El Apollo de la Compañía Nacional de Danza, un clásico del siglo XX para la eternidad

Además de haber sido uno de los <em>monuments men</em>, el grupo especial de militares que el ejército de Estados Unidos envió a Europa para recuperar…

Además de haber sido uno de los monuments men, el grupo especial de militares que el ejército de Estados Unidos envió a Europa para recuperar las obras de arte expoliadas por los nazis, Lincoln Kirstein fue quien llevó al coreógrafo George Balanchine (1904-1983) a Norteamérica y con quien creó, en 1948, el New York City Ballet.

Su encuentro y colaboración con el que había sido el último fichaje de Diaghilev para sus Ballets Russes posibilitó que el creador desarrollara su talento y diera luz a un neoclasicismo en la danza convertido en escuela y técnica denominadas por su apellido. Después de Marius Petipa, emblema del ballet del siglo XIX, está Balanchine encabezando el XX.

Apollo (1928) fue el pilar sobre el que levantó su rascacielos identitario inspirándose en los vestigios griegos para expresar con la técnica del ballet la personal música que Stravinsky había compuesto. Su partitura es una estilización de formas que dio pie al coreógrafo a mostrar la pureza de líneas requerida y emplea por primera vez la denominada «sexta posición» -los pies juntos- para impulsar lo clásico con su prístino academicismo con aura de modernidad.

El director de la Compañía Nacional de Danza (CND), Joaquín de Luz, ha acertado con la elección de Apollo como punta de lanza del programa estrenado en el Teatro Real este jueves, que se verá también hoy, y termina el sábado con dos funciones. Alessandro Riga, en el personaje protagonista, y las tres musas, interpretadas por Giada Rossi (Terpsícore), Haruhi Otani (Polyhymnia) y Ana Calderón (Calliope) han asimilado este ballet con mimo, mostrando de forma transparente sus evoluciones y el arabesque como imagen emblemática cuando lo muestran apoyadas en el joven dios. Es muy importante para la CND tener Apollo en repertorio porque bailar Balanchine es alargar las líneas, una gran limpieza de movimiento, dar el sentido requerido al vocabulario marca de la casa. Es una depuración.

Este viernes lo protagoniza Sergio Bernal, bailarín de danza española que hace historia al ser el primero de esta disciplina que interpreta este clásico, y el sábado se verá a Yanier Gómez y a Gonzalo García.

Con Concerto DSCH (2008), Joaquín de Luz brilló con su energía única, su alegría cuando baila y una forma física imponente que impulsa con brío a sus 45 años. El coreógrafo ruso Alexei Ratmansky lo creó en el New York City Ballet para él y para el también español Gonzalo García, bailarín principal de la compañía invitado para estas funciones y también para Giselle, en el Teatro de La Zarzuela, en diciembre. García trajo a este ballet sobre el Concierto para piano nº 2 de Shostakovich otro pedacito de la Gran Manzana con su personalidad de impacto en sus veloces variaciones, grandes saltos y giros. Junto a Haruhi Otani y los dieciséis bailarines de la pieza, Joaquín de Luz y Gonzalo García atraparon al público en cada una de sus apariciones y el aplauso se lo manifestó. También fue reconocido el trabajo de Manuel Coves al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, con Luis Fernando Pérez al piano.

El cierre lo puso White Darkness, con Kayoko Everheart e Isaac Montllor como la pareja protagonista, en el que la bailarina se encontraba en su estilo con más comodidad. Este ballet de Nacho Duato está inspirado en el drama de su hermana con las drogas y la metáfora de la fina arena cayendo como un haz de luz desde arriba ofrece una imagen impactante y única. Quizás se debería dar un punto más de luminosidad para un escenario tan grande, pues la ductilidad de la coreografía del que fuera director de la CND durante veinte años necesita más foco.

Este programa tan especial por incorporar Apollo subraya, en definitiva, las palabras de Lincoln Kirstein sobre su importancia en la historia de la danza. «Demostró», escribió, «que la tradición no es una sujeción a la que volver tras desviaciones excéntricas, sino el verdadero suelo que soporta al artista para crear».


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