El crac de Wall Street de 1929: testimonio de un testigo ocular de excepción

Hay una anécdota, seguramente apócrifa, de cómo Joe Kennedy, el padre de JFK, se salvó del colapso de la Bolsa de Nueva York. Hacía finales de verano del 1929, un limpiabotas –por supuesto, negro– se atrevió a sugerirle al señor Kennedy que comprara sin demora acciones en tal o cual empresa. Tras reflexionar sobre la manifiesta incongruencia del desinteresado soplo que le acababa de dar el limpia, Joe Kennedy tomó la providencial decisión de liquidar sus inversiones en Wall Steet, y esto fue precisamente lo que le salvaría de la inminente desplome bursátil al tiempo que le proporcionaría la oportunidad de hacer en adelante que su fortuna creciera como la espuma.

Existen versiones para todos los gustos de qué sucedió en Manhattan aquel mes de octubre de 1929, de hace ahora 91 años. Muchas de ellas, como ésta de Joe Kennedy, son apócrifas; algunas, conmovedoras y hasta escalofriantes; mientras que otras no pasan de mera filfa. De todos modos, con el tiempo se ha ido desenmascarado a la legión de falsos testigos que ni siquiera estaban en Nueva York cuando se produjo el crac.

Con todo, había un testigo de excepción español, Federico García Lorca, que relató lo que presenció en algunas de las cartas que enviaba periódicamente durante sus viajes por las Américas a su familia en Granada, a menudo para pedirles a sus padres le enviasen más dinero.

En las primeras misivas remitidas a sus padres desde Nueva York, además de afirmar sentirse feliz, el poeta elogia sin reservas la gran metrópolis faro de la modernidad, que es todo un espectáculo. Pero claro, el Lorca que las escribe es un señorito andaluz ávido de complacer a quienes le están costeando el viaje, o sea que nada que ver con el que trabaja febrilmente por las mismas fechas en lo que acabará siendo Poeta en Nueva York (no fue publicado hasta 1940, cuatro años después de su muerte).

Existen versiones para todos los gustos de qué sucedió en Manhattan aquel mes de octubre

La admiración inicial que le suscita Estados Unidos tras el desplome de la bolsa es sustituido por indisimulado desprecio. Así, a sus padres: “Este es un pueblo salvaje, porque no hay clases sociales quizá”; o bien: “Aquí es donde se entera uno de la belleza y la importancia de España. Es el único país fuerte y vivo que queda en el mundo”. Y declarará más tarde, en una entrevista de 1933: “Nueva York es algo terrible. Algo monstruoso (…), una gran mentira del mundo. Nueva York es Senegal con máquinas”.

Cabe recordar que no hubo un solo crac de Wall Steet en octubre 1929 sino dos: el día 24 la bolsa perdió de golpe un 10% de su valor, sólo para remontar un poco antes de la hecatombe del día 29. Federico había vuelto a Manhattan el día 22, tras pasar unos días en la casa de un amigo yanqui en Vermont.

Escribe a sus padres la primera semana de noviembre 1929: “Estos días he tenido el gusto de ver… (o el disgusto)… la catástrofe de la Bolsa de Nueva York. (…) Se han perdido ¡12.000 millones de dólares! (…) Yo estuve más de siete horas entre la muchedumbre en los momentos de gran pánico financiero. (…) Cuando salí de aquel infierno en plena sexta avenida encontré interrumpida el tráfico. Era que del 16 piso del Hotel Astor se había arrojado un banquero a las lozas de la calle. Yo llegué en el preciso momento en que levantaban al muerto”.

Posteriores investigaciones han demostrado que el poeta mentía, exageraba e inventaba respecto de lo que vio. Los periódicos neoyorquinos del 24 y del 25 de octubre no registran ninguna muerte en el Hotel Astoria. Aunque quizá Lorca se equivocaba de hotel, puesto que sí recogieron la muerte de un hombre que se cayó del piso 14 (o sea, 13) del cercano Hotel Roosevelt. Sea como fuere, iría modificando su relato hasta afirmar haber visto nada menos que seis suicidios. En cuanto a las pérdidas sufridas, sólo sumaron en verdad 4 mil millones de dólares, una cifra, aunque enorme, muy inferior a los 12 mentados. Y es que Lorca, como tantos otros, no hacía sino dejarse llevar por los infundados rumores de infartos y suicidios que circulaban durante esos días de histeria colectiva.

Las cartas son un ejemplo de la tendencia a modificar la realidad a nuestro antojo

De manera que he aquí un buen ejemplo de la tendencia que todos compartimos a modificar en mayor o menor grado la realidad a nuestro antojo. Que tire la primera piedra el que esté libre del pecado de fabular o mentir como un bellaco a su familia o amigos en una carta, tuit o postal. Es harto difícil vencer las ganas de complacer a nuestros seres queridos, máxime si dependemos de ellos para pagar el alquiler. Por otro lado, no todo el mundo es capaz de convertir sus experiencias en poesía como Federico García Lorca, y menos en las redes sociales que son la Cloaca Máxima de nuestra civilización.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *