Cómo vacunar a los niños contra el fascismo

Anna, una cría de 9 años, vive una vida feliz en su hogar en Berlín hasta que, de pronto, el suelo de su existencia empieza a templar bajo sus pies. El ascenso de Hitler y los suyos obliga a su padre, el significado escritor y crítico teatral Arthur Kemper (Oliver Masucci), a huir a Suiza. La niña (Riva Krymalowski), su madre Dorothea (Carla Juri) y su hermano mayor Max (Marinus Hohmann) deberán ir detrás.

Es El año que dejamos de jugar , que la realizadora Caroline Link –ganadora del Oscar del 2002 a la mejor película extranjera por En un lugar de África– estrena este viernes en España con la salvedad de Catalunya por el cierre de sus cines. La cinta se basa en la exitosa novela de Judith Kerr Cuando Hitler robó el conejo rosa , de tintes autobiográficos.

Al igual que en su anterior filme Este niño necesita aire fresco, Link ensalza aquí algunas de las actitudes humanas que mejor y de manera más natural pueden protegernos a todos, y en especial a los pequeños, de la brutalidad de los fanáticos. Se trata del abrigo que ofrece la familia y del escudo invisible que proporcionan la imaginación y la alegría de los propios chavales. “Siempre me sentí cerca de los niños. La comunicación es fácil con ellos. Son los más abiertos al futuro, la esperanza y las nuevas oportunidades”, explica Link en entrevista por videoconferencia con La Vanguardia.

Para la cineasta germana, los valores y vínculos afectivos que se proyectan de padres a hijos y viceversa no funcionan sólo como vehículo de emociones en una ficción; a su juicio, la familia es más eficaz que las instituciones públicas también en la vida real. Lo dice en referencia a los esfuerzos que Alemania ha desplegado para combatir la ideología fascista o de ultraderecha desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: “No estoy segura de que en mi país hayamos hecho un buen trabajo educativo con respecto al nazismo”, dice.

No estoy segura de que en Alemania hayamos hecho un buen trabajo educativo con respecto al nazismo”

Link explica que, si bien las escuelas germanas desarrollan “grandes esfuerzos didácticos” en ese terreno, sobre todo cuando los chavales entran en la adolescencia, “el hecho es que seguimos teniendo un grave problema de racismo”. Añade que “la complicada situación política que atravesamos”, unida a los flujos informativos favorables al odio que circulan libremente por las redes “no ayudan”.

Pero ¿cómo es posible que precisamente en la cuna de los nazis no todos asuman el peligro del populismo y las ideas ultras después del horror al que dieron lugar en el Holocausto? “Por una parte, en un mundo tan complicado como el que hemos creado, donde ni la economía ni la política ni las conexiones internacionales se entienden, hay gente dispuesta a recibir con los brazos abiertos a los políticos que les ofrecen soluciones fáciles”, opina.

Fotograma de 'El año que dejamos de jugar', de Caroline Link
Fotograma de ‘El año que dejamos de jugar’, de Caroline Link (A CONTRACORRIENTE)

En este mundo tan complejo hay gente dispuesta a recibir con los brazos abiertos a los políticos que ofrecen soluciones fáciles”

Por otro lado, añade, los alemanes que crecieron en el Este “no vivieron la democracia –hasta la caída del muro– y no sienten igual que el resto la necesidad de debate, de libertades y de derechos”.

Así que, de nuevo, la esperanza está en los niños y en su optimismo; puede que también en el optimismo de la propia Caroline Link, tan presente a pesar de todo en ésta y sus otras películas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *