Cuando Tirso de Molina tiene más gracia que Woody Allen

<h2 class="ue-c-article__subheadline">EL POZO SIN FONDO DEL SIGLO DE ORO</h2>"En la comedia, los ojos/ ¿no se deleitan y ven/ mil cosas que hacen que estén/ olvidados…

EL POZO SIN FONDO DEL SIGLO DE ORO

«En la comedia, los ojos/ ¿no se deleitan y ven/ mil cosas que hacen que estén/ olvidados tus enojos?» Eso dice la bella Serafina, vestida (o travestida) de caballero, en El vergonzoso en palacio, la divertida comedia palatina y de enredo de Tirso de Molina (1579-1648), que podemos ver -parece redundancia- en el Teatro de la Comedia. ¡Y claro que se nos olvidan los enojos! Desde luego, la comedia española del Siglo de Oro, la comedia del Barroco español, es un pozo sin fondo, no sólo de inteligencia, imaginación, gracia, ligereza, picardía y, tantas veces, transgresión, sino de esquemas, situaciones y mecanismos que no han dejado de nutrir al teatro universal posterior e, incluso, a la comedia cinematográfica. Enredos amorosos, confusiones y usurpaciones de identidad sexual y de clase y hasta el preceptivo final feliz hollywoodiense ya fue ensayado, con descaro y sin remilgos, en la comedia barroca. Las cuestiones del honor y de la honra obligaban a que los desenlaces, en apariencia al menos, respetaran el orden y el decoro, pero antes ya se habían cruzado las líneas rojas de la moral dominante y se había sugerido la conveniencia o la bondad de que la autoridad de los padres no fuera determinante del destino de los hijos, de que las mujeres gozaran de libertad e iniciativa en el amor o de que campesinos o criados pudieran romper las barreras sociales impuestas por los nobles. La catedrática Rosa Navarro recuerda en su estudio sobre el Siglo de Oro (Breve historia de la literatura española, Alianza Editorial) que Tirso fue censurado y hostigado -y recluido en un monasterio, y amenazado de excomunión- por los «malos incentivos y ejemplos» que ofrecía en sus comedias.

LA COMEDIA DE «EL VERGONZOSO EN PALACIO»

¡Estos curas! Tirso de Molina fue fraile mercedario. Lope de Vega -su maestro-, Agustín Moreto y Pedro Calderón de la Barca fueron sacerdotes. Buena parte de las comedias más alocadas -diríamos hoy- del siglo XVII salieron de las manos y de las plumas de los curas. Lope tuvo una intensa vida amorosa. ¿Dónde aprendían tanto estos curas sobre los lances y requiebros del amor? ¿en los confesonarios o en sus propias vidas? Viendo el estupendo montaje de Natalia Menéndez de El vergonzoso en palacio (1611), con adaptación de Yolanda Pallín, recordé el montaje frenético y divertidísimo de Miguel del Arco de La señora y la criada, de Calderón, en el mismo teatro, no particularmente por afinidades en la puesta en escena, sino por el común material argumental -bodas impuestas, amores imposibles, barullo de roles, vestimentas que confunden, líos entre el mundo de los señores y de los siervos- que era, en definitiva, la fórmula de éxito de la comedia dorada. Las liberales hijas del duque de Avero, Madalena y Serafina -graciosas y arrolladoras Anna Moliner y Lara Grube, respectivamente-, no tendrán que casarse con los nobles que su padre les ha prescrito, sino con sus auténticos y rendidos amores, que también resultarán ser de alta cuna para que todo acabe bien y se pueda bailar a modo. Entre medias, y para demostrar que toda modernidad está ya inventada, Tirso da un toque de metateatro, mete el teatro dentro del teatro y se mete él a dictaminar, con los versos que hemos colocado al principio, sobre la esencia de la comedia. Y con estos otros: «Para el alegre, ¿no hay risa?/ Para el triste, ¿no hay tristeza?/ Para el agudo, ¿agudeza?/ Allí el necio, ¿no se avisa?»

