Edna O'Brien: "Alguna vez fui obediente y muy religiosa, pero dentro de mí rugía escondida la tempestad"

Denostada, prohibida y, hoy, celebrada, publica en España ‘Madre Irlanda’, sus memorias inflamables

Escribió ‘Madre Irlanda’ en 1976, ¿cómo ha cambiado su relación con Irlanda desde entonces, si es que ha cambiado algo? ¿Es un territorio casi ajeno al tiempo?
Mi relación con Irlanda ha cambiado, así como su relación conmigo. Durante un tiempo, debido a la naturaleza de mis libros y a que se los percibía como obscenos y hasta como un acto de traición a la nación, fui objeto de muchos reproches. Eso se ha terminado. Soy irlandesa hasta la médula, mis proclividades, mis pasiones, mis deseos y mi ferviente amor por la lengua. El territorio no me es ajeno, aunque desde luego han cambiado muchas cosas: la televisión, los turistas, y las noticias desde el exterior han cambiado Irlanda.
¿Para bien?
Mayormente, sí. Pero los cambios se producen poco a poco, y aun reconozco muchas de las cosas que me rodeaban cuando era niña. Mi infancia estuvo dominada por la religión y por la idea, no muy explícita en aquel entonces ya que era aún una niña, de que mi país estaba siendo conquistado. Siempre estaba presente la sombra del enemigo.
Vivir así, con ese temor…
Teníamos una granja a una milla de un pequeño pueblo y, aunque no era el típico lugar de ensueño que aparece en las guías de viaje, para mí era hermoso, de una hermosura agreste y muy particular. No me he olvidado de nada. Los paisajes, los sonidos, el viento que se colaba por la chimenea, los árboles cubiertos de hojas y luego despojados de ellas en el invierno. Todo eso, así como los secretos y las penas de la gente que me rodeaba, ha permanecido. No había biblioteca y eran pocas las novelas a las que podía echar mano. Recuerdo una, escrita por un párroco, que presentaba una visión un poco simplista y anodina de la naturaleza.
¿Cómo se recuerda entonces?
Era obediente y también muy religiosa, pero dentro de mí rugía escondida la tempestad, mi vida interior, mi deseo de rebelarme.
Y eso marcó la temática de su obra.
Mucho, porque historias no me faltaban y los paisajes a mi alrededor eran verdaderamente inspiradores. El tema de mi obra siempre ha tenido que ver con la injusticia, privada y pública. La injusticia que hoy domina nuestro mundo civilizado arrastrándolo a sus formas más salvajes. Ha sido el asunto de mi última novela,
La chica
, donde cuento la historia de una chica capturada por Boko Haram. No podría haber escrito el libro en aquella época, aunque es la historia de dos chicas luchando contra las distintas formas de represión e intentando huir de todo ello y poner rumbo hacia las luces de la ciudad.
En los años de su juventud, la censura era fuerte en Irlanda…
Y tanto. Mi novela
Las chicas del campo
fue prohibida sin contemplaciones. Mi madre sintió mucha vergüenza por ello, al igual que todos los habitantes del pueblo, y su forma de trasmitirme su consternación fue a través de un viejo dicho que había oído, «el papel lo aguanta todo». La ironía estaba en que el no tener acceso a la literatura me daba más fuerzas para hacer lo que fuera para encontrarla. La literatura era para mí el Santo Grial. En
Madre Irlanda
, aunque es una obra de no ficción, seguí explorando ese mundo rico, plagado de conflictos al que me siento umbilicalmente unida.
Hay una suerte de hechizo en este libro, en la manera en que examina la gloria y la crueldad de Irlanda, las contradicciones de esa tierra, ¿pero también hay algo de alabanza?
El intento de hechizar es consustancial a toda obra literaria. Es lo que hace que el lector se sienta atraído. Sólo pensar en las primeras páginas del
Quijote
,
Casa desolada
o el
Ulises
hace que te sientas cautiva. El hechizo es la firma y la omnisciencia del autor. Me pareció, con la ansiedad que me caracteriza, que había celebrado muchas cosas de mi país y no habría sido honesta si hubiese omitido su crueldad, como usted la llama y, por encima de todo, el poder que ha ejercido la Iglesia Católica sobre la palabra escrita. La Iglesia y el Estado estaban indisolublemente unidos.
Además usted era mujer en aquella Irlanda.
Había pocas escritoras mujeres cuando yo era pequeña, y el que en mi prosa diera la impresión de tratar al lector como mi confidente me granjeó aún más críticas y provocó la inevitable prohibición de mi obra. Intentaba capturar algunas de las emociones, de los sentimientos que Irlanda me había inculcado y que, espero, estén todavía allí.
Hay mucho éxtasis, vergüenza, humor y buena literatura en este libro. ¿Es también la escritura una forma de encontrar cosas que no busca?
La escritura es un oficio complejo. Cuando decimos algo también estamos buscando aquello que no es posible encontrar. Es lo que confiere a cualquier obra esa tensión tan importante, y también una dimensión adicional. Beckett dice: «Fracasa otra vez, fracasa mejor». Y aunque su obra me parece tan perfecta como el
Libro de Job
, él estaba convencido de que no decía lo que debía, de que no usaba las palabras más adecuadas.
¿Siente esa misma dificultad?
La dificultad radica en que al escribir empezamos con la conciencia, pero una novela, un poema o una obra de teatro tienen que tener unos cimientos sólidos y, después, para ser fantásticas, para ser explosivas e innovadoras, pero al mismo tiempo respetar la tradición, es preciso que den cabida a la conciencia. La conciencia debe traspasar esa membrana para que la obra terminada tenga el misterio y la ascendencia necesarios. Un buen libro debe tener un punto de ensoñación.
Su obra, a través de la cual ha examinado tantos aspectos de su propia vida, huye del narcisismo, que es una de las principales características de nuestro siglo. ¿Está de acuerdo?
El narcisismo es desde luego una de las características fundamentales de la prosa literaria contemporánea, y yo diría que le hace un flaco favor. Está muy visto, es egoísta y pusilánime. Usurpa el poderío y la primacía del lenguaje. También es aburrido. A veces un libro escrito en primera persona puede engañar al lector, dándole la impresión de que, de alguna forma, relata una historia verdadera. Escribir en primera persona es un artificio que puede resultar persuasivo, pero el autor no es más que el mensajero. Estoy pensando en Roberto Bolano, cuya obra nos impacta y nos confunde.
Nocturno en Chile
es, para mí, una de las obras maestras del siglo XX. Dan ganas de releerla.
¿Tanto le gustó?
Sí. La relectura es la ‘prueba del algodón’ de la literatura. Es inusual que alguien quiera releer un libro superficial y narcisista, destinado al autobombo. Estamos hambrientos de libros que exploren la condición humana en sus múltiples manifestaciones. Una obra sólo podrá cobrar vida a través de la alquimia de las palabras, combinadas con la reflexión sagaz y el trabajo meticuloso. ¡Larga vida a la literatura!

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