De James Joyce a Murakami: perdedores y olvidados del Nobel de Literatura

La historia del Nobel de Literatura también es la de los que no lo han ganad.

El Nobel no lo ganó Nabokov, ni Philip Roth, pero sí Winston Churchill. Los españoles (algunos) hicieron campaña para que no se le concediera a Pérez Galdós, más que nada por envidia. Se le otorgó a Bob Dylan quizá para recuperar aire, ruido. Y casi nadie discutió el concedido a Peter Handke, aunque el jurado bien sabía que levantaría polvareda, que de eso se trata. Si no, para qué seguir.

Entre caprichos, componendas y justicia poética, se ha hecho justicia con Vargas Llosa, García Márquez, Faulkner… y se utilizó políticamente cuando le tocó el turno a Boris Pasternak: fue un pulso, se trataba de poner en un brete a la URSS. Resultado: le obligaron a rechazarlo y el autor de Doctor Zhivago murió plantando patatas en una isba, alejado de todos, entre el recelo de su esposa y su verdadero amor, en quien basó la novela.

Ni James Joyce, el gran renovador de la literatura del siglo XX, ni Proust, ni Kafka tuvieron el reconocimiento. Bueno, bastante tuvo el último con que se le publicara, pese a que se empeñó en que no lo hicieran. En cuanto a Proust, si ya André Gide rechazó En busca del tiempo perdido, para qué hablar.

Entre lotería, estrategia y encontrar nuevas voces se dirime la cuestión. El caso de Vicente Aleixandre: ¿fue un modo elegante de reconocer su valía… pero también la Generación del 27? Es sabido que Cela se lo trabajó y bien para lograrlo, lo tuvo claro desde joven y fiel a su lema («Quien resiste gana»), se llevó los dineros, honor y su sueño.

Acordémonos de Albert Camus. Se le dio muy joven, apenas tenía 44 años. No se lo perdonaron. No sólo porque era un pied noir, un francés de Argelia sin estudios universitarios; tampoco tenía el pedigrí de la Escuela Normal y, sobre todo, se había enfrentado al todopoderoso Jean-Paul Sartre. La muerte absurda que sufrió le encumbró y, ojo, su obra, así que muchos tuvieron que tragar.

¿Se acuerdan de Ezra Pound? Fue quien puso en limpio, quien depuró La tierra baldía de su amigo y compatriota T.S. Eliot, pero fue éste, el más gentleman de los ingleses -sin serlo- quien acabó recogiéndolo. El maestro Pound, por su proximidad peligrosa con Mussolini, tuvo otro final: acabó siendo enjaulado en Estados Unidos y volvió a Rapallo para morir en silencio.

Ahí está Haruki Murakami. Siempre a la espera. Con el aval de millones de lectores. Una broma para muchos. (Para otros, un digno corredor de fondo, de maratones; quizá por eso, porque los corredores saben sufrir, aún puede llegar a la meta).

No olvidemos a la rusa, que así se la conoce a Alexievitch: con ella hemos entendido mejor a las mujeres y hombres de a pie que han vivido dramas como Chernóbil o el frío estalinismo que ha sufrido demasiado tiempo un país. Sus crónicas debieran enseñarse en el Bachillerato. Otro gallo nos cantaría.

Pero ha sido Alice Munro, su escritura sencilla y profunda, esa amargura fina, ese fijarse en lo nimio que se agiganta a medida que pasa el tiempo, quizá el premio más estrictamente literario de los últimos años.

Y otro año que no lo gana António Lobo Antunes. Menos mal que él pasa de (casi) todo. Pero sus lectores no lo perdonamos.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

LiteraturaLa poeta estadounidense Louise GlÃŒck gana el Nobel de Literatura 2020
CulturaLas recomendaciones de Mamen Mendizábal: 'El infinito en un junco', 'RGB', 'Veneno' y Anderson Paak
LiteraturaCentenario Benedetti: Serrat escoge su mejor poesía

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *