Cuando Van Gogh y Gauguin iban de burdeles

Una exposición en el museo del pintor holandés muestra 40 de las 820 cartas que escribió y apenas mostradas.

«Te vamos a contar algo que te interesará: hemos hecho algunas excursiones a los burdeles y es probable que volvamos a menudo a trabajar». Así alardeaban Vincent van Gogh y su admirado Paul Gauguin sobre cómo mataban el tiempo en Arles, mientras soñaban con crear una comunidad de pintores modernos y utópicos en el sur de Francia. Ambos artistas escribieron estas palabras en una misiva que enviaron en 1888 a su amigo Emile Bernard. Le contaron ilusionados los planes que tramaban desde la emblemática Casa Amarilla de Arles. Un Van Gogh hiperactivo, casi maníaco, desilusionado y confundido, nervioso y deprimido, convirtió la escritura en un salvavidas en el que se desahogaba con palabras, bocetos y dibujos.

El Museo Van Gogh de Ámsterdam ha aprovechado la pandemia para sacar algunas de sus piezas más frágiles, que nunca expone por su delicadeza y sensibilidad a la luz, la temperatura ambiente y el desgaste que podría provocar moverlas. Tu Vincent, con amor es una exposición de 40 de las 820 cartas escritas por el maestro postimpresionista, con una preciosa y cuidada caligrafía, que incluyen detalles inéditos sobre su vida y sus obras. La correspondencia de aquel hombre solitario, en su mayoría enviada a su hermano Theo, es un significativo currículo de sus largas andanzas por Holanda del Sur, Brabante, Drente, Bélgica y el sur de Francia, cuando buscaba encontrarse a sí mismo en algún rincón, entre lienzos y pinceles.

Boceto de 'El campesino sembrando' en una de las cartas de Van Gogh.
Boceto de 'El campesino sembrando' en una de las cartas de Van Gogh.

En ellas, se recogen detalles íntimos y reflexiones curiosas. Van Gogh discute sobre el tamaño de las cabezas de Los comedores de patatas, su cuadro de abril de 1885, que viene dibujado en lo que él mismo llamó un «garabato» en una carta del 9 de ese mes. Le costó ubicar correctamente las «cabezas de las mujeres» de «esos granjeros rodeando un plato de patatas». Le atraían los pescadores de la playa de Scheveningen, un barrio costero de La Haya, que acogía también un comedor social frecuentado por el pintor, un tema recurrente en sus cartas.

Pero no solo habla de arte, también de aquella novia que tuvo, una exprostituta que le dejó abducido, de su necesidad de amor, y de sus problemas financieros. Theo acabó por sustentarlo durante 10 años, a cambio de que le enviara cuadros para que los vendiera en París, donde él ejercía como marchante de arte. «Estas cartas hablan de cosas con las que todos nos sentimos identificados estos días, lo recogen todo, desde la soledad, el amor, la amistad, la necesidad, la depresión, las tensiones», subraya a EL MNDO Nienke Bakker, conservadora del museo, sobre un tesoro que la pinacoteca guardaba en su despensa por miedo al desgaste.

Una de las épocas clave fue el 1888, un año lleno de emociones para Van Gogh. Empezó con un pintor apasionado por construir los cimientos del arte moderno, y terminó con el artista mutilándose el lóbulo de una oreja en vísperas de Navidad. Había perdido la cabeza y era el principio de su decadencia, el comienzo del fin de uno de los artistas más admirados del siglo XIX. Con la vista cansada, una letra apenas inteligible y un documento lleno de tachones, Van Gogh esbozó el 17 de octubre, unos días antes de la llegada de Gauguin a Arles, su dormitorio de muebles de pino, que convertiría luego en su famosa obra La habitación. «Quería expresar tranquilidad absoluta con esos tonos diferentes en los que el único blanco es la pequeña nota que da el espejo de marco negro», relató.

Las misivas están expuestas, hasta el 10 de enero, junto con el trabajo final esbozado en cada una de ellas. Van desde la primera que se conoce, escrita por un Van Gogh de 19 años que disfrutaba de unas prácticas como marchante de arte en La Haya, allá por 1872, hasta dos adquisiciones recientes: la conjunta escrita por Van Gogh y Gauguin (1 noviembre de 1888), por la que este museo pagó 210.600 euros, y la que el pintor escribió el 9 de febrero de 1890 al crítico Albert Aurier, adquirida por casi 108.000.

Boceto de 'La habitación', en las cartas de Van Gogh.
Boceto de 'La habitación', en las cartas de Van Gogh.

Escritas de puño y letra, estas cartas permitieron a expertos en todo el mundo entender lo que pasaba por la mente de un artista único. «También puedo tener prejuicios contra las mujeres que usan vestidos. Mi territorio son más las que visten chaquetas y faldas», escribió el 2 de marzo de 1885 a su hermano, en crítica a las mujeres representadas por el pintor francés Jean-Baptiste Simeon Chardin (1699-1779), influenciado por el estilo neerlandés. «En mi opinión, las respetables damas holandesas como nuestras hermanas realmente carecen, de una forma extraordinaria, del encanto que tienen las francesas. No me parece muy atractivo pintar o pensar sobre la parte supuestamente decente de las mujeres holandeses, pero ciertas sirvientas comunes, por otro lado, son muy chardinescas», añadió el artista.

Después de pelearse con Gauguin, mutilarse la oreja y sufrir una crisis nerviosa que acabó con él ingresado en un manicomio en Saint-Rémy-de-Provence en marzo de 1889, Van Gogh no tiró la toalla. Le pidió a su hermano, en unas palabras escritas en el sobre de otra misiva que acaba de recibir de Theo porque se había quedado sin papel, que le enviara pinceles para poder pintar desde el psiquiátrico porque eso le ayudaría a recuperarse. «Estoy encerrado bajo llave durante días y con guardias en la puerta. Quizás esto no sea más que una cuarentena por la que estoy pasando. ¡Quién sabe!», le dijo, apretando las letras porque se había quedado sin espacio. Van Gogh había sido expulsado de su Casa Amarilla por vecinos asustados de ver cómo había sido capaz de cortarse la oreja. «No soy ningún loco, soy el hermano que ya conoces», le suplicó a Theo.

La vida de Van Gogh, y la muestra de cartas que él nunca imaginó que pasarían a la historia, termina con una misiva del 27 julio de 1890. «Gracias por tu carta de hoy y por el billete de 50 francos que contenía. ¿Por qué insistir en cosas menos importantes, si el negocio va bien, que es lo principal? Pasará seguramente mucho tiempo antes de que pueda hablarte de otros asuntos con la cabeza más calmada», empezó a escribir el artista en la que fue su última carta. Ese tiempo con la mente reposada nunca llegó. Esta misiva la llevaba en el bolsillo el 29, el fatídico día en el que se lo encontraron muerto. Iba dirigida a Theo, su amigo y confidente, y el hermano menor a quien rompió el corazón con su marcha.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

CulturaJosé Manuel Rodríguez Uribes: "Yo no debo fomentar ni recomendar ir a los toros"
ArteDavid Padilla: La mirada de la modernidad
Literatura"Zenobia Camprubí fue el eje en la vida y la obra de Juan Ramón Jiménez"

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *