¿Cuántos cráneos hay en la tumba de Joseph Haynd?

Cuando en 1820 Nicolás II, príncipe de Esterházy al servicio del imperio Austrohúngaro, gran coleccionista de arte y último mecenas del Josep Haydn, ordenó trasladar los restos del compositor de Viena a la Bergkirche de Eisenstadt, la capital de los dominios de los Esterházy y donde su protegido había tocado tantas veces sus misas, el mundo de la música que tanto adoraba al exitoso padre de la sinfonía y del cuarteto se llevó una sorpresa mayúscula al comprobar que en el ataúd del autor de La Creación faltaba nada menos que el cráneo.

No cuesta imaginar por qué. Eran tiempos en que la ciencia partía de premisas aún muy básicas en lo que respecta al estudio del cuerpo humano. Era el caso del científico Franz Joseph Gall, impulsor de la frenología, que estaba convencido de que el intelecto y las habilidades mentales venían definidas por el tamaño, forma y proporciones del cráneo.

A fin de estudiar el cráneo del genio

Un seguidor de la frenología, buen amigo de Haydn, profanó su tumba al poco de su muerte para robar su portentosa cabeza

Uno de sus seguidores, Joseph Carl Rosenbaum, era precisamente un buen amigo del Haydn. De manera que no tuvo inconveniente en acercarse de noche a su tumba –a los cuatro días de haber sido enterrado el compositor– y profanarla junto a su colega Johann Nepomuk Peter para robar su portentosa cabeza. Dejar que se la comieran los bichos y se convirtiera en polvo habría sido un desperdicio. No, había que comprobar si su pabellón auditivo, su músculo de la música, coincidía con la descripción que hacía Gall en su libro.

El cráneo de Haydn lo conservó Rosenbaum como si fuera una reliquia en un gabinete construido con madera de un sarcófago romano y sobre un cojín cubierto con seda y envuelto en satín negro. Como decoración, una lira dorada. Y así lo dispuso en un mausoleo que instaló en su propio patio para que los visitantes pudieran verlo.

La tumba de Haydn
La tumba de Haydn (Wikipedia)

Al descubrirse en 1820 la tumba sin el cráneo, el príncipe montó en cólera y mandó a las autoridades a buscarlo a la casa de Peter y Rosenbaum, pero la esposa de este, quien por cierto cantó en el funeral de Haydn, escondió la calavera debajo del colchón de paja, del que se negó a levantarse alegando que tenía el periodo, argumento que en aquellos tiempos alejaba a los varones como si se hubiera mentado al mismo diablo.

El príncipe Esterházy acabó comprándole –aunque nunca llegó a pagar– la pieza a Rosenbaum, pero el monarca fue burlado: la calavera que se repuso aquel diciembre de 1820 en la tumba de Haydn no pertenecía a los restos del compositor. Poco antes de morir, en 1892, Rosenbaum la devolvió a Peter, quien la conservó hasta que la viuda de este la donó a la medicina en 1839.

… y 145 años después

El cráneo original pasó de mano en mano hasta que fue donado a la Sociedad de Melómanos y no fue hasta 1954 que se reencontró con el resto de sus despojos

Aquí empezó otro largo periplo. Pasó a manos del doctor Karl Haller que se la dio al patólogo Rokitansky, quien la archivó en el Instituto de Patología Anatómica de la Universidad de Viena. Su sucesor, el profesor Kundrat, se la devolvió a los hijos de Rokitansky, quienes la cedieron a la Sociedad de Melómanos, el lugar en el que Rosenbaum había querido que estuviera.

No fue hasta 1954, con el Esterházy de la época detenido en la Hungría comunista, que el verdadero cráneo de Haydn se reunió con el resto de sus restos mortales. Tras una solemne ceremonia en Viena, en presencia del entonces presidente austríaco Theodore Koerner y con la participación del poeta y escultor Gustinus Ambrosi, fue trasladado a la Bergkirche de Eisenstadt, a 40 millas de la capital austriaca, donde volvió a ser enterrado. Habían pasado 145 años desde que el compositor muriera. Pero se dio la circunstancia de que no supieron qué hacer con el otro cráneo. De manera que la tumba contiene, sí, dos calaveras.

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