Christian Petzold, director de 'Ondina': "Todas las escenas de sexo en el cine son ridículas, falsas y sonrojantes"

¿Y si el amor, en vez de la mayor de las bendiciones, fuera antes la más grave e injusta de las maldiciones? "En general", razona…

¿Y si el amor, en vez de la mayor de las bendiciones, fuera antes la más grave e injusta de las maldiciones? «En general», razona Christian Petzold (Hilden, 1960), «y así figura en toda la historia del arte, la mujer es siempre la proyección de un hombre. Ella vive como un fantasma en la fantasía de su amante y creador». Cuenta el director alemán que un buen día le asaltó la pregunta y la duda. Leía el libro de Peter von Matt sobre la traición al amor (‘Liebesverrat’) a la vez que discutía con la que hasta hace poco fue su actriz de cabecera, Nina Hoss, sobre la extraña y posesiva relación que liga a un cineasta con su actriz protagonista, que no necesariamente «musa». «Hablamos de Roberto Rossellini e Ingrid Bergman, de Alfred Hitchcock y Tippi Hedren; de David Lynch e Isabella Rossellini… Para ellas, entiendo, es por fuerza una maldición verse condenadas a vivir exclusivamente a través de la imaginación del hombre que es su director y amante», dice. Y en efecto, de eso y del relato romántico de Friedrich de la Motte Fouqué sobre los avatares de una ninfa húmeda en el mundo de los secos hombres surgió la fascinante refutación de todo lo anterior que es ‘Ondina. Un amor para siempre’, el último trabajo del autor de obras mayores como ‘Bárbara’, ‘Phoenix’ o ‘En tránsito’.

Para situarnos, ‘Ondina’ quiere ser una especie de visita tardía al amor en su versión eternamente romántica. Y poética. Incluso acuática. Pero del revés. Ondina, no se olvide, es el nombre de un ser irreal que vive en los lagos de la ciudad del Elba. Se cuenta la historia de dos amantes unidos por una pecera rota. Suena extraño y lo es. Paula Beer y el siempre sorprendente Franz Rogowski se conocen en el momento en que un acuario cae sobre ellos. La predestinación del agua se llama. Bucearán juntos en los lagos de Berlín y juntos pasearán por ese mismo Berlín que es, por historia y simple geografía, ciénaga. La diferencia ahora es que es ella, la que impone las reglas, la que se niega a ser simplemente un sueño de otro. En el agua, todos los sueños se ahogan. Menos los de ella. Y así hasta componer un bello, iluminado y hasta revolucionario paseo por el amor y, claro está, la muerte. «La idea es que Ondina, la ninfa, dejé de ser simplemente la encarnación del deseo por fuerza extraño de otro. Ella es el deseo», aclara entre ligeramente críptico y vorazmente convencido.

Sobre el papel, la nueva película de Petzold supone un cambio hasta cierto punto radical en una filmografía empeñada en descubrir todas las fracturas políticas e históricas en una Alemania siempre rota. ‘Bárbara’ hurgaba en las heridas del régimen de Alemania Oriental, siempre al acecho cruel de sus ciudadanos; ‘Phoenix’ imaginaba la historia de una judía que después de la guerra se reencuentra con su pasado y con cada una de sus traiciones, y ‘En tránsito’ se entretenía en reconstruir la existencia necesariamente azarosa y brutal de los refugiados del régimen nazi. «El cambio de registro», razona el director, «es sólo de enfoque. Sigo creyendo que nada hay más político que el propio amor. Al fin y al cabo, en una de sus formas más comunes, se trata de una relación de dominio y sumisión. Y es eso lo que se discute». Se detiene y repite: «El amor es política».

«No me fío de los hombres feministas»

Y por si no queda claro, avanza un razonamiento más en este mismo sentido: «‘Ondina’ habla de un mundo, el nuestro, que ha perdido la magia, que se ha cosificado víctima del progreso. Y se diría que en ese nuevo universo posromántico que nos hemos dado la mujer aparece liberada y dueña de su destino y su sexualidad. Y no. En la sociedad capitalista de consumo, la mujer sigue siendo esclava de un encantamiento que no cesa: el de la mirada del hombre». Petzold se niega a ser descrito como un director feminista. Dice que abomina de los hombres que en su empeño por hacerse perdonar cometen el error de apropiarse incluso de las luchas de sus víctimas. «No me fío de los hombres que presumen de feministas», sentencia.

Le gusta al alemán triturar lugares comunes y ninguno tan socorrido, además de evidente y reiterado, como precisamente la tipificación del sexo en la pantalla. «Cuando veo una escena de sexo en el cine padezco la misma sensación que sufría cuando llegaba casa y sorprendía a mis padres haciendo el amor. Da vergüenza porque no es creíble, es falso. Resulta sonrojarte cuando un actor clava las uñas en las sábanas en éxtasis. El amor es una actividad que exige oscuridad y el cine se empeña en ponerle luz y malversarlo. Todas las escenas de sexo en el cine son ridículas. El cine trata mejor la muerte que el amor», comenta a la carrera no sin antes disculparse por, precisamente, la única escena amorosa de su película.

Y dicho lo cual, vuelve al principio. «Pienso en la historia del cine y me vienen a la mente aquellos instantes en los que la mujer se planta y se niega a ser imagen o fantasía de nadie. Pienso en Rita Hayworth en ‘Gilda’. Pienso en cada momento en el que el amor dejó de ser una maldición exclusivamente para ella», comenta. ‘Ondina’, sin duda un bello cuento de amor contra la impostura del amor.


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