Delibes proyecta su alargada sombra en la Biblioteca Nacional

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Hace justo seis meses, iba a inaugurarse la exposición con la que la Biblioteca Nacional de España (BNE) celebraba el genio de uno de los más grandes escritores españoles en el año del centenario de su nacimiento. Pero el estado de alarma por la pandemia, decretado por el Gobierno apenas unos días antes de la apertura de la muestra, frenó en seco la vida como la conocíamos hasta entonces y obligó a cerrar, a cal y canto, las puertas de todas las instituciones culturales, incluida la BNE. Y «Delibes» -así se titula la exposición, pues nuestro autor no necesita más adjetivos que su propio nombre- quedó, como todos los demás, confinado, hibernando, durmiente, esperando paciente, en las silenciosas salas, para reencontrarse, una vez más, con sus lectores. Lectores que, durante todas estas eternas semanas, con sus inacabables días, hemos sobrevivido como los personajes de sus libros, como príncipes destronados de un reino que, en realidad, nunca fue nuestro, entre la angustia de la muerte cercana y la esperanza de que, cada veinticuatro horas, volvía a amanecer.

Pero todo llega, bien lo sabía don Miguel, y el ansiado reencuentro se ha hecho, por fin, realidad en una jornada que, como dijo Ana Santos Aramburo, directora de la BNE, en la presentación de la muestra a los medios, es «un día de alegría y de celebración para la cultura española». Así es. La vida cultural regresa a las calles de nuestro país y lo hace con todas las precauciones, sí, pero de la mano de uno de sus mejores anfitriones, Miguel Delibes. Su hija Elisa, presidenta de la fundación que lleva el nombre de su padre, observaba a los periodistas, atenta y tan tímida como él, y bajo la mascarilla parecía ocultar una sonrisa inmensa, orgullosa. «Es lo máximo que podíamos pedir. Que se ocupe de mi padre un lugar tan emblemático como este… Le han convertido en un clásico. En los diez últimos años -los transcurridos desde su muerte- se ha seguido vendiendo, traduciendo, leyendo… Eso ha sido la guinda, que nos regale esta exposición. Es preciosa. Recoge todas las facetas de mi padre con una austeridad y sobriedad que encajan perfectamente con su carácter, y eso todavía conmueve más».

El pequeño Delibes, en el Colegio de Las Carmelitas de Valladolid, en 1926 – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

Es cierto. En las tres salas que ocupa la muestra, compuesta por 248 obras originales y 30 gráficas, está presente el Delibes escritor, por supuesto, pero también el periodista, el hombre de campo, el marido, el padre de familia, el amigo, el viajero, el fumador… El encargado de tirar de todos esos hilos, de darles coherencia y cohesión, ha sido Jesús Marchamalo, comisario de la muestra más «deseada» de los últimos años en España. «Es una delicida verla por fin», confesaba a sus colegas periodistas. Alguna lágrima se le escapó los días previos, esos en los que pudo recorrer en soledad los rincones de «Delibes», pendiente de los últimos flecos. Una emoción que se contagia, sin miedo al rubor, nada más entrar en la primera sala, dedicada al aspecto más biográfico de Miguel Delibes Setién (1920-2010) y presidida por una fotografía en la que el escritor, con un gesto reconocible, mantiene una mirada pícara y hasta traviesa. Es ese el secreto de la muestra. No esperen solemnidad, sino la oportunidad, el privilegio, casi, de descubrir al Delibes más sorprendente y desconocido.

Hombre familiar

Las primeras imágenes se detienen en su familia. Era el tercero de los ocho hijos que tuvieron Adolfo y María. «Los Delibes eran especiales», sostiene Marchamalo. Lo siguen siendo, y aunque en esa fotografía de los tres hermanos pequeños en la playa de Suances todos nos vemos reflejados, sólo ellos tuvieron como abuelo Fréderic Delibes Roux, sobrino lejano del compositor Léo Delibes. Fue él quien les inculcó a todos, sobre todo a su nieto Miguel, el amor por el aire libre. «El agua está tan fría en Sedano que uno sólo puede tirarse de golpe», escribió Delibes en el reverso de una de las fotografías más divertidas de la muestra, donde se le ve tirándose a la piscina tapándose la nariz, una manía que intentó trasladar a sus hijos y que mantuvo hasta el final de su vida.

En esta máquina de escribir Hermes Baby, que su mujer le regaló el día de su boda, escribió Delibes sus primeros libros y artículos – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

Esa vida que, en lo literario, empezó para él cuando conoció a la que, poco después, sería su mujer, Ángeles de Castro. El retrato que de ella hizo Eduardo García Benito, sacado de la casa familiar, está al lado de la Hermes Baby en la que Delibes escribió sus primeros artículos y libros. «Tuvo algo de premonitorio que mi novia me regalara aquel día -de su boda- una máquina de escribir, y que fuera precisamente el Día del Libro, en un momento en que no se me había pasado por la cabeza ser escritor», confesó en su momento. Con Ángeles empezó a leer a Pushkin, a Chéjov… «Lo he comprado hoy con Miguel, a ver si nos gusta», se lee en una nota de los muchos libros con los que, juntos, construyeron su biblioteca.

