Cuando Christo y Jean Claude envolvieron el Pont Neuf de París

A las cuatro de la mañana de un 22 de septiembre de hace 35 años, los parisinos pudieron cruzar el puente más antiguo de la…

Fue una obra de arte efímera, polémica y popular: tres millones de visitantes en sus 15 días de existencia a contar desde el 22 de septiembre de 1985. Para empaquetar el Pont Neuf de París se emplearon 40.000 metros cuadrados de lona y 12 toneladas de cables de acero dispuestos por 300 personas en sólo 17 días. Pese a no costar un franco al erario (se autofinanció con la venta de varios cientos de dibujos y croquis), la lucha con la burocracia parisina duró 10 años.

El Centro Pompidou desmenuza la intrahistoria de aquel proyecto titánico en una exposición aplazada por el Covid. Resume los años parisinos, testigos de los primeros pasos balbuceantes de Christo (fallecido en los días agudos de la pandemia) y la aportación de su esposa. Porque envolver en lona el Pont Neuf hubiera sido imposible sin el amor y la complicidad de una pareja de artistas, Christo y Jean Claude, cuyos destinos no parecían llamados a cruzarse.

¿O sí? Ambos habían nacido el mismo día, el 13 de junio de 1935. Christo Vladimirov Javacheff en Bulgaria, hijo del propietario de una fábrica que sería expropiada por el régimen comunista y de la secretaria del director de la escuela de Bellas Artes de Sofía. Jeanne Claude Marie Denat, en Casablanca, en el Marruecos francés. Hija de un comandante y de Précilda Angela Eton Laporte, separados antes de su nacimiento. Su madre se casó en el 47 con Jacques de Guillebon, un general que había participado en la Liberación de París.

Christo estudia Bellas Artes en Bulgaria, donde la formación sigue pautas academicistas del XIX. El régimen obliga a los estudiantes a dedicar sus fines de semana a escenificar el recorrido del Orient Express: «Aconsejabamos a los campesinos dónde instalar la maquinaría agrícola para que luzca contra el horizonte, limpiábamos y ocultábamos las cosas feas y disponíamos balas de heno a lo largo de la vía», confesará el artista en una biografía .

De visita a unos primos de Praga, ve por primera vez una obra de arte moderno y le llega la noticia de la sublevación popular contra el gobierno comunista de Hungría. Estamos en 1957 y Christo huye a Occidente en un tren de mercancías. Alcanza Viena y estudia en la Academia de Bellas Artes. Ese verano, Jeanne Claude se muda a París donde su padre adoptivo es director de la Escuela Politécnica.

Christo pinta retratos para ganarse la vida. Su objetivo es París pero, bien aconsejado, pasa por Ginebra, sede del ente de Naciones Unidas para los refugiados. En Suiza, hace un contacto que le abrirá camino, René Bourgeois, peluquero. Éste le presentará a una celebridad del gremio, Jacques Dessange. Gracias a ellos podrá instalarse en París en una buhardilla prestada. Vivirá de los retratos a las clientas de los peluqueros, Brigitte Bardot entre ellas.

Précilda de Guillebon es clienta de Bourgeois y también se hace retratar por el joven refugiado. Pintará tres. Dos clásicos y uno cubista. Dos firmados Javacheff, rúbrica alimenticia. El tercero con la marca reservada a las obras de creación, Christo. Précilda es una dama de influencias e implicará a su marido en la protección del huido del comunismo. El militar resumió años después: «Le dejamos una buhardilla y acabó llevándose a nuestra hija».

La habitación le servirá de estudio porque el artista se aloja en un apartamento de la Isla de San Luis de la familia Cointreau a los que también ha retratado. Jeanne Claude ha seguido el recorrido de las hijas de buena familia de entonces: baile de debutantes en Versalles, boda con un ingeniero… que termina en divorcio al poco del viaje de novios a Túnez.

Ya estamos a finales de 1959 y Christo y Jean Claude se ven regularmente. El pintor retrata al general, de uniforme y de paisano. En esa época, el pintor pone el despertador a las 6 de la mañana. No quiere que el general, madrugador, le sorprenda de nuevo en la cama de su hija. Casi les pilla en una visita intempestiva de la que el joven salió, desnudo, por la ventana. La pareja se regularizará en 1960, tras el divorcio de ella. «No éramos unos santos» dice a la cámara Jeanne Claude en un vídeo que se proyecta dentro de la exposición Paris! con la que el Centro Pompidou le rinde homenaje. Aplazada por la pandemia del Covid y supervisada desde Nueva York donde residía, Christo no llegó a verla abierta porque falleció el 31 de mayo a punto de cumplir 85 años. Su esposa murió en 2009.

Aquí se muestran los primeros pasos de Christo. Empaqueta figuras y objetos. Pronto sigue con los retratos y llega al plástico que permite jugar con veladuras y transparencias. Y la primera intervención callejera sonada: el muro de 200 bidones de petróleo con los que corta la rue Visconti y que se hace eco del Muro de Berlín. Durará una noche. Y eso que la policía, llamada por los vecinos, no se puso dura. También forrara durante unas horas una de las estatuas de Trocadero.

