena de chismes, pero yo allí me hice mi estudio. Veía la ciudad por un lado, y, por otra la parte, un poco el Coto de Doñana. Fui muy feliz allí pintando. Luego lo dejé. Con el tiempo, en el año 2000, mis familiares me llamaron y me dijeron que iban a derribar esa casa y que si quería recoger algunas cosas. Fui y me encontré el estudio tal y como lo había dejado, incluso había un cuadro de un paisaje sin terminar. De aquel episodio viene toda una serie y una instalación escultórica.

¿Se siente valorada, reconocida?

Me siento abrumada por tanto reconocimiento. Yo, la verdad, no quiero ser famosa, lo que quiero es ser pintora.

El confinamiento no solo no la paralizó, sino que hizo que se volcara aún más en la pintura. ¿Qué le parece todo lo que estamos viviendo?

El confinamiento me pilló en Sanlúcar, así que creo que he sido una privilegiada, porque no he tenido sensación de encierro. Si lo hubiera vivido en Sevilla no habría podido salir a la calle, pero en Sanlúcar tengo jardín y veo el mar y el horizonte. Me he sentido mucho más aliviada. Esto que está pasando es imposible no tenerlo en la mente. Las noticias lo repiten todos los días: yo escucho mucho la radio y estoy atenta. Es una situación en la que vivimos casi sin saber, pero sí se percibe que vamos hacia un mundo distinto, eso es lo que tendremos.

«La Sal, Salinas de Bonanza, Sanlúcar de Barrameda, Los Caños»

A mí me afecta mucho la situación de los enfermos, las muertes. ¿Cómo no sentir el dolor de la gente? Durante el confinamiento me he concentrado en mis dibujos. No iba al estudio, así que me hice uno en mi salón y allí realicé una serie de 16 de gran formato que se ven en la exposición del CAAC por primera vez. Y no, el confinamiento y la pandemia no ha afectado a mi pintura.

¿Es optimista respecto al futuro?

Tengo incertidumbre, no sé si está bien decirlo. Quisiera creer, y espero, que todo esto pasará y que saldremos bien. Pero sí: tengo un sentimiento de incertidumbre.

¿Le interesa lo que hacen los jóvenes en pintura o cualquier otra disciplina?

Sí, por supuesto. Procuro estar al tanto de lo que ocurre y tampoco he dejado nunca de ir a exposiciones, a museos y galerías. Me interesa mucho, siempre, el mundo de la creación y, sobre todo, las nuevas generaciones.

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