Dudamel en el Liceo: buenas intenciones a precio de oro

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«Il Trovatore» Música: Verdi. Intérpretes: R. Willis-Sørensen, Y. Eyvazov, L. Tézier, O. von der Damerau. Orq y coro del Gran Teatro del Liceo. Gustavo Dudamel, director. Fecha; 1 de octubre. Lugar: Gran Teatro del Liceo, Barcelona.

Las malditas expectativas. Antes del verano, el Liceo anunció que la primera ópera que se escucharía entera tras el confinamiento sería «Il trovatore» de Verdi, en versión de concierto, con Anna Netrebko, la más reverenciada de las divas del momento. Ya en septiembre, el coliseo barcelonés logró otra proeza: fichar para la ocasión al director Gustavo Dudamel, propiciándose así el primer encuentro entre el director estrella y la carismática cantante en un escenario. Todo iba bien hasta que Netrebko -que, fiel a las directrices de gobierno ruso, se negaba a llevar mascarilla- contrajo el coronavirus y anunció que tendría que cancelar la cita.

La expectación, pues, se centró en Dudamel. Al fin y al cabo, que el director más mediático haya debutado en el Liceo, con la orquesta del propio teatro y estrenándose en la partitura de Verdi no es, en ningún caso, un tema menor. Dudamel repartió carisma como sólo él sabe y se hizo suya la orquesta y el coro, de los que sacó oro pese a que los cantantes tuvieron que ir con la mascarilla puesta en todo momento. Sonoridades ricas, impactantes, y tempos personalísimos fueron la tónica dominante en una velada en la que también se reveló como un genial director de voces. Resultado brillante, pues, del maestro que, aun debutando en la plaza y con esta obra, demostró un encomiable dominio de la situación.

No puede decirse lo mismo de la elegida para sustituir a Netrebko. Rachel Willis-Sørensen hizo una lectura correcta de su personaje de Leonora, pero nada más. Con la vista pegada a la partitura en todo momento, su canto habría sido un excelente ejercicio de fin de carrera y le habría permitido ganar un galardón de prestigio como Operalia, con el que se hizo en 2014. Desafortunadamente, hacer música en un escenario como el del Liceo exige más, y aun acertando todas las notas quedó en evidencia que le queda camino por recorrer.

El triunfador de la noche fue el galo Ludovic Tézier, con un Conde de Luna impecable, oro puro. Aplausos unánimes para él, que tuvo la cortesía de devolver al público, reconociendo así el esfuerzo de los presentes para lidiar con las ya conocidas medidas de seguridad. A su lado, Okka von der Damerau dibujó una Azucena potente, llena de dramatismo y oscuridad. No desmereció en absoluto la voz de Mercedes Gancedo, no tan reconocida aún pero cada vez más valorada en el Liceo.

Como es sabido, Netrebko impone como protagonista a su marido, el tenor Yusif Eyvazov, que de otra manera no habría logrado pisar escenarios tan insignes. Cuando está a su lado, puede pasar como un mal menor, pero el verdadero problema llega si ella cancela y él canta igualmente, como fue el caso. Hay que reconocerle el esfuerzo que ha hecho en los últimos años, y que defendió un «Di quella pira» meritorio, pero poco más.

Fue una velada que se esperaba memorable y que quedó algo demediada, con muy buenas intenciones y destellos de genialidad que se pagaron, eso sí, a entre 36 y 350 euros cada butaca.

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