Cosas que los pobres deberían saber: instrucciones para cuando lo pierdas todo

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No es completamente cierto que se pueda ser pobre sin algunas instrucciones previas. Desde principios del siglo XXI, existe mucha confusión sobre la pobreza, al punto de que cualquiera en este país se ha venido vanagloriando de ser pobre solo porque veía a alguien comprar muchas más cosas que él. La pobreza era principalmente un estado mental, un no afeitarse, el sueño húmedo de la revolución. Ahora que la pobreza se extenderá y haremos muchos telediarios con ella, es hora de saber a qué nos enfrentamos. La pobreza se aprende, sobre todo, queriendo salir de ella. Primera lección: no hay manera de salir de ella.

Entre las aspiraciones de la gente nunca ha estado la de ser pobre, del mismo modo que nadie sueña con ser obrero. Solo han aspirado a ser pobres los ricos, que también son los únicos que, alguna vez, se han calificado a sí mismos de clase obrera. Esto debe quedar claro desde el principio, pues la confusión a que les remito parte justamente de ahí: de la mitificación de la inopia, llevada a cabo por numerosos ciudadanos boyantes, desde la mitad de los miembros de Podemos a un Manu Chao harapiento, pasando por todos esos escritores que probaron a morirse de hambre en una buhardilla. En realidad, ellos eran simplemente ricos que disfrutaban de unos emocionantes cursillos juveniles en los acantilados de la vida.

Hemos de asentar también enseguida que cuando hablamos aquí de pobreza no hablamos de extrema pobreza, de no poder comer, sino de solo poder comer. Esa es la pobreza sutil de la que les hablo, dolorosa y, encima, laboral. Ser pobre va a ser un trabajo, no se crean. La pobreza es la obligación de mantenerse siempre pobre, no acabar de caer, ir tirando y tratar de que nadie lo note. Piensen, por favor, en el hidalgo español. El hidalgo español nos tutelaba desde hace siglos, y ahora sonríe.

Cuando sea pobre, notará de pronto que el mundo no está hecho para gente como usted. Por ello, la primera providencia del pobre es una actitud: no puedo comprar nada y, por lo tanto, no quiero comprar nada. Los escaparates, las marquesinas de los autobuses y las alegrías consumistas ajenas se confabularán contra su obligada austeridad, y durante el primer año (pongamos) realmente le será difícil no hacer gasto. Pero no se preocupe, pasados 12 meses, usted podrá salir a la calle como un fantasma fiduciario, atravesará los escaparates, se volverá invisible y los taxis le parecerán coches blancos tuneados a lo tonto. Esperar el autobús no tendrá secretos para usted. Bajará de casa justo cuando esté llegando.

Tiempo de sobra

Sin embargo, una cosa que hará mucho cuando sea pobre será caminar por la ciudad, cubriendo distancias olímpicas. Le sobra el tiempo, y andar será su forma de filosofar. Hay dinero en la calle tirado, además. Puede encontrarlo. Como es obvio, llevará la misma ropa toda la semana, no porque no tenga otra (si así fuera, usted sería extremadamente pobre) sino porque la poca que tiene la reserva para entrevistas de trabajo, visitas a la familia y fiestas de amigos que, como le ven poco, no saben todavía lo jodido que está usted. En esas fiestas, por ejemplo, comprobará algo muy singular de la pobreza, y es que suele costar más dinero que la bonanza. Así, usted será el que lleve el vino más caro, el jersey dobladito de mejor marca o los pasteles más exquisitos como regalo o aportación a esa fiesta. Precisamente porque no tiene dinero, cuando deba gastarlo en su círculo social, se pasará de frenada, y así se encontrará con que aquel que en efecto gana varios miles de euros al mes aparecerá en todas las fiestas con las manos vacías, y que además eso es lo que debe hacer, pues es lo que entendemos como ‘tener clase’.

