Edu Galán: «La empatía es un valor asqueroso para gestionar una sociedad»

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Edu Galán (Oviedo, 1980) es imbécil confeso y psicólogo, también confeso. De esas dos virtudes hay mucho en su último libro, «El síndrome Woody Allen» (Debate), en el que este ácido humorista y crítico cultural, cofundador de «Mongolia», trata de desentrañar con su afilado estilo qué ha ocurrido en este mundo para que, en cuestión de diez años, el director de «Annie Hall» haya pasado de ser inocente a culpable de un supuesto abuso sexual a su hija Dylan Farrow en agosto de 1992. La condena, claro, ha sido social, nunca judicial, pues en su día dos investigaciones descartaron la existencía de pruebas incriminatorias y/o indicios para continuar con el caso. Sin embargo, en los últimos tiempos el cineasta ha sido denigrado en Estados Unidos, donde sus películas ya no se estrenan y donde un gran sello del grupo Hachette se negó a publicar sus memorias. Galán, que habla entre carcajadas con su voz gravísima, capaz de competir con el rugir de los coches en Madrid, explica que todo esto tiene que ver con una nueva realidad marcada por el infantilismo de la sociedad, la sobreimportancia de los símbolos y la cultura de la cancelación. Lo que menos le preocupa, claro, es Woody Allen. Ya saben: cuando el sabio señala la luna, el tonto mira al dedo. Aunque él no para de gesticular y mover las manos en todas las direcciones durante esta conversación.

—En varias entrevistas recientes Woody Allen ha dicho que no se siente víctima. Hachette se negó a publicar sus memorias tras firmar un contrato, pero tardó menos de un día en tener otra editorial. En Estados Unidos no le financian sus películas, pero en Europa sí. ¿Por qué dedicarle, entonces, este libro?

—Porque sirve de aviso. Sirve de aviso a los demás, a cualquiera que sin su poder le ocurra lo que a él le ha ocurrido. Ese es el gravísimo problema. Mi problema no es Woody Allen, mi problema es que esto pase a gente de mi generación o a las venideras. La única forma de rebelarse contra eso… Tienes que plegarte ante una turba porque en tu obra de teatro has dicho algo que consideran moralmente inaceptable. Entonces se te atan a la puerta del teatro. La sala no te programa y tú, que vives de facturar, no facturas. ¿Y cuál es la respuesta? La autocensura. Y la limitación, por tanto, si somos muchos creadores y creadoras los que hacemos eso, del campo artístico, que se ve amenazado por este puritanismo informal que te señala en las redes sociales.

—La crítica del público, su poder, siempre ha estado ahí. ¿Qué ha cambiado?

—El público tiene todo el derecho a decir que algo no le gusta, como siempre. A tirar tomates, como hacían en el teatro clásico, a tirar botellas de cerveza. Ahora bien, el paso siguiente, que es hacer que despidan a alguien… Atarse a la puerta de un teatro, hacer escraches a la gente que entra porque apoyan a un miserable absoluto que casi es un genocida, ese es el paso contra el que hay que rebelarse. Aunque a mí personalmente haya discursos cómicos que no me gusten los defiendo, porque creo que en esa diversidad cultural es donde está la posibilidad de aprender.

—¿No cree que el problema de fondo es que no toleramos la diferencia?

—Yo creo que la sociedad actual es muy infantil y va mucho más allá de eso. No hay cosa más normal en un niño que el «no me gustan las lentejas, quítamelas». Incluso un niño es capaz de, cuando se enfada, romper juguetes que le gustan, que al cabo del tiempo entiende que eran necesarios. Son reacciones infantiles absolutamente, aplaudidas por el poder político y por las redes sociales y por el miedo de los pequeños organizadores, que refuerzan dicha actitud. «Ay, no me gusta, esto tiene que desaparecer». La actitud adulta es: «Este tío es un imbécil, cambio de canal».

—Sin embargo, hablamos de la cultura de la cancelación. Es un término polémico, que designa una realidad nebulosa. Se discute si existe un movimiento o si solo es una suma de casos aislados.

—No sé cómo lo llamaría, no me gusta el término, pero sí es cierto que existe. Existe un miedo en lugares donde precisamente no debería haberlo a hablar de todo a personas adultas, como en la universidad. Miedo a plantear temas controvertidos que puedan llevar a un problema. Esto también se traslada a los partidos políticos, a las editoriales… Existe un miedo terrible a la gente que vende simbolismos. Todo son entidades que hablan de lo simbólico. Las universidades venden aprendizaje, las editoriales venden libros, y los partidos políticos ni te digo. Si el presidente del Gobierno dijo que vamos a salir más unidos de esto o más fuertes, ¿pues qué vende? Simbolismo, evidentemente. Porque como venda él, o cualquiera de los políticos de este país, su gestión, vamos muy mal [carcajada].

«Existe un miedo en lugares donde precisamente no debería haberlo a hablar de todo a personas adultas, como en la universidad. Miedo a plantear temas controvertidos»

—Afirma en el ensayo que las cancelaciones se enmarcan en la libertad de mercado. Cuando existe la censura, se lucha contra una ley, contra algo concreto. Esto es una nube, un clima, y una herramienta: las redes sociales. No parece que esto tenga solución.

—Es muy complicado, porque es muy enrevesado. Aquí tenemos las leyes mordaza: tienes un enemigo claro y unos cauces clarísimos. Esto es algo que se basa en un logaritmo, que se retroalimenta con los propios usuarios. No hay cosa que más guste en redes sociales que decir a los demás lo malos que son. Pero la gente no sabe lo que son las multinacionales de redes sociales. Facebook, con el señor Zuckerberg a la cabeza, es el mal encarnado. Es un señor que tiene la posibilidad de cambiar gobiernos, de influir decisivamente a través de su sistema en elecciones. Y no hay nada que más le guste que una sociedad infantil y sentimental. Porque se maneja muy bien con el me gusta. Estamos perdidos. Este es el libro de un perdedor. ¿Qué voy a hacer yo con un libro frente a Facebook?

—Repite mucho que estamos ante algo transversal, no partidista.

—Los métodos de los Abogados Cristianos y de una determinada izquierda son muy parecidos, casi no se distinguen. Ese es el problema. La discusión no es tanto entre derecha o izquierda sino entre autoritarios y liberales. Liberales en un sentido muy amplio: personas que quieren que la gente entienda y sea libre frente a gente que te dice que llevas la falda muy corta, que has dicho algo muy feo, que comes demasiados callos. Frente a gente a la que he despreciado toda mi vida.

—A veces se cancela a alguien y ni siquiera es rentable: el libro de Woody Allen, por ejemplo, que rechazó Hachette, ha sido un éxito en España. Ni siquiera hablamos de beneficios económicos.

—Es otra prueba más de que estos movimientos de la cancelación son absolutamente emocionales, porque no calculan ni el efecto Streisand. Pero pueden partir, y parten, como el Black Lives Matters, de una salida absolutamente justificada: del hartazgo de la población afroamericana de sus condiciones materiales, que son aberrantes. Pero esos movimientos sociales activistas se infectan con una cultura sentimental, con unos medios para comunicarse sentimentales, y se convierten en movimientos cortoplacistas que lo único que consiguen es que el presidente de un banco se ponga un pin. Mi lloro en este libro es que esos movimientos sean movimientos organizados donde las condiciones materiales del grupo social en cuestión se vean intervenidas de verdad. Que metas en problemas a un Gobierno, a una multinacional, no que una multinacional te de la razón.

«Los métodos de los Abogados Cristianos y de una determinada izquierda son muy parecidos, casi no se distinguen. Ese es el problema»

—Ese es otro de los temas centrales del libro: la sobreimportancia de los gestos, de los símbolos, de las palabras. Por ejemplo: se afirma que el lenguaje puede cambiar la realidad.

—Eso es tremendo. Es pensamiento mágico. Por llamar a un señor sin piernas señor con capacidades especiales –que evidentemente está abandonado por el Gobierno, que las escaleras en los sitios siguen igual–, ¿va a mejorar su situación? Esta gente que defiende ese tipo de lenguaje siente que con ese gesto mínimo está mejorando la sociedad. Se sienten muy felices consigo mismos. A mí me recuerda a la caridad de toda la vida. Lo hacía mucho mi abuela: daba cincuenta euros en Navidad y sentía que había cambiado el mundo. Creen que cambian la realidad, pero es completamente hipócrita, porque lo que cambia la realidad es intervenir materialmente las cosas. Si tengo un problema de discapacidad a mí que me llames señor con capacidades especiales me da igual, yo lo que quiero es una ayuda, que me ayudes con la silla de ruedas… La guita, a mí no me cuentes milongas.

—Sostiene que ya no existe la lucha de clases, sino la lucha de símbolos.

—La política da respuesta a una necesidad de una sociedad sentimental. Los políticos ven que utilizando el lenguaje inclusivo la gente se siente más cómoda, que hablando de personas con capacidades especiales ganan votos. Las medidas materiales son a largo plazo y muy complicadas, y como vivimos en una sociedad cortoplacista y sentimental, la gente se pega más a esto. Especialmente en determinado electorado de izquierdas identitario.

—Estamos ante una crisis económica sin precedentes, a la cola de Europa, y sin embargo Iván Redondo, gurú de Sánchez, apuesta por la «guerra cultural».

—Es el placebo. Todo mi aplauso a Iván Redondo. Si es capaz de con un placebo hacer que la gente piense que ha arreglado algo es un crack. Si el principal asesor de Sánchez, el copresidente del Gobierno, que uno nunca sabe si el copresidente es uno u otro, dice que la guerra cultural es la que hay que dar en el peor momento material de las últimas décadas en España, y encima cuela, pues peor para nosotros. Haber espabilao, esto lo decía mucho Gustavo Bueno. También Cayetana decía que el PP estaba dando por perdida la guerra cultural. El grave problema es que hay que no hay que entenderla como algo de partidos: es transversal, es social. Es placebo social.

—Nos vamos a ir de la pandemia no con una gran gestión, pero sí con un buen puñado de eslóganes y palabros: salimos más fuertes, la resiliencia…

—Odio la palabra resiliencia, odio las palabras tótem. Y la sociedad actual es una maquinaria de crear palabras tótem. Tolerancia, empatía… Yo estoy en contra de la empatía, creo que es un valor asqueroso para gestionar una sociedad. Porque la empatía te hace empatizar más con un ministro corrupto amigo tuyo que con un pobre en la Cañada Real al que no ves. Más allá de la política creo que es un movimiento que infecta a la política como parte de la sociedad. Solo hace falta ver los programas que tienen más audiencia: los realities. Son claramente sentimentales, llora todo el mundo. ¿Por qué llora todo el mundo? ¿Qué problema tiene Isabel Pantoja? [la carcajada llega hasta el plató de Sálvame] ¿Por qué a todo el mundo nos gusta ver a gente llorar? ¿Por qué nos gusta tanto Lydia Lozano, Sálvame y demás? Porque ofrecen carradas y carradas de sentimentalidad, que es el valor central de nuestra sociedad. Y los políticos que quieren ganar elecciones, ¿qué te ofrecen? ¿Medidas? No, sentimentalidad.

—¿Cómo se empaqueta esa sentimentalidad?

—Los políticos catalanes te ofrecen una nación [otra carcajada], un Disneyworld catalán, otros te ofrecen la unidad de España… ¿Pero usted cómo lo va a hacer? ¿Va a tener ejército? ¿La sanidad pública va a existir? Cuénteme… Ah, no llega. Ese es el tema central del libro.

«¿Por qué nos gusta tanto Lydia Lozano, Sálvame y demás? Porque ofrecen carradas y carradas de sentimentalidad, que es el valor central de nuestra sociedad. Y los políticos, ¿qué te ofrecen? ¿Medidas? No, sentimentalidad»

—Otro de los grandes asuntos que trata es el conflicto entre la libertad creativa y las luchas sociales. Se afirma que una obra es buena en tanto en cuanto refuerza un mensaje positivo. No es buena en sí, es buena para algo: no es un fin, es un medio. Como si todo, al cabo, fuera un panfleto.

—En el siglo XIV o XV el arte era contratado por los mecenas para que sirviese a una causa. La canción protesta servía conscientemente a una causa. Pero el arte no tiene por qué servir. Puede incluso ir al revés: tratar de demolerlo todo, como ocurre al inicio del punk. O apoyar el nihilismo. Pero entender que el arte tiene que seguir la moral cristiana o de un grupo de izquierda limita el territorio maravilloso que es la ficción. Porque yo no soy un asesino, pero he leído novelas donde me he identificado más con el asesino. ¿Me hace esto mala persona? Según una determianda visión, sí, porque no se puede glorificar a un asesino en una novela. Pero eso es ser paternalista con el lector. Yo a eso solo puedo responder: déjeme en paz. Sé leer, sé contextualizar.

—Ya no solo se juzga el contenido de las obras, también la vida de sus autores.

—Incluso de artistas que llevan en la tumba cuatrocientos años y que tenían moralmente unos valores que ahora no se sostienen porque existe una cosa estupenda que son los derechos humanos. Pero formaron parte de la construcción de nuestra sociedad, y tenemos que aceptarlos como tal. Probablemente dentro de cien años a nosotros nos vean como unos bárbaros absolutos.

—¿Vivimos hoy en un mundo más incómodo para la creación?

—Incómodo. Esa es la palabra. A mí porque me la suda todo. Pero entiendo que por una frase, un chiste, que puede ser algo sacado de contexto, o que puede ser un error del cómico, que a partir de eso a alguien se le haga la vida imposible y se le etiquete, como a compañeros y amigos míos, de violador, pederasta, cerdo machista que ayuda a que maten mujeres… Hostia. Eso hace que no te quieras meter en líos. Y siendo cómico te metes, porque la comedia es soltar lo que piensas sin pensarlo en exceso. La condena es excesiva y crea un mundo con menor libertad. Además, enrarece las relaciones humanas profundamente. Si tengo que estar pensando lo que vas a pensar tú de mí por lo que yo diga, como la palabra «negro» o «puta», porque tú no vas a tener la suficiente empatía conmigo para entender que fue una boutade… Convertir las relaciones humanas y el arte en un campo minado es muy peligroso. Siempre he preferido pensar del otro que es alguien maleducado, inadecuado o idiota que pensar que es un malvado.

—Hace unas semanas se publicaba «Woke», del cómico británico Andrew Doyle, y ahora llega este libro. Son dos textos que denuncian un clima social que restringe la libertad de expresión escritos desde el mundo del humor y la sátira. ¿El humor es más sensible a estas turbulencias?

—Sí. El humor utiliza muchísimo la exageración, la grosería. Cuando yo digo «da gusto ver a los curas cómo le gustan los niños». Evidentemente sé que no todos los curas son pederastas, pero chiste si le pones «da gusto ver cómo a los curas, salvo los misioneros de Burundi, el padre Ángel, Vicente Ferrer, mi amigo Manolo…» el público se duerme. Mi compañero Darío Adanti dice que el humor es el canario de la mina, el primero que se muere en una sociedad donde la libertad de expresión está amenazada. Está amenazada no por el código penal, sino porque la propia sociedad quiere censurar determinados comportamientos que entran dentro de la libertad de expresión. El humor, que es el primero que expande los límites de la libertad de expresión, es el primer damnificado. Pero también hay que decirle a los cómicos que se dediquen a otra cosa si no tienen claro esto. Cuando el carpintero se pega una hostia con el martillo, no se pregunta qué hace el martillo ahí. Hay que asumirlo como parte del trabajo.

—Dedica la mitad de las páginas de este ensayo a reconstruir el caso de Woody Allen, a reunir todas las evidencias que tenemos. Y la conclusión es que, después de todo, los hechos no importan. Las pruebas tampoco.

—¿Qué cojones van a importar los hechos? Se crean las conspiraciones. No fue en Wuhan, fue en Matalascañas. Todo se reduce a lo sentimental. Interesa el titular, los hechos se tergiversan de forma interesada. Un presidente de Estados Unidos ha llegado al poder apoyado en este juego de fake news. No te cuentan la verdad, y esto cala muy bien en un mundo donde se refuerza que la verdad no es la verdad, que la verdad no puede ser verdad si no es individual: tu verdad. Es esta idea idiota de que todas las opiniones son respetables. Yo siempre respondo: vale, pero a mí si tengo un problema del corazón que me opere un cardiólogo. Nadie entra al hospital y dice: «¿Quién me opera? ¿Un cardiólogo, un filósofo o un mimo?» El mimo, que todas las opiniones son respetables…

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