El día que Orson Welles se confesó franquista

La Mostra presenta ‘Hopper/Welles’, una larga entrevista inédita tan caótica, borracha y libre como irresistible que debía formar parte de ‘Al otro lado del viento’,…

«Pasé unos días con Hemingway en Madrid en el otro bando y eso no hizo que confirmar mis convicciones… Pero no soy fascista», dice Orson Welles mediada la película ‘Hopper/Welles’. Justo antes se ha definido como nihilista tras mostrarse a la luz del día simpatizante de Franco. Pero, un momento, ¿de qué trata todo esto? ¿Habla realmente el cineasta o su personaje? ¿Es provocación, engaño o confesión?

Pongámonos en situación. Allá en noviembre de 1970, en probablemente (hay información contradictoria) Benedict Canyon (Los Ángeles), se juntaron Orson Welles, el mayor cineasta vivo entonces y el mayor cineasta muerto ahora, y Dennis Hopper, el más maldito de los cineastas vivos. Entonces y ahora. El primero rodaba su testamento, Al otro lado del viento, su particular visión del cine como una forma de vida que desaparece. El segundo, tras el éxito de Easy rider, se aprestaba a sacudir el mundo desde sus cimientos con The Last Movie. Es decir, uno se peleaba por acabar su última película y otro escribía con letra borrosa el testamento del propio cine en la definitiva y, otra vez, última película. Suena apocalíptico y lo es.

Hopper/Welles es el documento inédito que tuvo a bien rescatar ayer la Mostra y que básicamente ofrece íntegra la conversación al borde del abismo entre los dos. Lo curioso, y relevante, es que contra todo pronóstico y cuando el espectador es convocado a un aquellarre de sangre y, claro está, últimas preguntas, lo que surge en pantalla es algo completamente distinto. La conversación navega por el cine, la política (mucha política), el sentido del compromiso y la ignorancia de Welles en todo lo que no sea él mismo («¿Quién es Bob Dylan?», dice) con la misma anarquía y falta de precisión que uno supondría a dos amigos en horas bajas. O sólo bocharros. Pero, contra todo pronóstico, es esto mismo, su cercanía, espontaneidad y falta absoluta de algo parecido a un plan, lo que convierte al documento en imprescindible.

Cuenta el productor Filip Jan Rymsza, él mismo responsable de la discutible versión montada de Al otro lado del viento que se presentó aquí mismo hace dos años, que esta vez han optado por no cortar ni montar nada. El material encontrado duraba dos horas y media y la película proyectada apenas cercena 20 minutos. En cámara sólo aparece Hopper. La voz de Welles más que sonar retumba desde el fondo. En plano, un caos de botellas, asistentes que se cruzan, tartamudeos provocados por las claquetas, interrupciones y desenfoques. Digamos que el desorden busca a tientas su más íntima coherencia. Y la encuentra. La morada de los dragones nunca fue un dechado de limpieza.

Dennis Hopper en un momento de 'Hopper/Welles', presentada en Venecia.
Dennis Hopper en un momento de 'Hopper/Welles', presentada en Venecia.

El material rodado tenía que formar parte de la cinta Al otro lado del viento. Y todo él funciona como un teatro o un laberinto. Según se mire. Orson interpreta a Jake Hannaford, el protagonista de la cinta que no es más que su alter ego; y Hopper, a sí mismo. Los dos, digamos, son ellos, pero de una extraña manera.

Sorprende la fascinación del entrevistado (pues eso es todo esto: un entrevista) por Buñuel en general y por Viridiana en particular. Asunto que motiva una discusión alrededor de si el director español era comunista como cree el más joven o católico como sostiene el maestro. Al final, se concluye que en Europa se pueden ser las dos cosas a la vez. Divierte la larga disquisición sobre el aburrimiento y Antonioni. Welles (o Jake) no le encuentra sentido al cine del italiano. Hopper, en cambio, reconoce el valor de La notte, pero confiesa haberse dormido hasta siete veces con La aventura. Y pese a todo, este último acierta a describir con precisión el sentido del tiempo en el cine de Antonioni. Hopper confunde Umberto D, de Sica, con I Vitelloni, de Fellini, pero allí no hay nadie para corregirle. Y la conversación avanza entre discusiones sobre la edición, los actores («son un tercer sexo», dice Welles), la prensa sensacionalista que tantos disgustos le dio a Hopper y… política. Mucha política.

Hopper está convencido, o algo parecido, de que el cine está ahí para cambiar el mundo; se muestra a favor de algo así como un ingreso mínimo vital o renta universal que permita al hombre «ser libre»; dice ser izquierdista, pero prefiere no hablar demasiado… teme represalias. Welles, durante todo este tramo de la cinta (o directamente durante toda ella) juega con su víctima. Le presiona para que sea claro, le echa en cara que insinúe siquiera que en Estados Unidos no hay libertad de opinión y llegado al punto álgido (por caliente) confiesa que siempre odió a los comunistas porque repudia las organizaciones y… vuelta al principio, él, que en su juventud fue socialista (o casi), admite ser franquista, que no fascista. ¿Pose o lo contrario? Sin duda, el maestro del engaño que es Welles hace que la afirmación pierda algo de peso. ¿Habla Welles o habla Jake, que, como decíamos, es la viva imagen del propio Welles? Nada nunca es cierto del todo en el director de Fraude.

Para el final, quedan los dos ahítos de sí mismos. «La misión de un artista es averiguar si tiene o no algo que ocultar», comenta Welles y Hopper no puede por menos que sonreír, que es lo que mejor hace.

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