La cosa con la pobreza, entonces, es que todo tiene que pagarse, nada sale gratis y además se espera de usted que invite. Los ricos tienen dinero, sí, pero es falso que ‘dinero llame a dinero’, pues lo que sucede es que el dinero posibilita invitaciones, gratuidades, mucho morro. Se olvida la cartera bastantes más veces el que tiene dinero que el que tiene cuatro duros, porque el rico siempre espera que pague otro. Esto es así y debe asumirlo. La pobreza le va a salir carísima.

Para mantenerse pobre, usted va a tener que trabajar mucho. «Cuanto más horrible para el alma es un trabajo, más considerable es el salario; cuanto más horrible es un trabajo para el cuerpo, más reducido es aquel», escribió Leon Bloy hace un siglo. Sigue siendo igual. Cargar cosas, coger cosas, limpiar cosas, mover cosas. Esos son los trabajos de los pobres.

Sin embargo, hay trabajos mejores para usted, si acaso tiene lecturas o talento, una carrera, y todos presentan el mismo salario fijo: cero. Se pueden hacer muchas cosas bonitas, como escribir artículos, diseñar portadas o armar exposiciones, o hacer fotografías o, yo qué sé, bailar o tocar una guitarra. Pero todo gratis. Verá que le ofrecerán mucho trabajo de este en el que no se cobra nada, porque es el trabajo que le gustaría hacer y, por tanto, el hecho de poder hacerlo es en sí mismo un salario. Soñar es un salario, en suma.

Usted no puede ir a comer a un restaurante, pero sí podrá permitirse tomar alcohol y fumar tabaco. Es una ley fundamental de la pobreza: que la vida aún y con todo debe ser disfrutada. Muchos le mirarán mal por gastarse el poco dinero que tiene en emborracharse, pero no deje que su ánimo decaiga. Gastar su escaso parné en portarse mal en lugar de en comer bien le diferencia de los animales. ¿Es usted un hámster encerrado en su ruedita de plástico? No, usted es un ser humano todavía, debe dedicar dinero a hacerse daño.

Comer mal

Comer mal es una de las pocas obligaciones que comporta la pobreza, simplemente porque es el único lujo que puede usted darse. Patatas fritas, refrescos azucarados y bollería industrial. Entregarse a todo ello es su revolución, su cocaína. El gobierno querrá subirle el precio a todo lo que le gusta, porque el gobierno es muy hijo de puta y odia al pobre, y lo quiere sano y chispeante, como los monos en el zoo. Quizá cuando sea pobre se acordará de las quejas por las pizzas que comieron los niños pobres en Madrid, y entenderá por fin lo que significaba. No que se diera comida basura a los niños, sino que existiera siquiera la comida basura. Los ricos odian Telepizza, Primark y el centro comercial. Note que incluso los políticos que dicen defender a los pobres detestan, por sobre todas las cosas, lo popular. Note, por favor, que no hay otro origen de lo popular que la pobreza.

De hecho, todo lo que significa ‘pueblo’ guarda relación con la pobreza.

Poco a poco, según vaya creciendo su veteranía de pobre, notará algunas ventajas aparejadas a su condición, muy pocas, pero una bastante llamativa: la libertad. Así, usted empezará a bajar a comprar tomate frito al chino en pijama, porque ya se la suda todo. ¿Quién puede permitirse ir a comprar en pijama? Usted, que es pobre, y Miley Cyrus porque es Miley Cyrus. No hay más.

«Ser libre es no tener miedo», dijo Nina Simone. ¿Usted de qué puede tener miedo si ya es pobre? Al que le tendrán miedo será a usted, por si va por ahí contagiando su mala fortuna. Aprovéchese del miedo que dará. «Yo una vez fui negro, cuando era pobre», declaró Larry Holmes. Usted ahora es negro y es maricón, exactamente lo contrario que Jorge Javier Vázquez, que simplemente es rico. Los ricos no son maricones. Los ricos son indistinguibles.

Usted, de pobre, será negro, maricón, zorra, de provincias, feo, viejo, gorda, calvo, en fin, lo peorcito, porque ahora sí que será usted distinto, imperdonablemente defectuoso. ¿Creerá que le discriminan? No, porque usted habrá aprendido la lección principal de la pobreza: es lo único que la gente odia de verdad.

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