Descubren una tumba de un niño enterrado con su perro en la Galia romana hace 2.000 años

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En una excavación preventiva del aeropuerto de Clermont-Ferrand en el centro de Francia, un equipo de arqueólogos ha descubierto un entierro «excepcional» con los restos de un niño de 2.000 años de antigüedad junto a ofrendas de animales y lo que parece haber sido su mascota: un cachorro de perro.

Tras el análisis de los restos del hallazgo, que se ha producido en los márgenes de un asentamiento galo-romano, los especialistas han determinado que pertenecen a un niño de apenas un año de edad que murió durante la época augusto-tiberiana, es decir, en lastres décadas posteriores al nacimiento de Jesucristo.

A los pies del pequeño, un cachorro con un collar adornado con unos quince apliques de bronce y una campana. Y otro resto conmovedor: un diente de leche de un niño mayor, que los arqueólogos indican podría haber pertenecido al hermano del fallecido. Además, varios efectos personales acompañaron al niño en el sepulcro: una especie de alfiler ornamental de cobre usado para sujetar una mortaja y un pequeño aro de hierro asociado a una varilla de metal. Un juego «que existía en ese momento pero que no había sido descubierto antes en un entierro», ha afirmado a AFP Laurence Lautier, al frente de las excavaciones.

Banquete fúnebre

Numerosas vasijas y depósitos de carne acompañaron al joven fallecido en su tumba. – Denis Gliksman, Inrap

Fue enterrado en un ataúd de 80 cm, cuya madera no se conserva, que se se colocó en un foso más grande (2 metros de largo por 1 metro de ancho) donde se depositaron una gran cantidad de objetos. Esta tumba es «atípica en lo que respecta a la profusión de vasijas y ofrendas funerarios. En este tipo de enterramientos solemos encontrar una o dos vasijas colocadas a los pies. Aquí hay una veintena, además de abundantes depósitos de alimentos», de acuerdo con esta arqueóloga.

Los especialistas indican que las vasijas debían contener alimentos y bebidas relacionados con el banquete fúnebre y representaban la porción destinada al pequeño fallecido. Algunos recipientes en miniatura parecen haber sido destinados a productos cosméticos o medicinales.

Los adultos en la Galia romana eran incinerados, pero los niños solían ser enterrados fuera de la necrópolis, en la propiedad familiar, lo que sugiere que existía una villa considerable cerca. «Tanta profusión de vasijas y objetos sacrificados, así como los efectos personales que acompañaron al niño en la tumba, subrayan el rango privilegiado al que pertenecía su familia. La asociación de un perro con un niño pequeño está bien documentada en el contexto de un funeral, lo inédito es que lleve el collar y la campana», ha apostillado la especialista.

Denis Gliksman, Inrap

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