La mesa donde escribía Miguel Delibes, con el retrato de su mujer, Ángeles de Castro, pintado por Eduardo García Benito – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

Días menos felices fueron los de la Guerra Civil. Temeroso de que le llamaran para combatir, Delibes se alistó como marino, aunque, a juzgar por la fotografía que le hicieron en el crucero «Canarias», no se sentía demasiado cómodo con el uniforme. Pasado el trago, Delibes se sacó la cátedra de Derecho Mercantil, siendo el primer catedrático que iba a trabajar, feliz, a juzgar por las imágenes de la exposición, en bicicleta. Eso, por la mañana. Por la tarde se entregaba al periodismo en «El Norte de Castilla», el periódico de Vocento en el que empezó y del que llegó a ser director librando una dura batalla contra la censura. Carlos Aganzo, que estuvo al frente de este diario entre 2009 y 2018, encontró en el archivo del mismo ocho o nueve plumillas, hasta ahora inéditas, que reflejan al Delibes caricaturista y son uno de los pequeños tesoros de la muestra.

Delibes era un gran defensor de la caza apegada al mundo rural – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

Seguimos caminando y nos topamos con el Delibes cazador, defensor de la caza apegada al mundo rural, sostenible, en esas estampas en las que, con su perro y su escopeta, iba en busca de perdices tan esquivas que la mayoría de veces volvía con el morral vacío. En las numerosas vitrinas, llama la atención su ajado libro de identificación de aves, una de sus grandes pasiones, y motivo de «disputa» con sus compañeros académicos. Cuenta la leyenda que Delibes, que entró en la RAE en 1975, dejó de ir a los plenos de los jueves porque se molestó cuando le dijeron que se olvidara de aquello de meter en el Diccionario las voces de todo tipo de aves que tenía apuntadas en una cuartilla que siempre llevaba consigo a la Magna Casa.

Delibes y su mujer, Ángeles de Castro, en 1945 – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

La primera parte del recorrido se cierra con la concesión del premio Nadal, que ganó en 1947 por «La sombra del ciprés es alargada». En la vitrina, un álbum de recortes hoy en día impensables: los teletipos que llegaron a la redacción de «El Norte de Castilla» con el nombre, primero, de los finalistas y, después, del ganador -cables que el propio Delibes recogió, tembloroso, y después leyó en alto en la redacción- y el telegrama en el que Destino le solicitaba una fotografía y una pequeña biografía.

El manuscrito de «Los santos inocentes», con correcciones y anotaciones – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

En la segunda sala, donde se pueden ver los manuscritos de «El camino» (1950), «Las ratas» (1962), «Cinco horas con Mario» (1966), «El príncipe destronado» (1973), «Los santos inocentes» (1981) y «El hereje» (1998) mientras el actor José Coronado lee la primera página de cada una de ellas, abruma encontrarse con la majestuosa mesa de madera en la que Delibes escribía, siempre a mano y en papel de cuartilla de periódico (le cortaban el papel sobrante de la bobina de «El Norte de Castilla»). Allí se ven reflejadas horas y horas de escritura: huellas de vasos, manchas de tinta, quemaduras de cigarro…

Mágica unión

Y, como cierre, la sala que evidencia la mágica unión que Delibes logró establecer entre vida y literatura. En ella, la fotografía que le tomó Alberto Schommer en 1993 parece observar todo lo contenido en las vitrinas. Esa fotografía, en blanco y negro, en la que un joven Delibes con el cigarro en la boca parece salido de una película de Vittorio De Sica; las imágenes, de Hamburgo a París, que reflejan que, durante una etapa de su vida, fue un gran viajero, testigo de la Primavera de Praga, profesor invitado de la Universidad de Maryland (Estados Unidos). Su lucha infatigable contra la censura, que padeció tanto en su oficio periodístico como literario y que le obligó a retirar una hoja de «El príncipe destronado» con la edición ya encuadernada, por lo que tuvo que encolar a mano otra en cada ejemplar (donde originalmente se leía «Qué jodío chico. No piensa más que en matar, parece un general», finalmente se quedó: «Qué jodío chico. No piensa más que en matar, parece qué sé yo», según refleja el informe de la censura).

Su pasión por Castilla (le encantaba ir por los pueblos y a veces grababa a sus vecinos con ánimo de que ciertos vocablos no se perdieran) y por sus amigos, a los que mandaba cartas frecuentes (se muestran algunas de las que recibió de Ana María Matute, Carmen Laforet o Camilo José Cela) y entre quienes estaban escritores coetáneos como Carmen Martín Gaite y más veterano como Rosa Chacel o Jorge Guillén.

Delibes, con su amiga Carmen Martín Gaite – ARCHIVO MIGUEL DELIBES

Su relación con el teatro, con los carteles de sus numerosas adaptaciones, desde la icónica «Cinco horas con Mario» protagonizada por Lola Herrera. La suerte que tuvo con el cine (en las fotografías del rodaje de «Los santos inocentes» junto con Paco Rabal se le ve feliz), del que era un apasionado (escribió los diálogos del roblaje al castellano de «Doctor Zhivago») . Y los premios: el de la Crítica, el Nacional de Narrativa, el Príncipe de Asturias de las Letras (en la imagen se le ve sonriente, recibiendo el galardon del entonces Príncipe Felipe, y todo porque sabía que no tenía que hablar), el Nacional de las Letras, el Cervantes (aquel día, su hijo Miguel llevaba una copia de su discurso en el bolsillo por si su padre se ponía nervioso y debía subir él a leerlo)… El final del recorrido lo marca uno de los retratos más conocidos de Delibes, obra del pintor cubano John Ulbricht. Siempre ocupó un lugar privilegiado en el salón de su casa, que es en lo que ahora se ha convertido la Biblioteca Nacional.

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