Cosas que hemos aprendido tras medio año llevando mascarilla

Dos jóvenes paseando con mascarilla en Barcelona.

Manuela Astasio se casó en Tarragona este 16 de octubre, y a su boda no acudieron ni sus padres ni los de su pareja, Jaime. “Vimos a mis padres en Navidad, en 2019, y desde entonces nada”, cuenta por teléfono a Verne. “Cuando levantaron las restricciones de movilidad en junio todos nuestros amigos aprovecharon para viajar, pero nosotros, con una niña de tres años y con mis padres [en Madrid] en situación de riesgo, decidimos esperar por precaución”, explica. Tenían billetes para reencontrarse en septiembre, pero fue entonces cuando el virus se descontroló de nuevo. “Ya no sabemos cuándo podremos vernos”, dice. “Ellos son muy comprensivos, pero a mí me genera un conflicto: no puedo dejar de pensar que no están viendo crecer a su nieta por nuestras decisiones, aunque crea que son las correctas”.

Astasio, de 34 años, no es la única que se siente así. Laura Carmona, publicista pamplonesa residente en Madrid, recuerda de estas últimas semanas, intentando quedar con amigos, “los apuros, las prisas y malentendidos por cumplir el famoso cupo de seis personas”. Explica a Verne que ha llegado a quedarse voluntariamente fuera de un plan al que estaba invitada después de comprobar en las stories de Instagram que ese cupo de seis personas ya se había rebasado. “Se me parte la cabeza y el pecho en dos por entenderlo. Sabes que lo correcto es lidiar con ello y hacer que lo entiendes, pero somos seres sociales”, cuenta. Carmona también lleva desde Navidad sin ver a su abuela, Carolina, de 95 años.

Durante los últimos meses, decenas de jóvenes han publicado mensajes en redes sociales en los que hablan de sentimientos similares: desde sentir que se están perdiendo algo por evitar situaciones de riesgo a la culpabilidad o la necesidad de tener que dar explicaciones a amigos y familiares por querer seguir las normas sanitarias.

Entre estos mensajes en redes sociales, uno de los que más se ha popularizado ha sido el hilo de Carlos Samitier (@casamitier). En él contaba cómo, tras haber decidido quedarse en Madrid tras las últimas restricciones a la movilidad en la capital, se había visto “buscando justificación a mi decisión” y molesto porque “ante muchos ojos, parezco el pringado que siempre cumple con las normas”. Al hilo han respondido decenas de personas, reconociendo haberse sentido de forma similar en algún momento de la pandemia. ¿Es normal sentirnos mal o culpables por intentar hacer las cosas bien?

Para Amaya Prado, psicóloga educativa y vocal del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, tener esos sentimientos de tristeza o culpa “es normal, como también lo es que en jóvenes esos sentimientos sean más acusados”. Según cuenta Prado por teléfono a Verne, “en la situación en la que nos encontramos es frecuente que choquen, por un lado, el hecho de que tenemos que ser responsables por el bien de todos, con los mensajes que podemos recibir del otro lado: el ‘por qué no sales’, el ‘por qué no has venido a verme’… parte del desarrollo social [de los jóvenes] se produce en la calle, y para ellos más que para ningún otro sector es importante la pertenencia a un grupo”.

Manuel Muñoz López, catedrático de Evaluación y Diagnóstico Psicológico en la Facultad de Psicología y director de la cátedra UCM – Grupo 5 Contra el Estigma, coincide con Prado en que ese sentimiento de culpa o pena es normal, y apunta otras dos causas: el cansancio acumulado y la falta de recompensa social. “Desde las instituciones apenas ha habido una comunicación con los jóvenes, que no tienen ninguna recompensa social por cumplir las recomendaciones sanitarias”, cuenta. “Todos sabemos que, cuanto mejor lo hagamos, antes saldremos de esta, pero también es importante que exista una percepción social del esfuerzo que supone, que se reconozca a nivel institucional”, explica Muñoz.

La cátedra que dirige Muñoz ha sido la encargada de realizar el Estudio longitudinal del impacto psicológico derivado de la Covid-19 en la población española, una investigación para la que se han realizado miles de entrevistas en distintos momentos de la pandemia. “Según el estudio, los jóvenes [de 18 a 30 años] son uno de los grupos más afectados psicológicamente”, explica. La investigación no habla directamente de este sentimiento de tristeza o culpa, pero sí apunta a que los jóvenes son los que más sintomatología depresiva presentan y también los que sienten mayor soledad.

Qué podemos hacer para evitar esa sensación

Para Amaya Prado, una de las claves para evitar los sentimientos de tristeza o culpa es ser comunicativo y practicar la asertividad, la habilidad social para expresar nuestros deseos de manera franca y amable. “En este momento creo que [la asertividad] es la clave: explicar a nuestras amistades de forma clara que tenemos miedo de contagiar a los de nuestro alrededor porque hay personas vulnerables y queremos que esto acabe cuanto antes”, cuenta. “Esta es una situación nueva, y por tanto tenemos que aprender a gestionarla y normalizar este tipo de conversaciones, no pasa nada por decirle a alguien que no queremos que se quite la mascarilla delante de nosotros”, cuenta.

Para Prado, también es importante “mentalizarse de que estamos ayudando, sentirse parte de la solución y que estamos contribuyendo a proteger a tus seres queridos”. Manuel Muñoz coincide, y considera que también se debería incidir en ello desde la comunicación institucional. “Hay que establecer una comunicación específica para los jóvenes, que remarque las consecuencias de no seguir las normas pero que también aliente los mensajes positivos: agradeciendo el esfuerzo y recordando que cuanto más rigurosos seamos, antes terminará todo”. En eso se consuela Laura Carmona, en que cuanto antes termine, antes podrá ver a su abuela. “De momento, lo único que puedo usar es el teléfono y llamarla al fijo, que lo tiene a un metro de donde ella se sienta para ver la tele”, cuenta. “No la veo, pero me la imagino con su pelo blanco de 95 años intentando con más fuerza que yo entenderlo todo”.

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