Duelo de titanes entre el gran Houdini y la célebre médium Mina Crandon

La fama del ilusionista y escapista Harry Houdini ha llegado hasta nuestro días. Con razón: porque nadie, ni siquiera Uri Geller, ha llegado a superar sus proezas. Nacido en Budapest en 1874 hijo de un rabino, Erich Weisz no sólo se reinventó en Estados Unidos como Houdini, sino que conquistó el mundo entero con sus extraordinarias habilidades de mago. Lo podían meter en una camisa de fuerza y sumergirlo de esta guisa en una tinaja sellada llena de leche, sólo para que, después de una tan prolongada como angustiosa espera volviera a aparecer… ¡tachán!… el gran Houdini ante la atónita mirada del público. No había prisión o lugar alguno del que no era capaz de escapar. Sus números no sólo resultaban inexplicables, sino que revestían un elemento se diría que sobrenatural.

Tan bueno era Houdini en lo suyo, que le costaba bien poco desvelar los facilones trucos de sus esforzados rivales profesionales, y solía mostrarse inclemente a la hora de desenmascarar a un impostor. Al tiempo que se extendía su fama, crecía en él un vivo interés en todo lo arcano, que es lo que le llevaría a conocer a la señora Mina Crandon, una médium bostoniana tan convincente que, en sus movidas sesiones de espiritismo, llegó a engañar a más de un incrédulo profesor de la Universidad de Harvard.

Mina no sólo poseía dotes naturales de médium sino que era una aranera nata de mucho cuidado

Inteligente, aguda, alegre, guapísima, la joven Mina estaba casada con el doctor Crandon, un apuesto ginecólogo algo mayor y muy poco inclinado a creer en las tonterías de los charlatanes que se buscaban la vida cómo podían por Boston, su cuidad. Sin embargo, a través de la prestigiosa revista Scientific America, que por entonces ofrecía a sus lectores los asombrosos resultados de una investigación sobre fenómenos paranormales, junto con los comentarios de unos conocidos suyos del Departamento de Piscología de Harvard, podría decirse que el bueno del doctor Crandon se había quedado enganchado.

En un principio, el repentino interés que mostraba su marido en las ciencias ocultas no suscitó en Mina la menor curiosidad, hasta que le concedió que sería divertido asistir a una séance, que en aquel entonces estaban en boga. Fue en una primera sesión cunado descubrió Mina que no sólo poseía dotes naturales de médium sino que era una aranera nata de mucho cuidado.

Tan convincentes resultaron las sesiones de Mina, que no había quién dudara de la veracidad de cuanto ocurría durante las mismas, salvo un reducido grupúsculo de escépticos que aunque no lo podían probar, sabían que todo era engaño. Éstos lograron que los investigadores de Scientific America tomaran cartas en el asunto. Pero en vano, puesto que fallaron estrepitosamente en sus intentos de explicar los saltos que daba la mesa, las voces de ultratumba, los golpes en las paredes, la campana que sonaba sin que nadie la tocara…

Houdini no podía sino reconocer la extraordinaria destreza de la señora Crandon

Sólo había una persona capaz de desenmascarar a la señor Mina Crandon: el gran Houdini. Una sola sesión le bastó a Houdini para que pudiera declarar, sin lugar a dudas, que se trataba de un fraude con mayúsculas y, acto seguido, se puso a estudiar, hasta en el último detalle, cómo la encantadora señora ejecutaba sus trucos. A finales de 1924 publicó un panfleto en el que expuso sus nada halagüeñas conclusiones. Aunque, eso sí, no podía sino reconocer la extraordinaria destreza de la señora Crandon. Scientific America no tardó en concederle la razón a Houdini.

Lo curioso del caso es que, al cabo de un siglo, un 50% de los estadounidenses afirma creer a pies juntillas en la existencia de fantasmas. Es a esta mitad de la ciudadanía, y no sólo en Estados Unidos, a quien se dirigen los populistas, que son, junto con sus asesores y spin doctors, los mayores defraudadores de nuestros días, en los que, sin un Houdini que los desenmascare, ya todo se basa en bulos, insultos y mentiras.

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