Corsarios españoles: los olvidados bandoleros de mar

El académico Agustín R. Rodríguez González identifica y explica en un libro la historia de los marineros que combatieron como irregulares al servicio del Imperio…

Patrióticos bandoleros de mar, vecinos exaltados empeñados en la autodefensa, pioneros de las contratas público-privadas, oportunistas anhelantes de ascenso social y, obviamente, aventureros románticos a los que podemos imaginar como a Errol Flynn, por qué no. Todo eso fueron los corsarios de la Edad Moderna. Lo que no sabíamos la mayoría de nosotros es que también fueran españoles. Corsarios españoles, del académico Agustín R. Rodríguez González (editorial Edaf), identifica y explica a esos halcones solitarios que operaron en el Cantábrico, el Caribe y el Mediterráneo contra ingleses, franceses, holandeses, berberiscos y hasta turcos.

¿Por qué no habría de existir un corso español?, se pregunta Rodríguez González en la introducción su libro, tomando el símil de los bandoleros. En España, las tropas irregulares pero más o menos vinculadas al Estado han aparecido y han combatido con éxito en varios momentos de la Historia. Lo normal es que parte de esas milicias actuaran en el mar. Si su historia quedó olvidada fue, entre otras cosas, porque su función fue defensiva, a diferencia del papel de sus colegas europeos.

El corsarismo español «fue básicamente un fenómeno de autodefensa que se dio donde no había fuerzas regulares o no eran suficientes y los mas directamente implicados por la amenaza enemiga tenían que tomar las armas. Y eso ocurrió tanto en el Mediterráneo, ante la amenaza berberisca, como en América, frente a franceses primero, holandeses después y finalmente ingleses. Por no hablar de los piratas propiamente dichos, de cualquier nacionalidad y a menudo mezclados. También hubo corsarismo ofensivo en el caso de los corsarios hispano-flamencos de Dunkerque… claro que en esas aguas había muchas más posibles presas del enemigo».

¿Quiénes eran esos corsarios españoles? «Normalmente eran originarios de la costa y estaban implicados en la navegación comercial o en la pesca, con predominio de vascos, gallegos y de los radicados en Sevilla, Cádiz y otros puertos andaluces relacionados con el comercio de América. Gentes que, al tener imposibilitado su modo de vida por la guerra, cambiaban de actividad o la simultaneaban con el corso. Otros optaron por ello para obtener reconocimiento oficial y ascenso social, como el capitán Contreras, madrileño, o el mallorquín Barceló».

Barceló, en realidad, fue el apellido de una dinastía de corsarios mallorquines que habían llegado a la isla desde Tarragona en tiempos de la conquista cristiana en el siglo XIII. Los Barceló habían prosperado hasta convertirse en, más o menos, una burguesía mercantil y marinera hasta que, hacia 1700, el caos de la Guerra de la Sucesión puso en peligro su modo de vida. Fue entonces cuando Antonio Barceló empezó a actuar como corsario con el fin de garantizar la comunicación con la península. Poco a poco, ese tipo de actividad de patrulla vecinal se convirtió en una contrata pública muy diversificada: si había malas cosechas en la isla, los Barceló salían de urgencia hacia el continente a por harina; si una expedición del Ejército regular zarpaba para expulsar a los austriacos de Cerdeña, los Barceló los acompañaban como una especie de tropa de apoyo, como unos Blackwater del 1700. Y si se sospechaba que un barco francés llevaba a dos delincuentes en fuga, la familia hacía el trabajo sucio de interceptar a los forajidos.

«En España se habla ya del corso en la Ley de las Partidas, y se rigió mucho tiempo por la costumbre, hasta las primeras ordenanzas de 1621», explica Rodríguez González. «El capitán o armador tenía que solicitar un permiso al estado, la llamada ‘patente’, que le permitía atacar solo a enemigos declarados y durante el tiempo de guerra, respetando sus reglas, depositando previamente una fianza, pagando impuestos por el botín, etcétera. Incluso conducido el buque apresado a puerto propio, los tribunales de presa sentenciaban si era legal, buena o mala presa, teniendo que devolverla en su caso e incluso con indemnización. La tentación de actuar como un pirata, atacando a cualquiera, enemigo o no, siempre era fuerte».

¿Por qué tenían éxito los corsarios? ¿Por qué eran capaces de vencer a buques de ejércitos profesionales? «En realidad, entonces apenas había marinería profesional en las marinas europeas. Se reclutaba en tiempo de guerra a los marineros civiles, a menudo a la fuerza u obligados por la Matrícula de Mar: si no te inscribías en ella no podías desempeñar ningún oficio relacionado con el mar. Por lo demás, el objetivo de los corsarios eran buques mercantes, peor armados y con mucha menos tripulación, tanto por el coste de los sueldos y alimentación, como por la necesidad de dedicar el mayor espacio posible a la carga. Solo la provisión de agua suponía ya un serio recorte».

Rodríguez González sostiene también que es falsa la idea de que el Imperio español perdiera en el mar lo que ganó en tierra: «Esa es una visión impuesta por sus enemigos. Pese a todo el valor de los Tercios lo cierto es que para comienzos del XVIII la monarquía española había perdido todas sus posesiones europeas: Italia, Flandes, la herencia de Borgoña, etcétera, sin embargo, mantenía prácticamente todas sus posesiones en ultramar, salvo pequeñas islas del Caribe o zonas que no tenían gran interés para ella, como la costa Este de Norteamérica. Y la emancipación americana a comienzos del siglo XIX se decidió por la voluntad de esos pueblos de ser independientes y fundamentalmente en batallas terrestres, no pasando a ser dominios de otras potencias».

Por cierto que los últimos corsarios españoles actuaron hasta los estertores del Imperio: «Los corsarios desaparecieron no tanto por falta de éxito como por el crecimiento y desarrollo de los estados, que no podían permitir que elementos tan importantes de guerra estuvieran en manos de particulares, sin un estrecho control del estado. Pensemos que solo en la primera mitad del siglo XIX hubo tres oleadas revolucionarias en prácticamente todos los países europeos, las de 1820, 1830 y 1848, por no hablar de otros conflictos civiles. Los corsarios posteriores fueron buques civiles armados para la guerra, pero con mando y tripulación regulares, aunque se dedicaran a atacar igualmente el tráfico mercante del enemigo».


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