De lo micro y lo macro en el Botánico. En el caos ordenado de Paula Anta

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Precisamente este año fallecía en abril Robert May, el científico australiano, padre de la teoría del caos aplicada a la Biología. Según sus preceptos, y ante un modelo demográfico que hubiera de explicar cómo se transforma una población cuyo crecimiento debe tener en cuenta la cantidad máxima posible de individuos, él logró dar respuesta mediante ecuaciones al comportamiento caótico y aparentemente azaroso que ocurre en ellos y que buscan, por tanto, el orden en lo impreciso.

En cierta medida, Nudos: topologías de la memoria, el proyecto expositivo de Paula Anta (Madrid, 1977) en el Jardín Botánico –en colaboración con La Fábrica– camina por esta senda. En él, la madrileña, a través de la fotografía, fija su atención en otro tipo de cúmulos, de embrollos de líneas que tiene su origen en la Naturaleza, y que, pese a que pueda parecer lo contrario, tienden a un orden y estructuración lógica.

Tensiones y diálogos

El interés de Anta, artista multidisciplinar y doctora en Bellas Artes, se ha dirigido siempre hacia el paisaje, entendido este como un contructo cultural. Organizado por series, el conjunto que ahora recala en el Pabellón Villanueva del Jardín Botánico supone un giro en su forma habitual de proceder, en la que hasta ahora ha tendido a situar sus propuestas en la Naturaleza y en la Arquitectura para analizar así las tensiones y diálogos que se establecen entre unas y otras.

La artista genera partituras visuales que combinan escalas y modelos (marañas vegetales, disposiciones celulares, paisajes celestes tomados de revistas científicas…)

También este es por primera vez un proyecto a largo plazo: «Durante más de siete años me dediqué a fotografiar acumulaciones de forma obsesiva sin saber con qué fin», confiesa. El tema la tenía tan atrapada que incluso sus amigos y conocidos le hacían llegar fotos de todo tipo de amasijos («de mi propio pelo, de sus venas…»). Curiosamente, hoy se cumple un lustro desde que se doctoró. Durante su investigación universitaria, la autora entró en contacto con los bosques neuronales, otro tipo de «revoltijos» que generan paisajes ordenados en su anarquía.

«Estos procesos acumulativos, que nacen en paisajes tan diversos, parecen caóticos, pero en el fondo, responden a un orden», explica la artista, que en su interés por lo macro y lo micro, repara en cómo estos mapas de líneas, estos batiburrillos orgánicos, también tienen su reflejo en las galaxias, que, en su movimiento, generan otro tipo de dibujos «naturales».

Fragmento de «Faces»

Y desde ellos, y con ellos, la creadora juega al despiste. En la sala, las piezas de gran tamaño no cuelgan de la pared, sino que reposan sobre el suelo, a la espera de un espectador en el que reflejarse y que se reflaje en ellas. Las pequeñas no siempre tienen como referente un modelo también micro, sino que contienen en sus límites clusters o superclusters estelares. Anta se lanza a combinarlas, a generar hallazgos más o menos inesperados con ellas. A que el paisaje de Nodi (tomado durante su estancia en la Academia de España en Roma) se prolongue en la obra contigua, la titulada Knots (porque fue realizada en Inglaterra). Es una de las maneras como su autora apela a que cualquier fragmento forma parte de un todo.

En diferentes idiomas

¿Y se han dado cuenta de que los títulos se recogen en diferentes idiomas? («algunos extraños, porque la serie me ha llevado a Alemania, a India, incluso a Sri Lanka, donde, durante mi luna de miel, no pude resistirme a fotografiar sus paisajes»). Ello es así porque Anta defiende subrayar unas esencias que, en los resultados, se uniformizan. «Lo importante es que lo grande se encuentre con lo pequeño, y al revés. Y ser conscientes de que todos formamos parte de algo más amplio, independientemente del lugar físico en el que nos encontremos».

El recorrido arranca con una obra de gran tamaño (Faces, 2019), resultado de una beca de la Fundación Ankaria, con raíces de los manglares de Senegal. A partir de ahí, la artista genera partituras visuales que combinan escalas y modelos (marañas vegetales, disposiciones celulares, paisajes celestes tomados de revistas científicas…). El soporte para todas estas imprimaciones es el pan de oro, «un elemento básico en la Historia del Arte para representar lo sagrado y universal», cuyos resultados aquí son casi dibujos donde prima lo intemporal.

Todo ello interpela a su vez al paisaje natural que entra por los ventanales del Pabellón Villanueva del Jardín Botánico: «Recuerdo venir aquí con mi madre, cuando ni siquiera sabía que mis intereses artísticos acabarían en la Naturaleza y este lugar me parecía espectacular. Exponer aquí ahora me genera una gran emoción», expresa.

«Neuronal Forest 05»

En su primera versión, el proyecto en el Centro de Arte de Alcobendas también incluía una intervención con materiales naturales de cuatro metros de altura que reproducía un cúmulo vegetal familiar para la creadora, pues esa maraña inabarcable se generó justo delante de la casa de sus padres, en Madrid. «No hace falta irse tan lejos para encontrarse con estas realidades», puntualiza Anta, que deshacía su cima y ordenaba sus materiales en sala guiándose por criterios humanos (disponiéndolos de menor a mayor), diferentes a los que se imponen en la Naturaleza.

«Lo importante es que lo grande se encuentre con lo pequeño, y al revés, Y ser conscientes de que todos formamos parte de algo más amplio, independientemente del lugar en el que nos encontremos»

En el Pabellón Villanueva, el montaje ha prescindido de esa pieza, pero no de una foto de gran tamaño que la homenajea y que es la única que el espectador se encuentra de frente al entrar en él. Metafóricamente, también «interumpe» su paso. «He preferido no contar con la escultura para darle más protagonismo al diálogo que se establece entre lo que sucede dentro y fuera del edificio, entre mis modelos naturales y los árboles y plantas que se distribuyen fuera».

Hace tiempo que el otoño hizo acto de presencia en el Botánico. Las tonalidades resultado de la luz impactando sobre las superficies de Anta compiten con sus colores. Y, en cierta medida, se cumple lo que pronostica: que una cosa es prolongación de la otra. Entonces, en ese caos, encontramos cierto remanso de paz. Todo en orden.

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