LA CALAMIDAD DE RIFKINS FESTIVAL

¡Dios mío, ni la risa ni la agudeza comparecen un solo segundo en Rifkin’s Festival, la calamitosa última película de Woody Allen! Pero sí hay tristeza, la tristeza de asistir al enorme batacazo de un genio y la tristeza que emana de una comedia dramática en la que, sin excepción, cada escena muere ante nuestros ojos conforme nace. Aunque en la película haya un asomo de enredo amoroso y una presencia del cine dentro del cine, es obvio que no se puede comparar lo incomparable -Tirso y Allen-, pero el caso es que el destino los ha colocado juntos en la cartelera cultural madrileña. Y, además, no hace nada que el ingenio y la levedad de Allen volaban tan alto como los del fraile español. No hablo, no, de las sempiternas obras maestras del neoyorquino, por todos alabadas, sino de varias de sus últimas películas, ya empezadas a cuestionar y denigrar por muchos y que a mí me parecieron estupendas. Hablo de Vicky Cristina Barcelona (2008) -masacrada en España bajo los efectos de un ataque de paletismo-, Si la cosa funciona (2009), A Roma con amor (2012), Magia a la luz de la luna (2014) o Irrational man (2015). Mi gusto por todas ellas me costó serias discusiones con los amigos -todavía más al no tragar yo con Midnight in Paris (2011)-, aunque juntos aplaudimos -¡faltaría más!- Blue Jasmine (2013), Wonder wheel (2017) y Día de lluvia en Nueva York (2019). No creo que los creadores de talento excepcional puedan sufrir una merma repentina al llegar a viejos. Creo más en las circunstancias adversas -las recientes complicaciones en la vida personal de Allen- y, sobre todo, en el caso del cine -arte en el que concurren muchos factores durante mucho tiempo-, en los accidentes catastróficos derivados de un error inicial que nadie enmienda. Rifkins Festival es un accidente.

LA CATÁSTROFE EMPIEZA EN EL GUIÓN

La catástrofe empieza aquí -como casi siempre- en un guión sacado del cajón, reformado a todo correr o improvisado a última hora con tal de hacer una película más. ¿Nadie le dijo a Allen que ese guión no valía? Ni los personajes, ni las situaciones, ni las ideas que puedan emanar de la historia tienen el menor interés. Rifkin, el personaje portavoz de Allen que lleva el hilo, dice reflexionar mucho sobre lo que le está pasando en el Festival de San Sebastián, pero ni Allen nos da el balance de esa reflexión ni vemos que reflexión puede derivarse de que su sexy y ya imposible mujer se líe con un joven cineasta idiota y a él se le haga la boca agua con una imposible joven doctora donostiarra. No hay material, ni situaciones, ni líneas de diálogo para el drama ni para la comedia. La elección del reparto es un desastre sin paliativos con independencia de la valía de cada actor y cada actriz. Ni mezclan bien ni hacen creíble o probable lo que a duras penas se nos cuenta. Los secundarios parecen salidos de una mala película de televisión. La puesta en escena no puede ser más plomiza y perezosa, lo que agrava la inanidad de las situaciones. ¿Dónde está esa alegría de Allen con la cámara? Parece una película pobre, sin tiempo ni dinero -que viene a ser lo mismo- para salir a la calle y ver gente, con la cámara casi siempre contra la pared o aislando a los actores de su entorno. ¿Cómo puede dar Allen el encuentro de Elena Anaya y Wallace Shawn en la consulta en un plano larguísimo, que se va cerrando y que desvitaliza la escena por completo? ¿No había dinero para mostrar una rueda de prensa del festival en condiciones o una proyección con una sala repleta de gente? Es una película que transcurre en un festival sin que se vea el festival. Y que transcurre en una ciudad preciosa -¡mira que teníamos miedo a las postales!- sin que Allen se haya tomado la molestia de pasearse por ella y mostrarla de verdad. Del mismo modo, aquejado por un profundo acceso de pereza -o abatimiento-, ha permitido -o alentado, que es peor- que el gran Vittorio Storaro se despreocupara por completo de dar la auténtica luz de San Sebastián, de modo que en vez de aparecer el norte cantábrico lo que aparece es un pastiche de sur mediterráneo. Y, cómo puede ser que, si Allen quería volver a hacer testamento de su amor al cine de autor europeo clásico, se haya sacado de la manga esos sueños o fantasías en blanco y negro tan pobretones y poco inspirados. ¡Vaya homenaje más patético! Como patético -por falta de consistencia- es todo -casi nada- lo que concierne al estúpido personaje de Louis Garrel, el cineasta-autor de hoy que parece querer desenmascarar Allen. Todo ocurre sin brillo y todo languidece y muere sin gracia ni drama en este tremendo agujero negro que es Rifkin’s Festival. La película tiene una cosa muy buena, excelente, y es su póster, el cartel creado por el ilustrador catalán Jordi Labanda, prometedor augurio de una película colorista, espumosa y pimpante que jamás veremos. Con Rifkin’s Festival no podemos olvidar nuestros enojos.


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