Don DeLillo: “Un gran apagón digital es algo perfectamente posible”

El mundo es un lugar injusto: hay hambre, pandemias, guerras… y Don DeLillo (Nueva York, 1936) no gana el Nobel de Literatura. Ahora, el autor de obras como Ruido de fondo (1985), Libra (1988), Submundo (1997) o El hombre del salto (2007), en un ejercicio de minimalismo, ha puesto a la venta El silencio (ya en castellano en Seix Barral, a partir del 4 de noviembre en catalán en Edicions 62), una novela de tan solo 112 páginas en la que Estados Unidos se queda sin energía (ni luz, ni móviles ni internet) justo la noche de la final de la Superbowl del año 2022. ¿Quién habrá sido?

Todo se centra en cinco personajes: en un apartamento de Manhattan están la profesora de física jubilada Diane Lucas, su marido Max Stenner (apostador e inspector de edificios) y un ex alumno de ella, Martin Dekker, especialista en la teoría de la relatividad. Frente al televisor en blanco, esperan la llegada de otro matrimonio amigo, Jim y Tessa, que venían de París. Si Harold Pinter escribiera distopías, lo haría como DeLillo, gran transmisor de sensaciones paranoicas y conspiradoras pero sin olvidar los lazos afectivos y la comunicación entre personas. Al otro lado del teléfono, se oye su voz desgastada, pero por motivos naturales.

Don DeLillo en una fotografía de archivo
Don DeLillo en una fotografía de archivo (Àlex Garcia)

¿Dónde se encuentra?

En Nueva York, en mi casa.

Usted escribió este libro antes de la pandemia de coronavirus, pero ahora se lee de una manera distinta ¿no?

Es muy posible. Pasé mucho tiempo escribiéndola, desde principios del 2018 hasta marzo de este año. Le podría decir que fue por otras razones, pero se debe básicamente a que soy cada vez más viejo y más lento. Cuando se la entregué a mi editor en EE.UU., Scribner, quiso sacarla a la calle lo antes posible, en un mes, pero el virus lo impidió. En el libro la gente se encierra en casa también.

¿Cuál fue su primera idea acerca de El silencio?

La primera idea me vino volando. Estaba sentado en un avión de pasajeros, que hacía el trayecto París-Nueva York. Yo miraba fijamente, con gran interés, la pantallita con todos los datos del vuelo: altura de la nave, kilómetros hasta el destino, velocidad, altitud, temperatura, hora en Nueva York… Empecé a tomar notas de esas informaciones, no me pregunte por qué, como si fueran realmente importantes. Me fascinaba la atracción que ejercía esa pantallita sobre los pasajeros, ¿por qué nos sentíamos impelidos a mirarla? ¿Qué pasaría si, de repente, falla el sistema? ¿Y si fuera solo una pantalla blanca? Todo el primer capítulo de la novela viene de ese momento que viví, aunque el aterrizaje forzoso me lo invento.

Cosmópolis (2003) sucede en el interior de un coche. Uno piensa, al empezar a leerle ahora, que a lo mejor nos va a tener toda la novela encerrados en el avión… ¿Le gusta narrar desde dentro de vehículos?

Cosmópolis es un viaje a través de la ciudad en limusina por un multimillonario que va a cortarse el pelo y sucede todo en un día, un día normal. Hay algo en común entre las dos novelas, como usted sugiere. El silencio sucede también en un día. Diría que el planteamiento ahora es más inquietante, se extiende a la noche, cuando la ciudad, y probablemente el mundo, se quedan a oscuras. La comunicación tecnológica desaparece simplemente, se caen los móviles, todo. Nos quedamos sin nuestras comodidades habituales: no tenemos luz en casa, la cocina no funciona… La gente tiene que vivir sin todas las ventajas que hoy damos por supuestas, una hora tras otra hora, y se hace difícil.

¿Qué pasaría si, de repente, falla el sistema? ¿Y si fuera todo solo una pantalla blanca?”

Es una novela sobre la comunicación pero también sobre el lenguaje, porque la catástrofe afecta a cómo hablan los personajes y a su conducta.

A la manera en que hablan a los demás. Se ha cortado la comunicación a distancia, no pueden llamar, no pueden pedir información ni solicitar ayuda. Están acostumbrados a mirar las pantallas antes de opinar. La tecnología ha cambiado el modo en que pensamos.

Max, como un medium, capta una onda de lo que sucede en el campo de deporte y se pone a retransmitir el partido…

Fue interesante escribir eso. El lenguaje deportivo del fútbol americano es mi segunda lengua, soy de los New York Giants, un equipo terrible. La Superbowl es un ritual que une a los amigos, que nos hace socializar cuando quedamos en casa para verla. Si ya ahora nos impresiona ver las gradas vacías ¿qué pasaría si no llega a haber ni transmisión ni noticias? ¿Se está jugando y no lo vemos? ¿O se han quedado también a oscuras? ¿Y de qué hablamos con los amigos con la pantalla del televisor en blanco? Forzosamente, no de lo mismo, no de igual modo.