Por la cabeza del artista empieza a rondar empaquetar un edificio. Pero eso, ¡ay! Requirirá perdir permiso a las autoridades y que te lo den. Christo especula con forrar la Ecole Militare pero el suegro le convence de que no le darán nunca permiso. Será un puente. ¿El de Sant’angello en Roma? ¿El de Alejandro III en París? Descarta este último porque sólo tiene un arco y es demasiado fino.

Será el Pont Neuf, cuya primera piedra puso Enrique III en 1578 y que une las dos riberas del Sena haciendo pie en la punta de la Isla de la Cité. Un puente que cruzan a diario miles de parisinos a pie y en coche. ¿Acaso no lo pintaron Turner, Pisarro o Monet en el XIX? En el siglo XX, él lo envolverá en plástico amarillo claro, el color de la piedra de los monumentos de París.

El proyecto está claro en 1975. Sólo faltan los permisos… y 10 años de peleas con las administracciones. Primer objetivo, el alcalde Jacques Chirac. El suegro conoce a un figura incontestable del gaullismo, Michel Debré. Van a verle. No hará gran cosa porque está enfadado con el alcalde. Pero sí aportará un análisis esencial. Chirac ama la música y el arte asiático, no el moderno. No se opondrá de frente. Pero, si huele que el proyecto puede costarle votos, irá a saco a la contra. Así será.

Van a ver a la viuda de Pompidou, gran coleccionista de arte moderno como el que fuera presidente de la República, que tuvo en su despacho un Christo entre obras de Kandinsky y Giacometti. Contactan con el adjunto de Chirac, que había sido oficial a las órdenes del general. Buenas palabras. Nada que mueva la voluntad de Chirac o disipe sus temores. Pasan años.

La pareja tiene un argumento anti electoralista: se autofinancia y no costará un franco al contribuyente. Pero no lo creen. Además, Chirac y los políticos temen una reacción adversa del público. Así que los artistas hacen campaña. Cenas, encuentros con gente influyente y con los comerciantes de la zona. Con los trabajdores de las obras vecinas. Con estudiantes. Exponen la maqueta. Suman al dueño de La Samaritaine, cuyo gran almacén está al lado del puente nuevo.

El proyecto ha hecho su camino. Jacques Chirac les recibe el 21 de febrero del 82 junto a una chimenea encendida en uno de los majestuosos salones del ayuntamiento. Un video recoge los elogios y el apoyo del primer edil. Fuera de cámara pactan mantener el secreto hasta que pasen las municipales de 1983.

Chirac firma la autorización en agosto de 1984.

Ya sólo falta la autorización de los ministerios de Interior, Cultura, Urbanismo y Vivienda, del Puerto Autónomo de París, de las compañías de gas y de electricidad… El prefecto de París se opone aduciendo problemas de tráfico Chirac duda pero no cambia de opinión en público pensando que el prefecto no dará luz verde.

Jack Lang, ministro de Cultura y el primer ministro Laurent Fabius serán decisivos. Apelan al presidente, el socialista François Mitterrand, que ordena al ministro de Interior, Pierre Joxe, que mande al prefecto dar la última autorización.

El 25 de agosto se empieza a trababar in situ. Los 40.000 m2 de polyamida ignífuga han sido fabricados en Alemania. Quince personas cosen en Francia, siguiendo los minuciosos patrones que Christo ha dibujado para cada arco, cada pilar, cada farola. Todo se va a envolver menos la estatura ecuestre de Enrique IV que preside el conjunto.

La tela será fijada a la estructura del puente (140 metros de largo por 20,5 de ancho) por 11 km de cuerda. En el montaje trabajaron 300 personas, incluidos alpinistas y hombre rana, dirigidos por 12 ingenieros. El amanecer del 22 de septiembre de 1985 los parisinos descubre su puente empaquetado. Miles de personas acuden, cientos de periodistas de todo el mundo lo difunden, se organizan debates in situ. Christo no han dejado nada al hacer. Su servicio de prensa bilingue está presente full time a pie de obra.

Mitterrand, vendrá discretamente. Chirac se da un baño de multitud y le dice a Christo que nunca ha comprendido la oposición de sus consejeros al proyecto. De camino desde el ayuntamiento le había dicho a Françoise de Panafieu, su adjunta para asuntos culturales: «Voy a ser claro. Si es un éxito, será gracias a mí; si es un fracaso, será por tu culpa».

Fue un éxito. Hoy se recuerda como una maravilla de reflejos dorados, una intervención prodigiosa que suscitó el entusiasmo popular. Luego llegaría el embalaje del Reichstag de Berlín en 1995. Christo y Jean Claude idearon 47 empaquetamientos monumentales. Lograron llevar a la práctica, 23. Póstumamente sumarán otra realización. La exposicion del Beaubourg (abierta hasta el 19 de octubre) se cierra con el proyecto de empaquetar el Arco del Triunfo, en azul esta vez. Lo imaginaron en 1962. Está prevista llevarlo a cabo, con el apoyo decisivo del presidente Macron, en otoño de 2021.

Y es que como Christo escribió en una carta a sus padres en febrero de 1960: «En la vida, y sobre todo en el arte, muchas cosas vienen con el tiempo y la fortaleza de llegar hasta el final. Nunca hay que conformarse con las cosas inacabadas».


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