«Disonata»: mirar con los oídos, oír con los ojos

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Mirar con los oídos. Oír con los ojos. Este ejercicio de sinestesia bien puede servirnos como anillo (conceptual) al dedo para analizar un fenómeno, surgido ya a finales del siglo XIX, como es el de la experimentación sonora, que iría cobrando vigencia y pertinencia a partir de entonces. A medida que la música reglada liberaba ataduras de sus códigos inherentes, el universo de los sonidos se iba contaminando a su vez de ciertas posibilidades expresivas que, en numerosas ocasiones, se adentraban en nuevos espacios sensoriales y plásticos.

Primeros impulsos

Disonata. Arte en sonido hasta 1980 se imbrica plenamente en este específico territorio de creación, un ámbito que requiere todavía de muchos y eficaces impulsos de revisión, análisis y estudio. Precisamente en ese sentido, la muestra forma parte de un programa expositivo de mayor aliento, auspiciado por el propio Museo Reina Sofía, con el loable –y necesario– objetivo de mostrar y demostrar distintos nexos de interconexión entre las artes plásticas y el sonido. Así, esta propuesta supone un hito más en el esfuerzo desplegado por esta institución para ofrecer una panorámica amplia y de conjunto sobre ese fenómeno creativo.

Uno de los espacios más interesantes de este proyecto es una maqueta que reproduce el Pabellón Philips, realizado por Le Corbusier y Iannis Xenakis para la Exposición Universal de Bruselas de 1958

De esta forma, en breve se va a inaugurar también otra muestra, Audiosfera. Experimentación sonora 1980-2020 (desde el 14 de octubre), que tomará el relevo cronológico y conceptual de Disonata, o la representación sonora del Niño de Elche –una figura cuando menos peculiar y ciertamente controvertida dentro de nuestro Planeta Arte– a partir del trabajo de Val del Omar, uno de los principales activos del cine experimental y de vanguardia en España. Igualmente podríamos incluir dentro de esta voluntad el reciente concierto de Llorenç Barber o el ciclo de música experimental Archipiélago, finalizado hace poco. Con todos estos mimbres, nuestro museo nacional acabará por tejer un interesante y atractivo mapa de las igualmente interesantes y atractivas –y siempre pertinentes– relaciones entre plástica y sonido.

«Economía musical 5», de Robert Fillou

La exposición cuenta con cerca de doscientas obras, de muy distintas técnicas y lenguajes, entre otras, grabaciones, instrumentos y objetos, pinturas, esculturas, maquetas, partituras, textos, fotos, películas y distintos documentos, pertenecientes a creadores no menos diversos como poetas, músicos visionarios, artistas visuales, arquitectos o incluso ingenieros, y se articula de acuerdo a un criterio fundamentalmente cronológico, partiendo de las primeras vanguardias hasta llegar al inicio de la posmodernidad en los años 80.

Esta propuesta supone un hito más en el esfuerzo desplegado por esta institución para ofrecer una panorámica amplia y de conjunto sobre ese fenómeno creativo

El espectador recibe la bienvenida con una serie de piezas emblemáticas de estas primeras investigaciones sonoras. Una réplica del Intonarumori del futurista Luigi Russolo, artefacto ideado para producir distintos tipos de ruidos a base de explosiones, gritos o rugidos, sirve de aperitivo para todo lo que vendrá a continuación. Es una lástima que no pueda ser operado regularmente, lo que le resta cierto encanto. Otras obras bien conocidas, como Erratum Musical, de Duchamp, o el Objeto indestructible, de Man Ray, completan esta primera parada.

Ese mismo espectador –al que recomiendo que adopte una relajada y receptiva actitud de flâneur– se encontrará a continuación con uno de los espacios más interesantes de este proyecto. Una maqueta que reproduce el Pabellón Philips, realizado por Le Corbusier y Iannis Xenakis para la Exposición Universal de Bruselas de 1958, que servía de espléndido envoltorio para Poême électronique, obra de expansión sensorial creada por el propio arquitecto suizo, junto a una pieza sonora de Edgar Varèse, que combinaba diferentes efectos de luz, color, ritmo, imagen y sonido.

Otro acierto

El magnetófono, que hoy día podemos contemplar con melancólica simpatía paternalista como un artefacto vetusto y prototecnológico, sirvió a muchos creadores –pienso en el letrista Isidore Issou o en los COBRA Appel y Jorn– para sus experimentaciones. Otro de los aciertos de la muestra es presentar las sinergias entre determinadas estructuras escultóricas y tridimensionales y la aparente intangibilidad de lo sonoro, ejemplificadas en obras de Calder, Tinguely o Dieter Roth.

No podía faltar en estas experiencias, tan vinculadas al arte conceptual, una sala dedicada a Fluxus, a través de algunos de sus principales miembros y colaboradores. Así, podemos ver –y oír– trabajos de autores tan referenciales como John Cage, uno de los grandes gurúes del arte sonoro, George Brecht, La Monte Young o Robert Filliou, con su lúdica instalación Musical Economy No. 5. Del mismo modo, están presentes obras de los principales representantes del Grupo Zaj, una versión de Fluxus «a la española», como Juan Hidalgo, Marchetti o Esther Ferrer.

Los años 70 y 80 están igualmente bien personificados por creadores como Hanne Darboven, Elena Asins, Ulises Carrión, o, ya posteriormente, Dan Graham y Raymond Pettibon.

Y para terminar su caminata sonora, a nuestro espectador-flâneur le aguardan todavía dos agradables sorpresas finales: los vídeos de Ronald Nameth de las Exploding Plastic Inevitable, del también inevitable Andy Warhol, y, sobre todo, Atomic Alphabet, una inquietante y sorprendente obra sonora de Chris Burden. No hagan oídos sordos a esta interesante exposición, por favor.

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