¿Cómo?

Por ejemplo, Martin adopta un tono moral, como si fuera una conversación abierta en la clase. Todos hablamos de una forma determinada previamente, cada frase encaja en unos moldes.

¿Investigó sobre física cuántica?

Sí, mucho sobre Albert Einstein. Tengo una copia de sus manuscritos de 1912 en alemán sobre la teoría de la relatividad. La mayor parte del texto es demasiado técnico como para poder ser comprendido por mí, pero lo pude entender algo mejor en la traducción al inglés. Leí un montón de libros sobre él, biografías, me fascinó el personaje y sus teorías están en la novela.

Mi relación con la tecnología es filosófica, no empírica. No tengo móvil, ni email ni miro internet”

El silencio es como una novela de 500 páginas condensada en 112, ¿no cree? Uno se imagina la vida previa de los personajes, la de Martin en la universidad como alumno de Diane, por ejemplo.

Está muy condensada, sí. No lo planeé, simplemente sucedió, solo seguí mi instinto, disfrutando, enlazando frases y teniendo muy en cuenta la relación visual entre las palabras en la página.

¿Perdón?

Las letras que hay en cada palabra, las palabras que hay en cada frase. ¿Cómo quedan visualmente? Las miro como un pintor a su lienzo. Es un ejercicio que llevé al extremo en mi novela Los nombres (1982), donde me forcé a un número limitado de palabras por página, porque solo había un párrafo por página y eso me permitía pensar más claramente y otorgaba más profundidad al conjunto. Sigo escribiendo a máquina en la misma vieja Olympia que compré de segunda mano en 1975 e, incluso en una novela corta como El silencio, numero cada folio.

¿Una Olympia? Ejem, ¿cuál es su relación con la tecnología?

Digamos que mi relación con la tecnología es básicamente filosófica, no empírica. Le estoy hablando desde un teléfono fijo muy antiguo, no tengo móvil, ni email ni miro internet, mi mujer sí hace todo eso. Yo doy largos paseos por la calle, porque me gusta que mi pensamiento siga funcionando del modo tradicional. Pero, aunque no utilice esas herramientas, sí estoy atento a su funcionamiento y efectos, son parte de lo que sucede y me interesan.

Todo sucede en el 2022, casi el presente. ¿Le parece posible un apagón así en EE.UU.?

Puede suceder, perfectamente. Es una posibilidad, aunque no he pretendido hacer ninguna predicción. Tenemos ya problemas locales serios en las comunicaciones y suministros, a veces hay apagones en muchos lugares, en estados casi completos, ignoro si sería posible a escala de todo el país. ¿Por qué no?

Escribir es la actividad más placentera que conozco, con intensas iluminaciones”

Diane, Martin y Max forman un curioso triángulo.

Han estado casados mucho tiempo pero no entienden al otro, no se han mirado, realmente no existe una comunicación auténtica, sincera, clara, entre ellos. Disfruté metiéndoles un chico joven por ahí. Luego está la otra pareja, muy estilosa, que viaja en business class de una ciudad del mundo a otra, Tessa y Jim Kripps. Jim es el único personaje al que mantengo el nombre que tiene en la realidad, los otros los he cambiado.

¿Diane y Max viven en su barrio?

No muy lejos. Son ficciones, pero…¿se imagina que no hiciera otra cosa que escribir sobre mis vecinos?

¿Sigue experimentando en las novelas?

Intento que cada libro sea distinto. Esta novela no se parece a las que he escrito antes, seguramente tampoco a ninguna otra de las que se encuentran en la librería. El cuerpo del artista es el mismo, pero en términos de lenguaje es una obra distinta. No sé, cuando trabajo en una novela, trato sobre todo de pasar un buen rato, disfrutar. Es la actividad más placentera que conozco, con intensas iluminaciones.

¿Recuerda cómo se hizo escritor?

Perfectamente. Yo quería serlo, era una aspiración juvenil, pero me costó mucho arrancar, no tenía claro que lo fuera a conseguir. Mi primera novela, Americana (1971), se eternizaba, no me salía, fue solamente cuando llevaba dos años escribiéndola que me di cuenta de que saldría adelante, de que iba a poder ser un escritor, incluso aunque nadie me publicara aquel libro, yo sentí internamente que iba a seguir escribiendo. Fui muy afortunado porque el primer editor al que se la enseñé decidió contratarla. Desde entonces, si no me he descontado, llevo ya diecisiete novelas.

¿En qué trabaja?

Estoy centrado en conceder entrevistas, eso ocupa todo mi tiempo. ¿Lo hago bien?

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