Catherine Millet: "La pareja es el último baluarte de la sociedad"

La polémica feminista francesa publica un ensayo sobre D. H. Lawrence, en el que aborda el deseo femenino

H. Lawrance como el novelista que amaba a las mujeres y ella la escritora que se enamora perdidamente del autor. Como si intuyera que sería una de las grandes historias de amor de su vida, la francesa Catherine Millet (1948) tardó en leer a este británico del XIX. Tanto que no comenzó a hacerlo hasta hace pocos años, cuando la invitaron a escribir sobre él. Se adentra entonces hasta el fondo y lo lee todo, El amante de Lady Chatterley, Mujeres enamoradas y La serpiente emplumada. La francesa esc

ribe a la contra

. Ahora que la tendencia es redescubrir autoras ella ha decidido que era un hombre el que merecía un libro.
Amar a Lawrence
(Anagrama) es la historia de amor entre la feminista que escribió
La vida sexual de Catherine M.
y el autor de
El amante de Lady Chatterley
, el ensayo que torna en autobiografía y el diálogo entre ambos a cerca de uno de los grandes dilemas no ya de la literatura sino de la vida en general:
el deseo femenino y las diversas formas y maneras en que las mujeres lo experimentan
. «¿Hemos sondeado la magnitud de la intuición genial de Lawrence cuando sugirió en sus novelas que la evolución del mundo estaba vinculada no con el cambio de estatus social de las mujeres -una parca reivindicación feminista- sino con la plena consecución de su gozo sexual?». Esta es la pregunta que Millet se hizo y dio pie a este ensayo en el que se asiste al amor entre ambos, con independencia de que habitaran siglos distintos. Lo dice ella misma en el correo en francés con el que responde a este diario. Cuesta poco imaginar a Millet escribiendo sus respuestas porque en
Amar a Lawrence
el lector siente que está hablando con los dos, que el dúo derivó en trío y somos tres los que conversamos sobre tan intrincados asuntos. «Lawrence, cuando escribe, carece totalmente de superego. Ni la más mínima sospecha de escrúpulo moral o de ideología que frenasen los sentimientos y la imaginación», dice.
«Soy una mujer que ha escrito sobre un hombre que amaba a las mujeres
, alguien que vivió siempre rodeado de ellas y que debió de ser encantador. Yo misma sentí su encanto, lo digo con franqueza. Es más, creo que el intelectual, cuando estudia a un artista o escritor cuyo trabajo le interesa, si además responde a su orientación sexual, entonces el trabajo se hace invariablemente desde la libido y esto debe reconocerse», explica. Una «dimensión sexual» que, según Millet, permite hasta adentrarse con mayor profundidad en su obra. Durante dos años, Millet veía al británico cada mañana en la pantalla de su ordenador. «Una foto muy parecida a la de la portada de la edición de Anagrama», apunta ella misma en una entrevista en la que no tiene reparo en abordar las polémicas que la han acompañado. El revuelo cuando narró su vida sexual en un libro o
el manifiesto que impulsó hace dos años en su país, denunciando que el fenómeno MeToo había ido muy lejos y que firmó un un centenar de francesas
. «Va a ser cada vez más difícil reunir a todas en una misma lucha», sigue pensando ahora, porque considera que «algunas mujeres expresan expectativas en función de su orientación sexual». «El manifiesto
Derecho a importunar
no justificaba la violencia contra la mujer, como se ha dicho falsamente en ocasiones, simplemente expresaba la opinión de las mujeres que aman a los hombres, incluidas aquellas que son torpes a la hora de expresar su deseo. Entiendo que no todas las mujeres compartan este sentimiento, pero ¿por qué querrían algunas de ellas evitar que lo dijéramos?». D.H. Lawrence es uno de esos hombres, uno que «señaló una contradicción en la que todavía están atrapadas muchas mujeres»: «Quieren asumir la plena responsabilidad de su independencia pero,
cuando se enamoran, tienen miedo de someterse al hombre que aman
, se encierran en una especie de orgullo, como si dijeran ‘luché por ser libre y no voy a comprometer esa libertad enamorándome’. Es cuando descubren el reflejo de las mujeres de la época de Lady Chatterley: una mujer no debe mostrar su deseo». Cómo es ese deseo es el núcleo y clímax de la historia de amor de Millet y Lawrence, un deseo que significa entrega y abandono, un «dejarse ir», detalla la autora, a la vivencia desplegada de los cuerpos, sin pensar demasiado en uno mismo en ese momento. «He observado a muchas mujeres a mi alrededor, mujeres inteligentes y cultas que no logran tener una relación estable y duradera con un hombre simplemente porque tienen
miedo de perder su independencia
». Así lo soluciona ella:
«Hay que aprender a vivir con nuestras contradicciones, ajustarlas según nos convenga»
. Al igual que escribir sobre él, quizá leer a Lawrence hoy sea también ir a la contra, revolver en lo que fuimos y cómo nos amábamos, como si se pudiera encontrar un equilibrio entre dos seres sin necesidad de sentir que nos están arrebatando algo.
«Que el amor evolucione no significa que asistamos al fin del amor
. La pareja es quizás el último baluarte de la sociedad. De lo contrario, ¿por qué habríamos hecho posible el matrimonio entre todas las personas independientemente de su orientación sexual? Creo que es mejor no confundir el amor, que para mí es un sentimiento duradero, con el deseo sexual, que puede ser muy inconstante». Ajustar contradicciones sería el objetivo, dedicarse a vivir y, si se puede, hacerlo apasionadamente.

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