El bailoteo «resistente» de Blanca Li

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El paso de lo sublime a lo ridículo puede ser, literalmente, un traspié, o, tal vez, la separación entre ambos sea tan fina que apenas pueda percibirse, como si se tratara de una capa de polvo que nadie se atreve a quitar temiendo que debajo no haya nada de nada. El pasado 17 de septiembre, Blanca Li entró en el escenario de La Resistencia (#0. Movistar+) haciendo toda clase de giros y saludos impostados. Daba la impresión de que venía «de vuelta de todo» y que pretendía incorporarse al ambiente «buenrollista» que domina ese programa. El presentador David Broncano sonreía, aunque pronto aparecería en su semblante una mueca helada.

La bailarina y coreógrafa, directora de los Teatros del Canal, comenzó a moverse sin cesar, subiendo y bajando del sofá acuchillado, sentándose en el respaldo, tumbándose cual anómala «odalisca». Antes de que pudiera formularse una sola pregunta, si es que en ese instante fuera oportuno, Blanca Li decidió mostrar sus habilidades para tirarse por las escaleras. Como, a la primera, la cosa quedo bastante chunga o patética, ella misma demostró que la obstinación dominaba incluso su imaginario en este «momento precipitado». A la segunda fue «la vencida» y a punto estuvo de darse un batacazo frontal de consecuencias irreversibles. A pesar de tanto desafuero, la sonrisa teatral seguía marcada o rigidificada en el rostro de una mujer que repetía el gesto de colocarse una melena que tendría, dado la amplitud del movimiento, que haber sido todavía más larga.

Baile de San Vito post-pandémico

Broncano no había podido hacer ni siquiera las preguntas «reglamentarias» sobre el fornicio o los ahorros, paralizado por el despliegue de Blanca Li, que tenía algo de baile de San Vito post-pandémico. ¿Qué es lo que le había pasado a esa bailarina para entregarse a ese frenesí delirante? Algunos haters, siempre dispuestos a ir a degüello, comentaron en la red aceleradamente que aquello solamente podía responder a la ingesta de sustancias narcóticas o al trasegar alcohólico.

No faltaron malvados que hicieron la comparativa entre el aspecto de Blanca Li y Mario Vaquerizo, tan entregado a la teatralización (pseudo)drag. Lo que estaba generando, obviamente, la coreógrafa en quienes asistían a su performance era, como mínimo, pasmo, cuando no eso que suele llamarse vergüenza ajena. Lo más interesante del caso es que la derrapada no terminó, sino que siguió hasta el final de una entrevista que, en verdad, nunca llegó ni a comenzar.

A pesar de tanto desafuero, la sonrisa teatral seguía marcada o rigidificada en el rostro de una mujer que repetía el gesto de colocarse la melena

Ante la actitud «indisciplinada» de Blanca Li, el presentador post-irónico tuvo que reaccionar como buenamente pudo y eso le impulsó a entregarse también a «imitaciones» penosas, como cuando pretendió ser una pantera. Menos mal que la bailarina agitó un látigo invisible. Los músicos colocados en un lateral estaban petrificados y no metían baza po miedo a que el desafuero los obligara a ellos a participar de la ceremonia de la confusión. El público reglamentariamente «enmascarillado» podía darse mus, aunque en cualquier momento podía producirse una parábasis atroz que les impulsara a emprender la fuga.

En principio, Blanca Li estaba invitada a La Resistencia con el «pretexto» de presentar la programación de los Teatros del Canal que dirige. Se pasaron dos vídeos, extraordinariamente breves que servían como micro-publicidad, pero no parece que ella tuviera mucho interés en ponerse en plan «representante institucional». Por ahí han llegado también las críticas más afiladas, subrayando que el desafuero de la bailarina le impidió entender que su «misión» era defender el teatro en un momento tan crudo y excepcional como este que estamos (sobre)viviendo.

Ceremonia de la confusión

Tal vez yo mismo esté afectado por un brote «interpre-tóxico» pero creo que la ceremonia de la confusión que montó Blanca Li en La Resistencia (llevando a que ese programa tenga más de medio millón de visualizaciones en la red) es, en cierto sentido, un «ejercicio de resistencia» contra las dinámicas de un talk show cuya cualidad principal es la de reducir todo a naderías. Frente al presentador-irónico trajeado y fortificado tras la mesa reglamentaria, la bailarina «dionisíaca» ejecutó una descomunal parodia.

Por ahí han llegado también las críticas más afiladas, subrayando que el desafuero de la bailarina le impidió entender que su misión era defender el teatro en un momento tan crudo

Se pasó de frenada, según muchos, pero yo prefiero pensar que tomó la arriesgada decisión de seguir sin pánico por el camino del exceso. Cubrirse de oprobio puede ser un gesto digno en una época en la que el escándalo se ha convertido en su opuesto: el estupor cínico que abre los ojos para no ver nada. En los últimos compases de esa anti-entrevista «de pie», Blanca Li trepó por una fuente muy cutre, con unos perros que lanzaban chorros de agua por la boca. Ahí pudo darse la caída mortal. Afortunadamente, la bailarina inquieta, la mujer desbocada salió del paso, dejando el miedo al ridículo entre bambalinas.

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